La derecha espasmódica o cómo desaprovechar varias generaciones

Vaya por delante que no creo que un salto generacional abrupto, espasmódico, sea el elemento causal de la actual crisis política española. Opino que la causa principal (no única) de nuestra crisis es debida a la evolución del desarrollo político y legislativo hacia un estado de partidos, desde 1977. Considero interesante llamar la atención sobre la importancia de una sucesión pausada y progresiva de sustitución o relevo de dirigentes políticos en función del cambio generacional.

Entiendo por cambio generacional el espacio de diez-quince años, en el que se produce una incorporación a puestos de responsabilidad, de modo natural, y no espasmódico, con salto de varias generaciones. Un cambio que permite más fácilmente la regeneración y actualización de proyectos políticos que, de otro modo, o desaparecen (de ahí la tecnocracia), o desconectan de la realidad y, sobre todo, se alejan de la población más joven.

Lo que sugiero a continuación es válido para todas las fuerzas políticas, pero debido a nuestra peculiar historia de la Transición, esto ha ocurrido muy claramente en el caso de la derecha española. Por lo que respecta al PP es llamativa la repetición de dos saltos generacionales, espasmódicos, de treinta años: la generación de Manuel Fraga (1922) y la de José María Aznar (1952).

En 1975, una generación más joven que la que había vivido la guerra civil (S. M. el Rey -1938- y Adolfo Suárez -1932-) desplazó a la generación de tardo-franquistas, en la que, por edad, se podría incluir a José María de Areilza (1909) y a Manuel Fraga. Aquella nueva generación de políticos de la UCD, muchos de ellos funcionarios y altos cargos del Estado, pero también personalidades procedentes de la vida civil (Joaquín Garrigues -1933-, Herrero de Miñón -1940-, Fernández Ordoñez -1930-…), formaron un conjunto de dirigentes políticos, que todavía recordamos, en comparación con muchos de los actuales políticos con currículums delirantes e hilarantes por inexistentes, inventados o hinchados.

La UCD se desintegró con el resultado electoral de 1982 y la mayor parte de sus componentes, en toda España, se retiraron de la política, y regresaron a la vida civil de donde procedían.

Otro dirigente de la derecha, Manuel Fraga, perteneciente a una generación anterior a la del presidente Suárez, tomó el relevo de la UCD, en 1982, como líder de la oposición e intentó ser la alternativa de Felipe González (1942). Después de repetidos fracasos, Manuel Fraga (y con él los miembros de su generación, Alfonso Osorio -1923-, Robles Piquer -1925-, Fernández de la Mora, -1924-, etc.) pasó el testigo a José María Aznar, justo treinta años más joven que su mentor.

La sucesión de Fraga de 1990, supuso, en la práctica, saltar dos generaciones de políticos que continuaron en sus casas o en la vida civil: los nacidos en los treinta y en los cuarenta con algunas (pocas) excepciones, como Rafael Arias Salgado (1942), reincorporado a la política poco antes de entrar en el gobierno en 1996. Aznar se rodeó sobre todo de personas nacidas en los años cincuenta, como Rato, Trillo, Cascos, Luisa F. Rudi, etc. Como recuerdo personal, puedo añadir que en la sede de la calle Génova, en 1990, predominaban los dirigentes de la generación de Aznar y los restos de la época de Fraga: un clamoroso hueco intermedio.

La escasa atención a un factor tan importante como el relevo generacional, después de Aznar, ha conducido al PP a un nuevo salto generacional de treinta años, a otro espasmo. El nombramiento de Rajoy (1955), ha prolongado quince años más la hegemonía en la derecha de la generación de los cincuenta.

En efecto, Aznar designó a Rajoy como sucesor y éste ha causado de nuevo la eliminación de las responsabilidades políticas relevantes a la generación de los nacidos en los sesenta y setenta (Gabriel Elorriaga -1962-, Cayetana Álvarez de Toledo -1974-, Javier Fernández Lasquetty -1966-…). Como ocurrió con muchos políticos de la UCD, potenciales dirigentes populares, nacidos en los sesenta y setenta, han preferido orientarse hacia actividades privadas y profesionales.

Si Rajoy se retira, o lo retiran, en los próximos meses estaremos de nuevo en un nuevo periodo de treinta años y un doble salto generacional. Con Aznar y Rajoy se ha repetido la historia de Manuel Fraga: otras dos generaciones desaprovechadas. Aunque las causas del salto generacional son muy distintas en 1982 y en 1990, en ambas se percibe el tufillo partitocrático. Ni Fraga aceptó (con la destitución de Hernández Mancha -1951- y posterior designación de Aznar) que el funcionamiento del partido de la derecha fuera democrático, ni Aznar se imaginó esa posibilidad. Fraga tuvo la tentación de permitir la democracia interna en el congreso abierto de 1986 en el que se enfrentaron Hernández Mancha y Herrero de Miñón. Y, de hecho, el partido Alianza Popular era todavía, en 1989, una organización mucho más abierta al debate y a las votaciones internas que el PP.

Si por el contrario observamos el caso del Reino Unido vemos que hay miembros del parlamento desde los treinta y cinco años de edad hasta los ochenta con una paulatina renovación de personas. En el resto de las monarquías parlamentarias, no se producen saltos generacionales tan marcados como en España. La explicación está en el derrumbe de la UCD de 1982 y en la rigidez sucesoria del PP en 2004 e inexistente, de 2008.

La política es la ignorancia de lo que va a pasar al día siguiente. La presente crisis política, derivada del colapso del sistema del actual estado de partidos, emerge como una trituradora de organizaciones políticas. Sea cual sea el mapa político futuro, la derecha debería abandonar el espasmo del salto generacional, aprovechar el talento e impulso de sus mejores activos y no repetir, por tercera vez, un despilfarro similar al de 1982 y al del 2004.

Guillermo Gortázar es historiador y abogado. Su último libro es ‘El salón de los encuentros’, Madrid, Unión Editorial, 2016.

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