La democracia ante el cambio climático

Que la cumbre sobre Acción Climática auspiciada por Naciones Unidas vaya a celebrarse en Madrid y no en Santiago de Chile, como estaba previsto, se presta a significaciones que van más allá de lo anecdótico. Como es sabido, el país andino se encuentra sometido a fuertes tensiones sociales después de que la decisión de subir el precio del transporte público en la capital del país desencadenase unas protestas –a menudo violentas– que han desembocado en el acuerdo para celebrar un nuevo proceso constituyente. No es la primera vez que el combustible fósil se encuentra en el origen de una movilización colectiva: así empezaron los gilets jaunes franceses y no pocos ecuatorianos se levantaron el pasado mes de octubre contra un paquete de medidas económicas que contenía la liberalización del precio del diésel y la gasolina. Se da así la paradoja de que Madrid alojará la cumbre climática por efecto de un estallido social que parece apuntar en la dirección contraria a la de colectivos como Fridays for Future o Extinction Rebellion: si éstos dan prioridad a la preocupación posmaterialista por el medio ambiente, aquéllos abrazan una agenda materialista concernida por la desigualdad y la accesibilidad a bienes económicos. Se trata de un contraste que nos ilustra sobre las dificultades que el cambio climático y demás desafíos del Antropoceno plantean a la política democrática.

No obstante, hemos alcanzado un punto de las relaciones socionaturales –sintetizadas por Marx en la noción del «metabolismo» entre sociedad y ambiente– en el que resulta difícil establecer una separación tajante entre los problemas materiales y los posmateriales. Por un lado, hay formas de crecimiento económico cuyo impacto ecológico no parece sostenible a largo plazo: desde el uso intensivo del carbón a la sobrepesca del atún. Por otro, inversamente, no pueden perderse de vista las resonancias políticas de las iniciativas medioambientales. Ya hemos mencionado a los chalecos amarillos, cuyo estallido fue descrito como expresivo del contraste entre el fin del mundo y el fin de mes. Pero hay más: de acuerdo con uno de los primeros estudios acerca de los efectos del Acuerdo de París, publicado en la revista World Development, las políticas de descarbonización allí contempladas pueden ralentizar el ritmo de disminución de la pobreza en los países más pobres. De confirmarse esta tendencia, que no tiene por qué ser definitiva, podrían ganar fuerza las voces de quienes sugieren que es mejor adaptarse al cambio climático que luchar por mitigarlo. No es de extrañar que una buena parte de la población mundial quiera acceder a un cierto confort material o seguir disfrutando de él. De ahí que la hipermoralización sacrificial que impele a los ciudadanos a abandonar el avión o la carne roja solo pueda tener un efecto limitado sobre la estabilidad de los sistemas planetarios.

Naturalmente, si una abrumadora mayoría social optase por restringir radicalmente el consumo a nivel global, adhiriéndose a políticas decrecentistas basadas en una planificación centralizada regida por la lógica del racionamiento, habría quedado demostrado que otro mundo es posible: el cambio climático se convertiría en heraldo de un nuevo socialismo. Pero seamos realistas: la probabilidad de que esto suceda es muy remota. Si bien se piensa, los ciudadanos del mundo desarrollado –y no digamos los del mundo aún por desarrollarse– no están a favor del crecimiento económico como fin en sí mismo: quieren crecer a fin de poder disfrutar de una seguridad material no exenta de algunos lujos civilizatorios. Eso quiere decir que son pocos los que quieren destruir el medio ambiente: recordemos que el calentamiento global es un efecto imprevisto e indeseado del industrialismo. Tal como respondió el historiador Dipesh Chakrabarty al filósofo Slavoj Zizek, el cambio climático no es inherente a la desigualdad económica: si fuéramos más igualitarios, emitiríamos aún más CO2.

Así que de ahí no se deduce que hayamos de abandonar el crecimiento, pues éste ha permitido a cientos de millones de personas salir de la pobreza y a otros tantos aumentar sus oportunidades vitales: muchos siguen en cola. Pero tampoco que hayamos de ignorar lo que nos transmite la ciencia del clima: sin necesidad de hipérboles ni tergiversaciones, es razonable concluir que la política más prudente para las sociedades humanas consiste en modificar su sistema energético y moderar la desestabilización antropogénica de los sistemas naturales. Eso quiere decir que hemos de avanzar hacia una gradual descarbonización de la actividad humana, sin demonizar por el camino un dióxido de carbono que ha contribuido –dice el geólogo William Ruddiman que ya desde la revolución neolítica– a producir el benigno clima del Holoceno, retrasando con ello la próxima glaciación. ¡Ambivalencias telúricas!

Claro que si los ciudadanos llegasen –democrática o revolucionariamente– a la convicción de que el experimento humano sobre la Tierra debe ser detenido, poniendo fin a la organización económica del capitalismo, tal sería el camino que terminaríamos por seguir. La trampa está en asegurar –a menudo científicamente– que el colapso climático solo puede evitarse mediante una transformación radical de nuestras sociedades que incluya la desactivación del crecimiento económico y la autolimitación del cambio tecnológico. Esta última prescripción, cuyas raíces se remontan al romanticismo y encuentran su expresión más reciente en las tesis de la Escuela de Fráncfort, se deriva de la premisa de que no podemos solucionar tecnológicamente un problema causado por la propia tecnología. Pero se trata de una trampa argumental, decíamos, porque no estamos en condiciones de afirmar que la única manera de sobrevivir al calentamiento global sea renunciar al crecimiento económico y reducir drásticamente el consumo. Otra cosa es que podamos defender este giro por razones morales o políticas. La segunda generación de teóricos decrecentistas, por ejemplo, denuncia el extractivismo acumulativo de las sociedades capitalistas en lugar de afirmar la existencia de límites físicos a la producción social. Más que un imperativo ecológico innegociable, el decrecimiento es una forma alternativa de organizar la sociedad cuya viabilidad económica y política está por descubrirse.

En el otro extremo del continuo ideológico se encuentra el ecomodernismo, una aproximación a los desafíos del Antropoceno que apuesta por el desacoplamiento progresivo de la producción y los recursos por medio de la innovación tecnológica y el aumento de la eficiencia ecológica. Aunque sus críticos la despachan ligeramente como una muestra más de la hibris moderna, el ecomodernismo es una forma de medioambientalismo que se preocupa por la conservación del mundo natural y la sostenibilidad ecológica de la sociedad. Pero sus defensores también desean conservar los bienes que proveen las sociedades liberal-democráticas y rehúyen por ello la tentación del excepcionalismo, dando en cambio por supuesto que el cuidado de las relaciones socionaturales es un rasgo de las sociedades ricas: que los ciudadanos quieran ser sostenibles en la pobreza –por relativa que ésta sea– es otra hipótesis que aguarda demostración.

Vayamos resumiendo. En su excelente libro sobre el Antropoceno, Simon Lewis y Mark Maslin delinean tres posibles escenarios para la humanidad futura: la catástrofe ecológica, probablemente causada por la desestabilización del sistema climático; un aumento de la complejidad social que traiga consigo alguna forma de sostenibilidad medioambiental a escala planetaria; el surgimiento de un nuevo modo de vida. ¿Hacia dónde vamos? No se conoce ninguna sociedad que haya reducido voluntariamente su complejidad; otra cosa es que el colapso medioambiental (Isla de Pascua), político (la URSS) o bélico (Europa en 1945) haya producido temporalmente ese efecto. Así que la catástrofe puede provenir tanto de la inacción como de la acción ineficaz. En cambio, el aumento o disminución de la complejidad serán el resultado de procesos sociales más o menos conscientes. Ahí es donde estamos ahora: en el curso de un proceso autorreflexivo por el que individuos y sociedades reconocen su condición terrenal y asumen la necesidad de controlar los efectos negativos de su impacto agregado sobre los sistemas naturales planetarios.

Si hay un peligro para la causa ambiental es su hiperideologización. Nada sería más necesario que un metaconsenso que permitiese debatir con calma acerca del mejor modo de refinar las relaciones socionaturales, incluyendo nuestro trato con los animales, mientras los poderes públicos y los actores privados impulsan de manera decidida una descarbonización que por sí misma habría de ser políticamente neutra. Ya que la modificación del sistema energético por medio de la innovación jurídica, económica y tecnológica no tiene por qué implicar un cambio radical de nuestro modelo de sociedad. No cabe duda de que la sociedad liberal-democrática necesita reformas; otra cosa es que merezca reemplazo. Discutamos –actuemos– en consecuencia. Dar gato por liebre, vinculando estabilidad climática y austeridad colectivista, quizá sea el mejor modo de no lograr ni una cosa ni la otra.

Manuel Arias Maldonado es profesor titular de Ciencia Política en la Universidad de Málaga. Es autor de Antropoceno. La política en la era humana (Taurus, 2018).

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