La derrota de la seriedad

Hace pocos años se tradujo a nuestro idioma un lúcido ensayo de un pensador inglés profesor en Oxford, J. L. H Thomas, titulado En busca de la seriedad. El libro, ciertamente valioso, muy bien traducido y conciso, indagaba sobre el valor y significado de lo serio pero apenas vendió entre nosotros unos pocos ejemplares. Y quizá este mínimo dato sea síntoma de algo que caracteriza a nuestros días –en nuestro país de manera prominente– como es la devaluación progresiva de lo serio, su pérdida de estimación y vigencia social, su paulatino desterramiento de nuestra vida pública, profesional y privada. También de la intelectual, como vemos en graves escándalos de la Universidad misma que se reputaba recinto serio. Hasta el punto que el propio Thomas denuncia la falta de seriedad constitutiva de la época contemporánea.

Pero, antes de ilustrar con ejemplos este axioma, convendría preguntarnos cómo ha sido posible tal derrota histórica de la seriedad. No sin matizar que nuestro Diccionario alberga diversos usos del adjetivo serio, de los cuales nos ceñiremos a dos. Por un lado, a lo que es (5): «Grave, importante, de consideración» –tal que una enfermedad seria o asunto serio– y, por otro, en espléndida definición, a algo (4): «Real, verdadero y sincero, sin engaño o burla, doblez o disimulo». La identificación llevada a cabo en nuestro tiempo, no sé si de buena fe, de la seriedad con la tristeza y melancolía explica en parte la mala prensa que tiene (a nadie nos gusta la tristeza) y los exorcismos sobre ella. También su sinonimia con la severidad y rigidez (y éstas con su vecino fanatismo) ha catalizado el descrédito de la seriedad hasta su actual ocaso, omitiendo estos otros significados tan valiosos como necesarios.

La derrota de la seriedadEl Mayo del 68 opuso lo lúdico y festivo con su uso de la imaginación política a la seriedad del poder, que encarnaba el general Charles De Gaulle. Por eso, en el mismo Odeón de aquel París se pudo escuchar esta consigna de sus líderes: «Tomemos en serio la revolución, pero no nos tomemos en serio a nosotros mismos». En muchos sentidos, aquello fue una revuelta contra la seriedad que ha marcado a varias generaciones.

Antes, el mismo Sartre que apacentaría en la Sorbona a estos estudiantes insurrectos, había elaborado na crítica ciertamente exitosa de lo que llamó «el espíritu de la seriedad» en El ser y la nada. Para el pensador, la seriedad sería «la actitud de espíritu del que se atiene a los valores aceptados». Por eso, en este sentido, «lo serio supone el fin de la constitución ética del individuo», de ahí que el hombre serio sea persona de mala fe al no poseer principio alguno. Por otra parte, Valéry había escrito en la misma ciudad que la muerte despojaba a nuestras vidas de cualquier seriedad. Justo lo contrario que evidenció Tolstoi en 1886 en ese prodigio de análisis vital que es su novela corta La muerte de Iván Ilich, que tanto deslumbró a Heidegger.

Maltrecha la seriedad y difuminados sus distintos significados por la crítica filosófica de Sartre y la praxis política de la Revolución del 68, faltaba en el expolio su caricaturización literaria y cinematográfica. No tardó en venir de la mano de Umberto Eco con El nombre de la rosa (1980) y sus ventas millonarias, en torno a la obra perdida de Aristóteles sobre la risa. Lo que menos importaba en el libro, a pesar de sus erudiciones, era la verdad histórica. Lo que más, en cambio, era la fuerza subversiva de la risa en tanto que opuesta a la seriedad (criminal enemiga de la sonrisa) encarnada en el monje anciano y ciego, no por casualidad español. Mientras que lo jovial, clarividente y moralmente deseable quedaba reservado al franciscano detective inglés héroe y protagonista. De una forma poco seria, Eco hacía olvidar así a millones de lectores que la seriedad no se reducía a la mera severidad, al tiempo que inoculaba la superioridad intelectual y moral de lo no-serio, lo ligero y fútil. Como si aquella no tuviese una connotación bien positiva como cuando decimos una «empresa, profesional o país serios» o, por contraste, que alguien o algo es «poco serio».

En su indagación sobre la seriedad, es mérito de Thomas haber subrayado algo que nuestro Diccionario indicaba en su acepción número 4. A saber, que la seriedad en tanto que algo real, verdadero y sin engaño (por ejemplo en las expresiones ir en serio o hablar en serio) se opone a lo fingido y al disimulo. Por fingido podemos entender lo que no siendo serio, hace como si lo fuera, fingiendo la seriedad. De alguna manera, toda hipocresía vendría a ser en el fondo una «seriedad fingida», como el homenaje que la impostura rinde a lo serio. Y es este fingimiento el que ha inundado nuestro tiempo, también la vida política como intelectual. Tomemos al respecto dos ejemplos de jugar a la seriedad sin serlo en absoluto: el caso de la tesis doctoral de nuestro presidente del Gobierno y el de los plagios del presidente del Senado.

Una tesis doctoral es por definición un trabajo serio. En disponibilidad, rigor, perseverancia y medios. Por eso no es nada fácil hacerla y la vida no permite a muchos buenos estudiantes esa posibilidad. El plagio que hizo el presidente en la suya –si es que la redacto él– es el claro ejemplo de una sociedad y Universidad que, habiendo renunciado a la seriedad, no renuncian a su vieja estimación. Quieren nutrirse de dos valores antagónicos a la vez: de lo falso y su contrario lo serio. Soslayando el hecho de que la inteligencia hunde sus raíces morales también (y sobre todo) en la seriedad. Esa misma dualidad fraudulenta –lo falso con apariencia de serio– acaece en tantos currículum de nuestros actuales políticos y mundo académico.

Veamos el segundo caso. El presidente del Senado, Manuel Cruz, es el primer filósofo en nuestra historia que accede a tal puesto de honor (Besteiro lo había sido de las Cortes). Si hay una disciplina seria, esa es la filosofía y su quehacer. Hegel lo decía en fórmula admirable: «La seriedad más profunda y más pura no es otra cosa que la seriedad de la verdad». Sin ella –Thomas lo destaca muy bien– la filosofía se convierte en propaganda o juego diletante.

Pero ABC viene demostrando de manera fehaciente que en la prolífica producción de Cruz hay varios pasajes directamente copiados de otros autores. O también prestigiosos premios obtenidos que conculcan el haber de ser textos inéditos. Todo, a lo que se ve, muy poco serio filosóficamente. Y que Besteiro nunca hubiera hecho. Compárese con la honda seriedad que recorre la producción intelectual y artística de ese prodigio tan cercano que fueron las generaciones del 98, 14 y 27 con aquella Universidad Central, que explican su asombrosa fecundidad, nivel y alegría creadora.

Urge una rehabilitación entre nosotros de la seriedad entendida, en estupenda definición de Thomas, como «veracidad vivida». No creo que se pueda hacer si no la restauramos previamente en nuestras vidas. Como ha hecho una orquesta de cámara de Leipzig al adoptar como lema aquella afirmación de Séneca: «Res severa verum gaudium». Que el verdadero gozo, la felicidad en suma, es algo muy serio. Tal vez más de lo que hoy pensamos.

Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Recursos Humanos de la Universidad de Alcalá.

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