¿La democracia en Arabia?

En su obra La democracia en América, Alexis de Tocqueville sostuvo que la confianza de la opinión pública reduce las presiones sobre el Estado, lo que le permite funcionar más eficazmente. Los gobiernos del mundo árabe deberían sentirse satisfechos, ya que en una encuesta de la población joven realizada en 2012, el 72% de los encuestados expresaron un aumento de confianza en sus gobiernos. Pero entonces, ¿cómo se explica que en los países de la Primavera Árabe continúen la agitación social y la parálisis gubernamental?

Tal vez podamos hallar algunas pistas en una edición más reciente de la encuesta. Una gran mayoría de los jóvenes árabes (alrededor del 70%) señala que sus principales influencias son los padres, la familia y la religión, mientras que solamente una tercera parte indica que en su visión de la vida haya algún tipo de influencia de grupos de élite (escritores, dirigentes empresariales, líderes comunitarios y medios de prensa). De hecho, apenas el 16% de los encuestados dijeron que las estrellas pop influyen en su visión del mundo.

Estas cifras ofrecen elementos útiles para entender cómo está evolucionando el tejido social en las sociedades árabes. Normalmente, las personas se dejan influir por aquellos en quienes confían y a quienes desean imitar. Es entonces sumamente revelador el hecho de que una gran mayoría de los árabes haya decidido apoyarse en la familia y en la religión.

Las sociedades árabes, especialmente las que están sumidas en la agitación, están experimentando una regresión a lo que otro sociólogo francés, Émile Durkheim, llamó “solidaridad mecánica”, es decir, una solidaridad social que se desarrolla según líneas de parentesco y religión, y que se sostiene en el sentido de pertenencia a un grupo “homogéneo”. Durkheim contrasta este fenómeno con otro modo más avanzado de solidaridad, la “solidaridad orgánica”, que tiene lugar en las sociedades modernas y se desarrolla de acuerdo con relaciones profesionales y funcionales entre las personas.

En tiempos de alto riesgo (sea este real o percibido), las personas comienzan a organizarse cada vez más sobre la base de identidades homogéneas. Como resultado, la “solidaridad mecánica” se fortalece en detrimento de la “solidaridad orgánica”. Un factor que suele acelerar esta tendencia es la pérdida de puestos de trabajo, algo que a menudo lleva a que las personas abandonen sus identidades profesionales y funcionales en favor de identidades basadas en la pertenencia étnica, el parentesco o la religión.

En sociedades multiculturales, como son Irak y el Líbano, las redes de solidaridad social se basan casi totalmente en afinidades religiosas y étnicas. En otras sociedades más homogéneas (como Libia), la solidaridad social tiende a seguir líneas tribales y partidarias. También en Túnez se ha producido una similar regresión a tipos mecánicos de solidaridad organizados en torno de identidades tribales, regionales y religiosas.

Un ejemplo dramático de la manifestación del tipo mecánico de solidaridad se está dando en Siria. Mientras por más de dos años los sirios enfrentaron la muerte, la violencia y el desplazamiento, la comunidad internacional estuvo ocupada debatiendo la naturaleza de los rebeldes sirios. Abandonada a su suerte, la sociedad siria comenzó a desintegrarse y a reorganizarse sobre bases sectarias. Conforme el conflicto se intensificó, las viejas identidades profesionales comenzaron a desaparecer y dieron paso a modos de solidaridad familiares, regionales y religiosos.

Por falta de recursos, falta de capacidad, o ambas cosas, los grupos profesionales y de la sociedad civil no han podido dar una respuesta que sirva para mantener la cohesión social orgánica. En cambio, apareció otro modo más eficaz de movilizar a las personas y los recursos basado en la solidaridad mecánica.

Un elemento central de esta crisis es la indiferencia. Por ejemplo, en las campañas de ayuda a los refugiados sirios ha sido notoria la ausencia de la clase media árabe. Las muy publicitadas visitas de la actriz estadounidense Angelina Jolie a los campos de refugiados sirios en Jordania y Turquía dejaron más en evidencia la casi total ausencia de otras campañas similares de concientización por parte de personalidades famosas del mundo árabe.

De hecho, aunque cada semana millones de árabes encienden sus televisores para votar a sus cantantes favoritos en programas como La voz de Arabia y Arab Idol, no se ha organizado todavía una campaña para recaudar donaciones para los refugiados sirios. En cambio, los que han estado muy activos en las iniciativas de obtención de fondos (también en las redes sociales) han sido los canales de TV con afinidades religiosas y sectarias específicas. Tal vez esto explique por qué la mayoría de los jóvenes árabes no ven modelos de vida fuera de sus círculos sociales más cercanos.

En síntesis, los países árabes están sufriendo una hemorragia de capital social, hecho que puede ser sumamente perjudicial para la recuperación económica y la construcción del Estado. Como el Premio Nobel de Economía Kenneth Arrow sostuvo en 1972, “el atraso económico en el mundo se puede explicar, en buena medida, por la falta de confianza mutua”.

En este contexto, el recientemente anunciado Plan de Estabilización Árabe (una iniciativa del sector privado árabe cuyo objetivo es crear decenas de miles de puestos de trabajo por medio de grandes inversiones en infraestructura) es exactamente el tipo de acciones que se necesitan para preservar la cohesión social. En general, los esfuerzos internacionales dirigidos por el Banco Mundial y otros donantes internacionales se centraron en fortalecer las relaciones entre el Estado y sus ciudadanos con el objetivo de obtener mejoras “tocquevillianas”, esto es, una democracia funcional y un gobierno eficaz. Pero lo que se necesita con urgencia es insistir también en la creación de empleos para preservar y fomentar la solidaridad orgánica de Durkheim.

Sami Mahroum is Academic Director of Innovation and Policy at INSEAD. Traducción: Esteban Flamini.

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