La derecha radical toma la calle

Por Salvador Aguilar, profesor titular de Estructura y Cambio Social en la UB (EL PAÍS, 29/12/07):

Con la manifestación de la AVT en Madrid del 24 de noviembre fueron ya 21 los episodios de protestas de masas en la calle protagonizados por la derecha española desde enero de 2005. Lo menos que puede decirse es que estamos ante un fenómeno insólito: por su envergadura, su persistencia, su carácter poco común en términos comparados y su desmesurado impacto en la vida política. Sin embargo, la manifestación en sí no tiene nada de insólito en las democracias europeas modernas, que la consideran como un correctivo legítimo de la expresión electoral y un derecho político inalienable. ¿Por qué considerar entonces insólita su práctica reciente por un determinado sector político español?

Una razón es que históricamente la derecha española ha sido poco proclive a practicar la acción colectiva “correctiva” y sí en cambio a seleccionar mecanismos de conflicto en la órbita de la violencia organizada. Además, el recurso a la manifestación hace ingresar en el repertorio de protesta de la derecha española una forma importada de la clase trabajadora y de la izquierda, aunque estos cruces repertoriales no son excepcionales. Finalmente, estas protestas nos advierten de que las pautas de consenso y conflicto sobre las que giró el periodo postransicional se han alterado.

¿Cómo entender este cambio de orientación de la derecha? Si los consideramos por separado, la lógica de los episodios de protesta admite explicación desde el modelo que introdujeron los sociólogos Lipset y Rokkan en 1967: la teoría de las divisorias confrontacionales (cleavages). Sin embargo, en este caso parece fuera de duda que lo relevante es el ciclo en sí. ¿Qué significado cabe atribuirle? Numerosos comentaristas que han tratado de responder basándose en los modelos convencionales de causalidad simple han errado estrepitosamente (pronosticando, por ejemplo, la inevitable moderación progresiva, por razones electorales, del PP en la legislatura que termina). La perspectiva de los últimos tres años permite una certeza: no estamos ante un fenómeno sencillo y unidimensional, sino complejo y multicausal. Como conjunto, disponemos de información suficiente para contemplar al menos tres ejes explicaciones principales.

En primer lugar hay que tratar el fenómeno como una cuestión relacionada con el espacio político: la derecha ha lanzado su desafío en forma de protesta sostenida por razones de corto plazo y de política competitiva, pero relacionadas también con el curso de la transición y la época postransicional. Dicho en breve: no aceptan fácilmente ser desalojados del Ejecutivo por medios electorales, y todavía menos si eso ocurre en un momento álgido de su hegemonía política (como ocurrió en 2004). Tampoco digieren con facilidad salir tan pronto del escenario después de una transición previa diseñada desde arriba para garantizar si no su hegemonía, sí al menos una poderosa presencia de fuerzas conservadoras así como la moderación de las de izquierdas (ambas cosas han ocurrido aunque, en sentido contrario, el “diseño” desde abajo forzó que se traspasaran los límites previstos de la transición).

Las manifestaciones de 2005-2007 se habrían impulsado para hacer visible el enojo de un bloque de poder que, a fin de cuentas, había tolerado que la transición se llevara a cabo; y, subordinadamente, como una estrategia para mantener movilizada a su base social hasta las siguientes elecciones generales. A efectos internos se trataría de mantener los equilibrios (entre “familias” del PP, entre este partido y la extrema derecha clásica y, en general, entre todos los sectores del universo derecha).

En segundo lugar, las fuerzas de la derecha española han querido dar a conocer así su adhesión activa, por contagio ideológico, a la nueva derecha radical de la era neoliberal. La tradición thatcherista-reaganista alumbró lo que, una generación después, se transmutó en el modelo neocon norteamericano bajo Bush. Se trata de la ideología y la práctica de una derecha fiera, aunque, por el momento, con alguna excepción y con frecuencia rozando los límites, respetuosa con los principios centrales de la democracia. La innovación destacada es que han comprendido la diferencia entre dominar los resortes de una sociedad y dirigirla: tienen vocación de hegemonía social y practican una actitud “sin complejos” (Aznar dixit), de manifestarlo en casa (en la calle, pero no sólo) y fuera de ella (en la política exterior: Irak, Perejil). También una actitud de disputar sin desmayo cada centímetro de la contienda política (de ahí la victoria “trabajada”, agónica y dudosa de Bush sobre Gore en su primera elección, la resentida y bronca pérdida de las elecciones generales italianas por Berlusconi o la teoría conspirativa del PP español sobre el 11-M). El ciclo de protesta español de 2005-2007 es una expresión adaptada a las condiciones locales de ese fenómeno más amplio: la emergencia de formas innovadoras del extremismo de derechas y, en concreto, de esa nueva derecha que acepta el parlamentarismo pero que es democráticamente inescrupulosa y peleona, que no casa fácilmente, como modelo, con la derecha conservadora tradicional ni con los neofascismos al uso.

Finalmente, las protestas remiten a la historia moderna de la derecha española. Durante la misma ha mostrado tanto una llamativa carencia de impulso interno hacia los usos democráticos y la práctica de la hegemonía (lo que ha permitido que el escenario público fuera ocupado con inquietante frecuencia por fuerzas ajenas a la política) como la inexistencia de una tradición liberal-conservadora al estilo de las principales politeias europeas. En este punto, la protesta parece sugerir una situación paradójica: tanto la continuidad con esa anómala tradición histórica heredada como el inicio de un cierto aprendizaje de convivencia en democracia.

Las movilizaciones se racionalizan desde dentro como una “rebelión cívica” (F. J. Alcaraz, AVT), otro indicio de importación de repertorio, pero su lógica tiene poco que ver con la de un movimiento social mínimamente espontáneo: son demasiado disciplinadas y organizadas para ello. Lo que la información disponible sugiere es que “la derecha” ha adoptado una estructura interna pluralista (partidos, medios de comunicación, iglesias, intelectuales por libre -una parte procedente de la izquierda-, think tanks, universidades propias…) y se ha formado una especie de coalición de facto de este universo derecha para mover la silla electoral al partido de Zapatero (aunque no sólo). Esto certifica que “la derecha”, como fuerza homogénea y unificada, ha dejado de existir, aunque los miembros de esa coalición, conscientes de la importancia de la unidad electoral, otorgan el mando de las operaciones al PP.

La coalición, además, coherente con el contagio ideológico señalado, parece diseñada sobre todo para cimentar la cohesión interna (al estilo de los “actos de afirmación empresarial” de los primeros tiempos de la transición) y, congruentemente, es ajena a la racionalidad propia de la política demoliberal (¿cómo entender si no que, al extremar su acción y su discurso para alcanzar ese objetivo principal, se cierren la posibilidad de alianzas con otros sectores y de ampliación de su base?).

Lo que hemos presenciado no es un movimiento social (en todo caso, sería un contramovimiento), sino una especie de macroplataforma ciudadana, una macroorganización de intereses que decide, planifica, convoca y se coordina (ejemplarmente, además; no es inverosímil pensar en un centro de operaciones profesionalizado).

Que este impactante impulso acabe por democratizar a las levantiscas derechas de este país (al convertir en normal la acción de protesta en la calle) o desemboque en un fiasco (en forma de enfrentamiento violento o de descomposición de ese bloque de intereses) va a depender de la por definición imprevisible interacción entre los actores en escena, sus bases sociales, la ciudadanía y los acontecimientos. Nuestra historia contemporánea no permite ser muy optimista.

¿Conclusión? La presión de la derecha ha hecho ingresar a España en el grupo de las “sociedades divididas en dos”, algo desesperanzador para el futuro de la democracia. Pero, ¿qué quieren? Tenemos por delante lo que cabía esperar después de una transición política que sirvió para amortiguar divisorias, no para suprimirlas. El problema de verdad es que el principal factor de atraso histórico de este país, la arcaica cultura política de sus clases dirigentes, ha vuelto al primer plano.

Prepárense, pues, porque, con manifestaciones o sin ellas, esto va para largo.