La democracia en América

Cuando, tras su viaje a Estados Unidos, Alexis de Tocqueville, el aristócrata y padre de la sociología política francesa, escribió entre 1835 y 1840 La democracia en América mostró un especial apego al sistema de gobierno de la joven república. El referente norteamericano interesaba en Europa, pero menos a los americanos al sur del Río Grande, para quienes, a pesar de su interés por el modelo diseñado por la Constitución de Estados Unidos de 1787 (por ejemplo, en Argentina), la política exterior del vecino del norte era sinónimo de dominación. Y así lo expresaba gráficamente el presidente James Monroe en 1823: «América, para los americanos»… del norte, claro. La historia es conocida: la tutela de Estados Unidos avaló golpes militares y dictaduras, todo ello en un contexto de profundas desigualdades sociales. Estas permanecen de manera lacerante en la mayoría de los países latinoamericanos, pero la democracia empieza a echar raíces en buena parte de ellos, a pesar de las sombras que siguen proyectándose sobre la solidez de sus instituciones y la calidad del sistema democrático. Veamos algunos ejemplos.

Las recientes elecciones presidenciales y las parciales legislativas en Argentina han supuesto un triunfo arrollador para la candidatura oficialista del justicialismo encabezada por la actual presidenta, Cristina Fernández. En un contexto de bonanza económica, la dimensión de su victoria ha sido tan contundente que en las presidenciales no ha sido preciso llegar a la segunda vuelta (53,8% frente al 17% del segundo candidato, el actual gobernador de la provincia de Santa Fe, el socialista Hermes Binner). Y en las legislativas que han renovado parcialmente la Cámara de Diputados y el Senado, la presidenta dispone ya de mayoría en ambas cámaras. El poder institucional acumulado es impresionante, lo que de inmediato obliga a interrogarse de qué forma lo ejercerá. Porque los precedentes tanto de la doliente presidenta como de su fallecido esposo, Néstor Kirchner, no son buenos. Un ejemplo ilustrativo de ello han sido el uso y el abuso que ambos hicieron en sus respectivos mandatos de gobernar por decreto, al margen del Parlamento. Si bien el poder del presidente de la República en un sistema presidencialista como el argentino es superior al del primer ministro en los regímenes parlamentarios europeos, ello no conlleva obviar al Legislativo, como lo ha hecho la pareja Kirchner-Fernández. A este déficit institucional hay que añadir, en términos de calidad democrática, la persistente opacidad mostrada por la presidenta hacia la prensa; de hecho, su política de comunicación rechaza sistemáticamente someterse a ruedas de prensa y solo se expresa a través de mensajes en la televisión sin oponente alguno. Y tampoco hay que olvidar la inquina de la que dado muestras frente al grupo del diario Clarín. Razones que permiten subrayar que la exitosa presidenta no se aleja, sino todo lo contrario, de los trazos del populismo autoritario que han caracterizado a ese magma político de difícil categorización que ha sido y es el peronismo en Argentina.

Sin abandonar el cono sur, en Chile, seguramente el país donde la noción de Estado en el sentido moderno del término se encuentra más consolidada, el Gobierno del presidente Sebastián Piñera, procedente de la derecha pospinochetista, ha respondido a las protestas de los estudiantes con una inusitada violencia de los carabineros al reprimir las manifestaciones, que hasta ahora se han saldado con la muerte de un joven. Es evidente que el monopolio del ejercicio legal de la violencia que corresponde al Estado no puede conducir a ese resultado tras el ejercicio de un derecho político como es el de manifestarse. El recuerdo de los carabineros como sostén de la dictadura de Pinochet no está tan lejos como para no preocuparse.

Desde primeros de este año, Brasil, la primera economía de Sudamérica, ha aupado a la presidencia por vez primera a una mujer, Dilma Rousseff, tras los positivos mandatos de su mentor Luiz Inácio Lula da Silva. La izquierda del Partido de los Trabajadores permanece en el poder con el amplio apoyo popular del 56% de los sufragios obtenidos en la segunda vuelta de las elecciones. Una mujer que tras la dictadura surgida del golpe militar de 1964 pasó años en prisión por su oposición a los militares. Sin embargo, tanto en el caso de Lula como en el suyo, los episodios de corrupción no han estado precisamente ausentes, hasta el punto de que nada menos que hasta seis ministros del Gobierno de Rousseff han cesado en el cargo por esta causa. No es un dato positivo. La probidad de los representantes y gestores públicos, así como la objetividad y la transparencia, es un principio esencial en el funcionamiento de la Administración pública. Y si además se trata de la izquierda brasileña, que tantas esperanzas y resultados positivos en su gestión ha producido, la imputación de corrupción es un lastre no solo para su crédito político, sino sobre todo para la consolidación de los valores democráticos.

Por Marc Carrillo, catedrático de Derecho Constitucional, UPF.

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