La democracia tiene quien la pinte

Nunca se dejará de escribir acerca de la democracia –decía el clásico–, porque los hechos a los que se refiere, y las cuestiones que suscita, afectan a la mismísima condición humana. Una realidad que se constataba una vez más con la presentación en el Congreso de los Diputados, órgano constitucional que representa como ninguno al pueblo español (artículo 66. 1 de la CE), del libro «Comentarios a la Ley Orgánica del Régimen Electoral General y a la Ley Orgánica de de Referéndum», dirigido por el profesor Manuel Delgado García-Iribarren, uno de los más destacados especialistas en la materia. Como sentenciaba Mackenzie, no hay democracia sin elecciones periódicas y libres. La presentación se realizaba, ¡los símbolos no son irrelevantes!, en la Comisión Constitucional, flanqueada por el políptico de los siete retratos de pie del pintor Hernán Cortés de nuestros Padres constituyentes (Manuel Fraga, Gregorio PecesBarba, Jordi Solé Tura, Gabriel Cisneros, José Pedro Pérez-Llorca, Miguel Herrero de Miñón y Miquel Roca). La pintura es, qué duda cabe, un excelente medio para ensalzar los momentos estelares del inmediato pasado y del rabioso presente constitucional. Lo decía Eugenio D’Ors: «Todo lo que no es tradición, es plagio».

Una explicable atención, la de políticos y pintores, de mostrar las ideas e hitos político-constitucionales más importantes. Todo empezó quizás con el majestuoso fresco de Rafael Sanzio, La Escuela de Atenas, encargo del papa Julio II (1509-1510), donde, si bien no se reproduce ningún acontecimiento sobresaliente de la Antigüedad, sí se resalta el valor de sus principales pensadores, germen de posteriores construcciones, tras el proceso de secularización que supuso a la postre la filosofía clásica, acerca de la libertad, la justicia, la igualdad y el bien común. Esto es, los cimientos sobre los que se construirán, tras las Revoluciones inglesa, americana y francesa de los siglos XVII y XVIII, los baluartes de la moderna Respublica. Y así desfilan ante nuestros ojos, en la preciosa Stanza della Signatura del Vaticano, los Sócrates, Aristóteles, sosteniendo el libro de la Ética en su mano izquierda, y Platón, levantando el dedo derecho y con el Timeo en la otra mano. Giorgio Vasari (Vida de los mejores arquitectos, pintores y escultores italianos), el mejor cronista del Renacimiento italiano, describía el buen hacer del pintor de Urbino: «Fue en la composición de las historias tan fácil y rápido, que competía con la palabra escrita».

Muchos siglos después, pero el camino ya era irreversible, el pintor norteamericano John Trumboll ejecutaba otra obra emblemática Presentación oficial del documento de Independencia al Congreso, que recoge la toma en consideración de la Declaración de Independencia de 4 de julio de 1776. Ya lo adelantaba Baudelaire, el poeta de la modernidad antes de morir, y autor de El pintor en la vida moderna: «No se puede hacer nada, si no es poco a poco». En el lienzo aparecen de pie los cinco miembros de su Comité redactor: Jefferson, su autor material, Sherman, Franklin, Livingstone y John Adams. Algunos de los Foundig-Fathers. La Declaración americana enunciaba tres principios revolucionarios: todos los hombres nacen libres e iguales; el poder es innato al pueblo; y el gobierno es instituido para el común provecho, protección y seguridad del pueblo. Ideas que no pasaron desapercibidas para Salvador Dalí quién, en una carta enviada a Picasso (16 de junio de 1939), arengaba extrañamente a los americanos, «a alzar con una mano la vara de Franklin, y «a desafiar la tormenta oscurantista que amenaza a vuestro país».

Aunque será el épico cuadro de Eugène Delacroix La libertad guiando al pueblo (1830), obra maestra del Romanticismo, la que mejor atestigua los tiempos libertarios y prerrepublicanos en la Francia del primer tercio del siglo XIX. El cuadro alude al derrocamiento de Carlos X, tras la restauración monárquica de los Borbones, ¡quién, contradicciones de la vida, coleccionaba los cuadros del artista!, en las turbulentas Trois-Glorieuses de los días 27, 28 y 29 de julio de 1830. El actor principal de la composición es la efigie de una mujer poderosa que, portando en la mano izquierda un fusil y en la derecha la bandera tricolor, encabeza y guía con arrojo a un grupo de rebeldes en medio de una batalla, en la que yacen en el suelo los cadáveres de los valientes soldados-ciudadanos ya caídos. ¿La causa de la lucha?: la supresión del Parlamento y la restricción de la libertad de prensa. En una carta a su hermano señalaba: «He tomado este motivo moderno, la barricada, y aunque no haya luchado con las armas por mi país, al menos sí he pintado por él». Las pinceladas son tan enérgicas que el espectador sólo puede incorporarse a sus filas, so pena de ser arrastrado por el pueblo puesto en pie. Desde luego, no se puede decir que Delacroix no estuviera comprometido. Una Nación en el que conviven todas las clases sociales: desde la burguesía, representada por el personaje con un sombrero de copa que empuña un fusil, autorretrato del pintor, hasta el proletariado, reproducido en el descamisado personaje de la primera fila. La Revolución triunfaba: Carlos X se veía obligado a abandonar el trono, se designaba rey a Luis Felipe y se promulgaba la liberal Constitución de 1830. Tenía razón Giulio Carlo Argan, el gran crítico italiano: «Estamos ante el primer cuadro político de la historia».

La España constitucional también disfruta de sus referentes políticos y artísticos. El principal, nuestra Carta Magna de 1978, síntesis jurídica de la Transición Política, que cerraba las cainitas heridas de la Guerra Civil, y aparecía como una Constitución de todos y para todos los españoles, mientras garantizaba generosamente los derechos fundamentales y prescribía el principio de separación de poderes. Un hito de nuestra mejor historia constitucional que expresa, como pocos, el simbólico lienzo de Juan Genovés, El abrazo (1976), de la que posteriormente realizaría una escultura en bronce (2003). El abrazo emotivamente reconciliador de unos ciudadanos libres e iguales. Lo dicho: ¡la democracia tiene quien la pinte!

Pedro González-Trevijano, magistrado del Tribunal Supremo.

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