La democracia en China

Por lo general, los europeos consideran que los chinos no saben qué es la democracia y que no aspiran a ella. Este relativismo viene de antiguo: en el siglo XVIII, los primeros escritos sobre China, obra de misioneros jesuitas, daban a entender que se trataba de una civilización radicalmente diferente en la que el régimen político ideal era el despotismo ilustrado de un emperador benevolente ayudado por una burocracia instruida. Los actuales dirigentes comunistas chinos, tras haber jugado la carta de la revolución mundial en los sesenta, se han reconvertido en herederos del imperio de antaño. Lo que resulta tranquilizador para los occidentales es que el nuevo discurso chino coincide con los prejuicios del pasado.

Esta convergencia de los estereotipos no describe la verdadera historia de China, ni la imperial ni la comunista. Los emperadores fueron cuestionados; las dinastías, derrocadas; la guerra civil, permanente, y la burocracia, corrupta. Si existe una continuidad entre la China imperial y la comunista es la corrupción de los representantes del Estado y su negativa a compartir la autoridad. El emperador solo aceptaba la sumisión de sus súbditos y de los representantes extranjeros. Del mismo modo, los dirigentes comunistas creen que tienen el monopolio de la verdad, aunque cambian de rumbo sin cesar; pero nunca negocian y no soportan la más mínima crítica. Tanto hoy como ayer, cuando surge un conflicto entre el pueblo y sus gobernantes, los dirigentes chinos no dialogan, reprimen. En 1989, cuando unos estudiantes se manifestaban contra la corrupción del Partido Comunista en la plaza de Tienanmen, Deng Xiaoping envió al Ejército y aplastó la protesta. El primer secretario del partido, Zhao Ziyang, fue destituido por haberse planteado negociar con los estudiantes. Desde aquella época, el pueblo ha sido apaciguado por el crecimiento, aunque no del todo; cada año se producen varios miles de acontecimientos «ilegales», según el vocabulario del partido, siempre reprimidos con violencia por unas fuerzas de policía especiales, e incluso por gánsteres (las triadas), en connivencia con el partido. Estos «incidentes» siempre surgen por conflictos locales con los dirigentes comunistas, quienes, ya sea en el pueblo, en el barrio o en la empresa, se comportan de la misma manera que el Poder central.

La única vía para resolver los conflictos autorizada por la Constitución es la petición a las autoridades superiores, una herencia imperial, pero los peticionarios reciben una paliza y son encarcelados. Recordemos que Liu Xiaobo, Nobel de la Paz de 2010, ha sido condenado a once años de cárcel por haber solicitado en internet que se iniciase una negociación entre los disidentes demócratas, a los que lideraba, y el partido, para una evolución a largo plazo de China hacia la democracia, que es lo que prevé la Constitución.

Liu Xiaobo, escritor, se encuentra encarcelado desde entonces por atentar contra la seguridad del Estado; su esposa Liu Xia, poeta y fotógrafa, también está encarcelada, por ser la mujer de Liu Xiaobo. Por eso, el único recurso de los estudiantes de Hong Kong para exigir unas elecciones democráticas –que había aceptado Pekín cuando se produjo la devolución por parte de Gran Bretaña– es manifestarse. En China, y en el Hong Kong recuperado por China, no hay más opción que la de enfrentarse al poder, ya que este no escucha ni dialoga, o solo finge que lo hace.

¿Son estos estudiantes de Hong Kong, como los de Tienanmen, unos marginados en la sociedad china o la representan? La misma pregunta se planteó cuando se produjo la controvertida concesión del Nobel a Liu Xiaobo: ¿era un portavoz legítimo o una criatura occidental? A falta de sondeos o de elecciones libres, no se puede responder a esta pregunta, pero la mayoría de los chinos no se la plantean en estos términos teóricos. Cuando viajamos a China y dialogamos allí con chinos de cualquier condición, su deseo es el de poder elegir a sus dirigentes locales, el de acceder a una justicia independiente, el de tratar con funcionarios honestos y, sobre todo, el de ser «escuchados». «¡No nos escuchan!», es la queja generalizada. Los estudiantes que se manifiestan están en un callejón sin salida porque no van a escucharles, y los dirigentes comunistas también, porque se condenan a la censura o a la violencia, que reducen su legitimidad.

¿Es posible una evolución democrática del régimen comunista? Xi Jinping, el presidente chino, la ha excluido explícitamente: «La democracia no es china», ha afirmado. El propio Liu Xiaobo nunca se ha mostrado optimista respecto al futuro democrático chino: «Tardaremos siglos», señalaba, en que el pueblo interiorice la idea del Estado de Derecho. Liu Xiaobo también escribió que Hong Kong tuvo el privilegio de ser colonizado por los británicos, una escuela de la democracia de la que no ha podido beneficiarse el resto del continente chino.

En realidad, lo que amenaza al Partido Comunista no son tanto las rebeliones locales en el interior o las manifestaciones de estudiantes, sino la incertidumbre económica, como el estallido de la burbuja especulativa inmobiliaria. La clase media china invierte sus ahorros en el ladrillo, por lo que, si los precios se desploman, estos nuevos chinos, que son la base del partido, se verán en la ruina. Los chinos, como dice de ellos el economista «disidente» Mao Yushi, toleran renunciar a la libertad, pero no le perdonarían al Partido Comunista perder sus ahorros.

De entre todos los futuros posibles en China, el statu quo es factible, pero no es seguro. El país es un campo de minas que pueden estallar en cualquier momento en los lugares más improbables.

Guy Sroman

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