La demolición de un liderazgo

EL último de los falsos mitos del zapaterismo, el de la reputación del presidente como un consumado estratega del manejo de los tiempos, se derrumbó en la noche del domingo con el mismo estrépito de escombros que el poder territorial y local del Partido Socialista. Su tardío anuncio de retirada funcionó tan mal como su atropellado llamamiento preelectoral a frenar la emergencia de una derecha caricaturizada de extremista. El intenso mapa azul que lucían las infografías de los telediarios, testimonio de la incontestable crecida hegemónica del Partido Popular, era el epitafio de un modelo de liderazgo demolido a conciencia por un estado fóbico de la opinión pública que sólo podía expresarse a través de la válvula purificadora de una catarsis. Si acaso Rodríguez Zapatero llegó a creer de veras que con una renuncia aplazada podría evitar el castigo que incubaban de manera inequívoca los sondeos es porque en su precipitado proceso de autodestrucción también ha terminado por desconocer los mecanismos de la conducta colectiva. El ajuste de cuentas con el fracaso de su política estaba pendiente y se ha producido a la primera oportunidad de un modo torrencial, inclemente, avasallador.

El desplome generalizado, histórico, en todas las autonomías y grandes ciudades no sólo representa el jubileo anticipado del proyecto zapaterista, hundido un año antes de rendir mandato, y de un Gobierno inerte y desasistido que queda ya en un insostenible estado agónico. Supone también un severísimo, concluyente retroceso de la implantación institucional del PSOE, arrastrado al abismo por el desprestigio de su cabeza visible y reducido en la práctica y por primera vez desde la Transición a la condición de partido rural y abandonado por las clases medias urbanas, cuyo trasvase de votos hacia el moderantismo del centro-derecha y hacia otras fuerzas terceristas ha sido patente. Se le han escapado dos de cada diez votos que recibía. Ha perdido en todas partes, incluidas las comunidades tradicionalmente más enfeudadas como Extremadura y Castilla-La Mancha, y ha recibido un terminante correctivo en los territorios claves donde Zapatero cimentó sus dos victoriales electorales: Cataluña y Andalucía. Los resultados globales andaluces, con una diferencia de 300.000 votos a favor del PP, suponen un auténtico corrimiento de tierras que vaticina sucesos mayores y sacude los cimientos de un poder acostumbrado a disfrutar del estatus de régimen virreinal.

Ninguna de estas señales catastróficas, sin embargo, han merecido una asunción de responsabilidades al uso democrático. Nadie ha dimitido aún, salvo un par de alcaldes de ciudades medias, y nadie se ha declarado implicado personalmente en la devastadora debâcle. Menos que nadie el líder del partido y del Gobierno, cuyo análisis inmediato estuvo impregnado del inmaduro infantilismo que le define. Incapaz de una autocrítica responsable, descargó sobre la crisis socioeconómica la explicación de la derrota y se agarró al calendario preestablecido para tratar de ganar un tiempo del que hace mucho que dejó de ser dueño. Su apocada reacción, su anquilosamiento sin reflejos, ha generado una oleada de preocupación en medios económicos y una inmediata respuesta de los mercados financieros en forma de incremento de la desconfianza. La perspectiva de diez meses de insostenible deriva, con un Ejecutivo desautorizado y cataléptico a merced de la exigencia de aliados de coyuntura y un partido inmerso en un proceso alborotado de restructuración interna, siembra la inquietud generalizada en un país estancado que necesita de revulsivos perentorios para salir de la quiebra social y recuperar un cierto rumbo de crecimiento.

Tampoco se le ha oído al presidente una palabra sobre la intranquilizadora situación desencadenada en el País Vasco por su penúltima maniobra aventurerista: la legalización de Bildu. Los herederos de Batasuna constituyen de hecho un partido antisistema al que las elecciones han otorgado una cuota de poder municipal y foral que amenaza con desestabilizar el statu quode Euskadi. Los arúspices gubernamentales tratan de presentar la emergencia de los continuadores de ETA como un síntoma esperanzador de aislamiento democrático de la banda, pero los hechos son tercos: la coalición apoyada por Batasuna, y compuesta por muchos de sus miembros, ha entrado con fuerza en las instituciones sin que se produzca el desistimiento de las armas y sin condenar el terrorismo; un hecho que, además de una falta de respeto a las víctimas, supone un premio por adelantado, deja al Gobierno constitucionalista de Patxi López a los pies de sus adversarios, retrocede una década en la resistencia democrática contra el terror y constituye quizá el más infame y peligroso legado del buenismo socialdemócrata que ha caracterizado el mandato presidencial de Zapatero.

La teoría de los vasos comunicantes relaciona el descalabro socialista con la consolidación efectiva de una alternativa de Gobierno que se ha impuesto en todas las vertientes. Ni la revuelta de los jóvenes «indignados» con el establishmentpolítico ni el avance de las vías terceristas representadas por Izquierda Unida y UPyD —receptoras de gran parte del voto del desencanto— han mermado la arrasadora victoria del Partido Popular, superior incluso a sus propias expectativas como consecuencia del hartazgo ciudadano. Un triunfo sin precedentes que consagra la estrategia moderada de Mariano Rajoy, capaz de atravesar la campaña y la precampaña con un discurso impermeable a influencias y provocaciones para imponer la evidencia de sus credenciales al relevo. Rajoy sale de estas elecciones investido de «presidente a la espera», en condiciones de apretar con firmeza la presión de una disolución anticipada de la legislatura y respaldado por la confianza masiva de muchos españoles que, sin ser votantes tradicionales del centro-derecha, parecen dispuestos a prestarle su apoyo.

El PP tiene derecho a la euforia, aunque haría mal sin embargo en proclamarse vencedor anticipado de las próximas generales. En primer lugar porque sus resultados objetivos muestran, a pesar de lo abultado de las diferencias, cierta fatiga electoral en territorios hegemónicos como Madrid o Valencia, donde el obligado encogimiento de los recursos públicos o la insuficiente respuesta a la corrupción han empezado a pasarle una incipiente factura de desgaste. Y en segunda instancia porque los populares no deben olvidar que la catarsis socialista ya se ha producido. El descontento con el zapaterismo ha hecho crisis aguda en esta convocatoria y la penitencia ha sido impuesta en sus máximos términos. Será difícil que el PSOE vuelva a recibir un castigo similar; Zapatero desfila hacia la salida y es probable que parte de sus electores habituales consideren cumplida la pena y retornen a la llamada de un nuevo candidato para cerrar el paso al adversario. El socialismo puede haber tocado fondo y, aunque el destrozo ha sido enorme, es necesario contar con la resistencia del músculo orgánico que siempre ha demostrado tener. Un factor que dependerá de cómo el presidente gestione sus «minutos de la basura», en paralelo con el futuro sucesor, hasta el final del mandato que parece empeñado en agotar contra todo atisbo de sensatez. Teniendo en cuenta su desastrosa impericia en el manejo de los tiempos y su contrastada ausencia de rigor analítico, no puede descartarse que el curso de los acontecimientos, impulsado por su propia debilidad, pueda resultar determinante a la hora de transformar la inevitable recomposición de su desencuadernado partido en una hoja de ruta hacia la hecatombe.

Por Ignacio Camacho, periodista.

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