La derecha que sobra

Hace unos años causó furor un ensayo de dos profesores de una famosa escuela de negocios, W. Chan Kim y Renée Mauborgn. Su título era Blue Ocean Strategy, y como suele suceder con las obras del management que abren nuevos horizontes, el libro se convirtió en una empresa que hoy es una potente institución internacional dedicada al estudio, la enseñanza y la difusión de las estrategias del océano azul.

El éxito no era sorprendente: el ensayo daba respuesta a una de las amenazas más acuciantes del momento, como es la precarización laboral, al tiempo que aportaba como solución la innovación, es decir, lo que todos percibían ya como la gran oportunidad.

Explicada en pocas palabras, lo que propone esta teoría es abandonar la estrategia de crecimiento basada en la competencia en espacios existentes del mercado, que denomina «estrategia océano rojo» por su similitud con un mar cerrado en el que todos los tiburones rivalizan por las mismas presas. Es una política de suma cero.

Por el contrario, en lugar de explotar al máximo la demanda que existe en el mercado, la estrategia del océano azul propone ampliar los límites del mercado. El enfoque es muy diferente. El océano azul es un espacio que pertenece al mercado, pero que aún no ha sido atendido; es una demanda sin oferta que hay que saber cubrir mediante la innovación.

La moraleja está ya bastante clara: si en lugar de empresas ponemos partidos y en lugar de consumidores, votantes, salta a la vista la imagen de océano rojo del espacio electoral que cubre todo el espectro de la derecha.

Esa competencia provoca un reparto del voto que daña al conjunto. Pablo Casado ha culpado a esa «fragmentación», y desde muy distintas plataformas de opinión se ha abogado por resolverla apelando al voto útil en próximos comicios, sugiriendo que lo mejor que podría suceder es que desapareciese uno de los tres partidos que hoy representan ese amplio espacio que va desde la derecha más extrema hasta el centro más moderado.

Pero ¿qué partido de la derecha debería desaparecer? Existe unanimidad en la consideración de que en ese espacio hay exceso de competencia; una unanimidad que desaparece a la hora de decidir cuál de los tres partidos es el que sobra. Con todo, sí hay una opción favorita: la mayor parte de los tertulianos y líderes de opinión consideran que el que sobra es el último que ha llegado. Así que Santiago Abascal debería sacrificarse por la patria, dicen, mientras señalan a su partido como el culpable del triunfo del partido de Pedro Sánchez.

Puede ser, pero la teoría del océano azul señala en otra dirección. Observemos la irrupción de Vox desde la perspectiva de esa estrategia. En su defensa de España y de «lo español», Vox incorpora acentos comunitaristas e intereses identitarios que están expresa y radicalmente censurados en los partidos liberales. Vox, además, aspira a representar a una parte de la ciudadanía muy alarmada no solo ante la amenazada unidad territorial, sino también, y esto es muy importante, ante la hegemonía de una ideología progresista que ha ido mucho más allá de ese pensamiento políticamente correcto que le dio origen.

Para entendernos: hoy la censura ha llegado ya a las bibliotecas y el Índice de libros prohibidos incluye títulos como La leyenda de Sant Jordi, La Bella Durmiente y Caperucita Roja. Por seguir marcando diferencias, Vox tampoco da por hecho que los ciudadanos arraigados hayan de ser siempre y en toda situación unos ciudadanos menos interesantes, o menos respetables, que los cosmopolitas.

O dicho de otro modo: Vox cuestiona la superioridad moral del liberalismo político, aunque incorpore salpicaduras poco meditadas de liberalismo económico.

Frente a esto: ¿cuál es la respuesta de PP y de Ciudadanos? Pues exactamente la misma.

La primacía de la democracia liberal ante las tentaciones iliberales no es algo que ninguno de estos partidos ponga en duda; y ambos se atan al poste de la nave para no sucumbir a los peligrosos cantos de sirena de la llamada nueva derecha, ya lleguen de la América de Bannon, de la Europa de Orbán o de la Rusia de Duguin.

En cuanto a la censura instaurada por las distintas ideologías, sean animalistas, altermundialistas o de género, entre otras, ni PP ni Ciudadanos las asumen en su totalidad, pero es cierto que tampoco las combaten con demasiada convicción. Nadie con pretensiones de continuidad en las filas de esos partidos se atrevería hoy a poner en duda, por ejemplo, que el hecho de que los discapacitados intelectuales, con enfermedad mental y deterioro cognitivo, puedan por fin votar es un hito histórico para España y un gran paso para la humanidad…

Llegados aquí, podemos retomar la estrategia citada del océano azul para tratar de descubrir desde esa perspectiva cuál es la derecha redundante.

Casado tiene razón al quejarse amargamente de esa competencia en el espacio de la derecha. Al PP se le han llevado buenas porciones de su queso, por un lado y por otro. Pero parece evidente que el partido que ha provocado ese océano rojo no es el que él señala.

Vox ha seguido una estrategia impecable de océano azul. Lo que ofrece Vox, guste o no, lo pedía el mercado, y ningún partido deseaba satisfacer esa demanda. Ha llegado para cubrir un espacio, lo mismo que hizo Ciudadanos en su día. Ciudadanos nació para dar respuesta a un electorado igualmente desatendido, que pedía un centroizquierda socialdemócrata comprometido con la igualdad y que no comulgase con las veleidades plurinacionales.

Pero Ciudadanos cambió de estrategia el día que Albert Rivera y su equipo olieron la debilidad del PP y apostaron por la caza mayor. Y entonces Ciudadanos abandonó el océano azul del centroizquierda socialdemócrata no nacionalista, cuyas plazas han quedado desiertas, para entrar a competir en el espacio, ya ocupado, del centroderecha liberal. El resultado es que el granero de votos más nutrido de España, que es el de centroizquierda, quedaba en manos del PSOE, por incomparecencia de Ciudadanos, mientras que el espacio de la derecha se convertía en ese océano rojo, una auténtica marea de sangre.

La estrategia de Ciudadanos es arriesgada, pero no suicida. En este partido, con el buen recuerdo de haber fagocitado a UPyD, consideraron que la dinámica del quítate tú que me pongo yo iba a volver a darles resultado. Y de momento les está funcionando, al menos les funciona a ellos como partido, aunque me temo que las consecuencias de sus actos son las opuestas a las deseadas por su electorado.

Por eso, si hemos de ser honrados, debemos reconocer que, de las tres derechas en competición, sobra una, y esa no es Vox, desde luego. Son Ciudadanos y PP los partidos que están disputándose el mismo electorado; son los discursos, y los líderes, de estos dos partidos los que son hoy por hoy perfectamente intercambiables.

No hay sitio para ambos. Al final ganará el mejor, o el más afortunado, pero por el camino perderán los votantes de los unos y los votantes de los otros, que son muy parecidos.

Pedro Gómez Carrizo es editor.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *