La depresión tiene nombre de mujer

Mucho se ha hablado de las diferencias entre el hombre y la mujer, son dos estilos distintos y a la vez complementarios. Pero hay un hecho que ha cambiado el panorama y ha sido la incorporación de la mujer a la universidad, que comienza en Europa hacia 1960, aunque lo hace antes en Estados Unidos. Se trata de una frontera imprecisa, desdibujada, borrosa, de contornos zigzagueantes, aunque habría que analizar muchos matices, sobre todo en los países del Este, bajo el régimen comunista.

La incidencia de la depresión en la mujer es de dos a tres veces mayor que en el hombre en el mundo occidental. No es lo mismo la mujer del medio rural o urbano, la que trabaja exclusivamente en tareas domésticas o la que tiene actividad fuera del hogar, o la que comparte ambas tareas, la que ha tenido estudios universitarios o la que no ha podido acceder a ellos; también influye el estado civil, si tiene hijos o no y si están a su cargo.

Este artículo gira sobre las enfermedades depresivas que pueden asomar por una parte en relación con la vida hormonal femenina y por otra con las nuevas situaciones por las que atraviesa la mujer hoy. Se ha demostrado científicamente que la mujer es más vulnerable a la depresión que el hombre: hay factores físicos, psicológicos, sociales, culturales y familiares, que forman un perímetro envolvente.

1.- Las manifestaciones depresivas durante el síndrome de tensión premenstrual: son clásicos los trabajos de investigación de Piaget en Francia donde se ponen de manifiesto las grandes variaciones hormonales que se dan en la mujer cuatro ó cinco días antes de la menstruación. Aquí se asocian síntomas físicos: dolor de cabeza, dolores en las mamas (mastodinia), con sensación de hinchazón, molestias abdominales, dolor lumbar, cansancio, molestias en las piernas; también síntomas psicológicos: tristeza, llanto fácil, melancolía, hipersensibilidad psicológica, oscilaciones y cambios de humor, irritabilidad, ansiedad, convertir una frustración en un drama (reacciones desproporcionadas) etc… No se puede hablar en sentido estricto de depresión sino de manifestaciones ligeras que dan lugar a que durante esos breves días la mujer se sumerja en una especie de bajón anímico notable. Un tercio de las mujeres de la Unión Europea padece este cuadro clínico. A veces se asocia también el síndrome de ovulación, lo que complica y aumenta esta sintomatología.

2.- Las depresiones en el curso del embarazo: se las llama depresiones gravídicas son menos frecuentes y según los trabajos de investigación llevados a cabo con más rigor científico tienen escaso valor estadístico. Una cosa es el embarazo deseado y otra, el no deseado. En el segundo caso pueden aparece manifestaciones de ansiedad que se deslizan hacia un cuadro depresivo. Pensemos en la adolescente embarazada de una relación afectiva de escasa consistencia; en esos casos el ánimo se puebla de nubarrones psicológicos donde asoma la desesperanza, la angustia y la falta de un futuro positivo.

3.– Las depresiones post-parto: estas tienen mucho interés y suelen darse en general en las cuatro semanas siguientes después de haber dado a luz. Las tasas de prevalencia oscilan entre el 10% y 40%. En mi experiencia personal he visto alguna en la inmediatez del parto, donde se suma el decaimiento del ánimo incluso un cierto rechazo al bebé, que a veces se asocia con sentimientos de incapacidad para quererlo y cuidarlo. En general son de gravedad moderada, y tienen buen pronóstico y excelente respuesta a los antidepresivos, si el tratamiento se aplica con prontitud.

4.- Depresión tras el aborto: aquí hay que ver dos modalidades. Las depresiones tras un aborto voluntario sumergen a esa mujer en una depresión insidiosa, progresiva, que va de menos a más y que produce soledad, falta de apoyo familiar, sentimiento de culpa y conflictos diversos. Ese hecho deja una huella que se esconde en el sótano de la personalidad y que asoma de forma intermitente y que sólo el psiquiatra, el ginecólogo o el médico de familia de confianza conocen. David Fergusson y su equipo publicaron en 2006 un trabajo muy interesante al respecto; según ellos, el 42% de mujeres que tuvieron un aborto voluntario antes de los 25 años experimentó una depresión grave en los cuatro años siguientes. Hoy muchos investigadores ponen de manifiesto que se puede hablar de depresiones camufladas, es decir, estas mujeres sólo explican lo que les sucede a personas con las que tienen gran intimidad. En nuestro país Gómez Lavín ha insistido en que el aborto provocado produce síntomas depresivos-ansiosos en un porcentaje alto de la población estudiada.

La depresión tras un aborto espontáneo tiene una repercusión diferente y depende de varios actores: tiempo de gestación, si es primípara (primer embarazo) o multípara (varios embarazos), si había mucha ilusión en este hijo o si ha sido no deseado, si se ha acompañado de una enfermedad física concomitante. En cualquier caso, normalmente la depresión es menos frecuente en el aborto espontáneo que en el voluntario.

5.- Las depresiones en la menopausia: son frecuentes y se deben a un importante cambio hormonal en la mujer. Esto se asocia con la disminución de dos hormonas: estrógenos y progesterona. Los síntomas depresivos pueden aparecer claros o enmascarados y da lugar a apatía, tristeza, melancolía, sentimiento de vacío. También en la menopausia quirúrgica, que se produce tras la extirpación de ovarios y del resto del aparato reproductor (histerectomía), pueden aparecer formas depresivas de cierta intensidad. La terapia hormonal sustitutiva suele ser muy eficaz. Aquí se produce el cese permanente de la menstruación, resultado de la pérdida de la actividad ovárica. No se trata sólo de la cuestión hormonal, sino que también actúan otros elementos psicológicos: el paso de los años, la salida de la madurez hacia una nueva etapa, asoma la tercera edad…

6.- Hay que distinguir las depresiones endógenas de las exógenas o reacciones depresivas. Las primeras son debidas a un desorden bioquímico cerebral de naturaleza compleja y que hoy conocemos mejor y se curan en un 90%. Las segundas son debidas a acontecimientos de la vida. Ortega y Gasset decía: yo soy yo y mi circunstancia. Hoy sabemos que existen dos factores desencadenantes de las exógenas; los macrotraumas, hechos de la vida negativos y duros que marcan una biografía: ruina económica, ausencia de trabajo, ruptura familiar… Y, por otro lado, los microtraumas, vivencias de menos importancia en su intensidad pero que sumadas forman una constelación de ingredientes negativos, que hacen que esa persona se deslice como a través de una rampa descendente hacia la depresión.

7.- Depresiones monopolares en la mujer: son aquellas en las que sólo afloran episodios depresivos. Es muy interesante tanto para la paciente como para el médico saber si esto coincide con alguna estación del año, como la primavera, ya que esa ritmicidad estacional nos da la pista de que se trata de un acontecimiento esencialmente bioquímico y en consecuencia tiene un pronóstico mucho mejor. En estos casos es fundamental determinar los posibles factores predisponentes o desencadenantes que son los que de alguna manera echan a andar este cuadro clínico.

8.- Depresiones bipolares en la mujer: cuando hay una oscilación entre la fase eufórica (maníaca), en la cual la persona está expansiva, verborreica, hiperactiva, con tendencia a la fuga de ideas y a realizar compras compulsivas… que alternan con episodios depresivos claros. Hoy el pronóstico ha cambiado en positivo y sabemos que contamos con estabilizadores del ánimo que garantizan en un 85-90 % de los casos el control de estos episodios alternativos. Muchas mujeres que han visto suceder en su persona la bipolaridad han aprendido a captar los momentos en que el ánimo va hacia arriba y en consecuencia tienen una conciencia bastante clara cuando esto se produce.

9.- Depresión en la mujer que lleva a su cargo una familia monoparental: ante la epidemia de rupturas conyugales que asola Occidente, es estadísticamente significativa la cantidad de madres que tienen una familia con ausencia de padre, donde se da una sobrecarga afectiva muy fuerte, un exceso de trabajo que produce un desgaste gradual y progresivo, agotamiento físico y psicológico, despersonalización (extrañeza de uno mismo), tendencia a valorar el propio trabajo de forma negativa, bajo nivel de autoestima, nerviosismo, angustia, descenso del estado de ánimo, que muchas veces conduce a una especie de fatiga crónica. A esto se le llama síndrome de estar quemado, que en inglés se traduce por burnout syndrome; está quemada una persona cuando está sobrepasada de responsabilidades y de trabajo, y su capacidad de adaptación ya no funciona.

Contamos con una tetralogía terapéutica formada por farmacoterapia (medicación en general y preventiva en particular), psicoterapia (pautas de conducta que ayudan a mejorar el propio comportamiento), laborterapia (actividades laborales o de otro tipo) y socioterapia (intentar mejorar el entorno para evitar la soledad y la inactividad). En las endógenas la medicación lleva la voz cantante, en las reacciones depresivas la psicoterapia.

La tristeza normal -de las dificultades y reveses de la vida- es la lucidez del perdedor, la tristeza de la depresión es el embotamiento del ánimo que se puebla de fantasmas y demonios interiores.

Enrique Rojas es catedrático de Psiquiatría, autor de Adiós depresión.

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