La democracia española y el Rey

Por Alberto Oliart, ex ministro en Gobiernos de UCD (EL PAÍS, 06/12/07):

Antes de la última enfermedad de Franco, cuando su decadencia física era evidente, se abrieron toda suerte de cábalas sobre lo que ocurriría cuando muriera; muerte que se esperaba con preocupación y temor. Unos deseaban que todo siguiera igual, un franquismo sin Franco con el Rey sostenido por el Ejército. En cuanto a los aperturistas, iban desde los que preconizaban dos asociaciones, una más de derechas y otra más social, hasta los que defendían lo mismo pero con dos partidos políticos. Los más radicales, por su parte, preconizaban la ruptura con el régimen anterior: celebración de un referéndum para que los españoles decidieran entre República o Monarquía, y convocatoria de unas Cortes constituyentes.

Otros creíamos que era inevitable, en la sociedad española de los años setenta, la de las movilizaciones políticas (juntas y plataformas), estudiantiles, nacionalistas y obreras, ir a una democracia constitucional, con sindicatos libres y partidos políticos legalizados.

La convicción generalizada era que la llave de la solución estaba en el Ejército y sólo en el Ejército. La verdad es que en aquellos momentos, salvo los más iniciados y próximos a él, nadie contaba con el futuro Rey como factor político decisivo de un cambio que se consideraba inevitable.

Muere Franco el 20 de noviembre. El 22, al ser proclamado ante las Cortes franquistas, lo que el Rey dijo en su discurso, la firmeza con la que lo dijo, la llamada a la “concordia nacional”, la mención a la “voluntad manifiesta de todos”, las peculiaridades regionales, “como expresión de la diversidad de pueblos que constituyen la sagrada realidad de España”…, dejaron claro para muchos, desde luego para mí, que el Rey se erigía en protagonista del cambio, y que ese cambio sólo podía ser hacia la democracia y la libertad.

Los nombramientos, hechos por el Rey -Torcuato Fernández Miranda como presidente de las Cortes, Adolfo Suárez como presidente del Gobierno y como jefe del Estado Mayor el general Gutiérrez Mellado, partidario de un Ejército dedicado a su profesión y no a la política, en sustitución del general De Santiago, que defendía que el Ejército dependiera del Rey y no del Gobierno-, consolidaron de forma definitiva el camino hacia una democracia constitucional.

A partir del nombramiento de Adolfo Suárez se inicia de forma imparable el aperturismo democrático reformista, que tras la aprobación por las Cortes franquistas, el 18 de noviembre de 1976, de la Ley de Reforma Política, la legalización de la libertad sindical y de todos los partidos políticos democráticos, terminó en las primeras elecciones generales, después de cuarenta años, el 15 de junio de 1977. La necesidad de hacer frente a una dura crisis económica llevó, gracias al prestigio de Enrique Fuentes Quintana, la habilidad de Adolfo Suárez y el acuerdo de todos los partidos de la oposición, a los Pactos de la Moncloa. el mayor logro de la política del consenso. A partir de ellos, fue posible empezar a superar la crisis, rebajar la inflación disparada, recuperar nuestra agotada reserva de divisas y llegar a la negociación y redacción de nuestra Constitución.

Tras su aprobación por referéndum, el 6 de diciembre de 1978, el Rey, que hasta entonces había tenido plenos poderes, se convirtió en un Rey constitucional, sin otros poderes que los regulados en la Carta Magna.

Pero el Rey es, en la Constitución, el símbolo de la unidad y permanencia del Estado, un Estado que ya es el de las autonomías, y también arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones y asume la más alta representación del Estado.

Al corresponderle el mando supremo de las Fuerzas Armadas, la noche del 23 de febrero de 1981, secuestrados el Gobierno y las Cortes, el Rey hizo abortar el intento de golpe de Estado. Hasta el día de hoy, el Rey ha cumplido a la perfección su papel institucional y ha ejercido su función moderadora y de arbitraje, con tanta discreción como perseverancia. Por todo lo que hizo y lo que hace, se ha ganado la adhesión de los españoles y un merecido prestigio internacional. Adhesión y prestigio que permanecen intactos, según las últimas encuestas.

No obstante, el Rey y con él la institución están sometidos desde hace un tiempo al ataque de grupos minoritarios radicales -de extrema derecha y extrema izquierda-, antidemocráticos y antisistema, que desearían tomar el poder para ejercerlo dictatorial o totalitariamente. A los que hay que añadir los que pretenden recuperar el poder que perdieron, incompatible hoy con nuestra democracia constitucional.

En el caso de los jóvenes nacionalistas radicales catalanes, con la quema de las fotos atacan a la Corona, creo, porque garantiza la integridad del Estado español de las autonomías, porque es un obstáculo a la independencia de Cataluña. Me parece que ése puede ser el significado de las recientes, intempestivas y necias (en la acepción 1 y 2 del Diccionario de la Real Academia Española) declaraciones de Iñaki Anasagasti.

Es posible que, en abstracto, la República tenga una apariencia lógica superior a la Monarquía; pero no en la realidad de la España de ayer y de hoy, que ha progresado y progresa sin rupturas violentas. De hecho, enfrentamientos radicalizados como los que estamos viviendo hacen más valiosa y necesaria la institución y el papel de un Rey situado, por definición constitucional, por encima de toda bandería.

En la Universidad de Barcelona y en la segunda mitad de los años cuarenta del siglo pasado, mis amigos y yo éramos republicanos. Ligábamos democracia y libertad a la idea de república. Pocos días después del 23-F, coincidí en las Cortes con mi entrañable amigo Juan Reventós Carner. Le pregunté: “Juan, ¿qué me dices ahora del Rey?”. Me contestó: “Alberto, ya sabes que de siempre soy republicano. ¡Ahora soy republicano de Juan Carlos I!”. Para la restauración y salvaguarda de nuestra democracia y de la integridad última del Estado, el rey Juan Carlos I, la Corona, fue y sigue siendo firme garantía de permanencia, continuidad y seguridad, sin distingos, para todos.