La desafección va por barrios

¿Es la desafección política la versión actualizada del añejo desencanto de hace más de treinta años? Aunque ni uno ni otro constituyen conceptos rigurosos, nacidos con la voluntad de constituir herramientas de precisión para el análisis politológico, sino más bien nociones periodísticas movidas por la voluntad de describir difusos estados de ánimo colectivos, alguna diferencia se puede señalar.

No resulta demasiado aventurado sostener que el desencanto de los años 70 era, fundamentalmente, un desencanto hacia los políticos más que hacia el sistema. Tan sólo los furibundos nostálgicos del franquismo atribuían a la democracia como tal la culpa de los serios problemas de todo orden que se planteaba España en aquellos años. El resto de los partidos, especialmente los de izquierdas, se encontraban sumidos en una profunda crisis de identidad, a la que no eran ajenas, como siempre, las circunstancias internacionales (el debate que desencadenó Felipe González en el PSOE por la renuncia al marxismo corría en paralelo a la profunda crisis que experimentaba este en toda Europa por aquel entonces, de la misma forma que la propuesta del «compromiso histórico» del PCI respondía al fracaso del experimento chileno), crisis que se hizo evidente en el momento en que alcanzaron el poder.

La situación hoy a este respecto ha variado sustancialmente. No es el abandono de los viejos principios o de los ideales históricos lo que la ciudadanía tiende a reprochar a sus representantes. En las tres décadas largas que nos separan del desencanto, la valoración pública de la política ha ido sufriendo un desgaste imparable. El tradicional votante ideológico, doctrinal, fiel a unas siglas o, cuando menos, a un tipo de formaciones políticas que, a su juicio, encarnaban la defensa de un modelo de sociedad que le parecía el deseable, ha ido siendo sustituido por el votante posmoderno, cuya lógica de funcionamiento parece inspirada en la del consumidor, que es alguien que decide en función de sus cambiantes intereses, sin sentimiento alguno de fidelidad hacia las marcas ni hacia los establecimientos comerciales donde las adquiere.

En este nuevo contexto, fuertemente influido por la deriva neoliberal – prácticamente hegemónica en todo el planeta-, la pérdida de prestigio y de peso de la política venía a representar el complemento casi obligado del adelgazamiento del Estado propugnado por tantos. A ambas cosas no parecían del todo ajenas las propias formaciones de izquierda, que se fueron deslizando hacia un rampante pragmatismo, ajeno casi por completo a cualquier consideración ideológica o de principios, los cuales eran crecientemente percibidos como fastidiosas rémoras del pasado.

Pero hete aquí que, de improviso (¿de improviso?), una crisis económica mundial de enorme magnitud golpea con dureza a nuestra economía, y causa unos estragos tales que sólo una instancia como el Estado parece encontrarse en condiciones de hacerle frente. En estas circunstancias, los ciudadanos vuelven su mirada hacia los poderes públicos y se encuentran con una respuesta que tienden a percibir como insuficiente o torpe, acompañada en el tiempo por el estallido de una serie de escándalos de corrupción que en el momento de escribir estas líneas amenaza con no tener fin, constituyendo la combinación (explosiva) de ambos elementos la base objetiva de la llamada desafección.

¿Por qué me he referido en lo anterior con mayor insistencia a la izquierda? Porque es ella la que todo lo cifra en la política, en la medida en que sólo a través de la política le es dado acercarse al horizonte de transformación que tanto predicaba en otro tiempo o, por lo menos, introducir elementos igualitarios en medio de la flagrante injusticia en la que vivimos. De ahí que la situación actual, en la que la esfera de lo político es percibida como un subsistema propio, específico, pero ya no como el sistema marco desde el que pensar y a través del que intervenir en el conjunto de la sociedad, le perjudique especialmente. La misma razón por la que los sectores conservadores, y muy especialmente los nacionalistas, se mueven en este estado de cosas como pez en el agua. En efecto, en tanto que conservadores comparten con el resto de las fuerzas del mismo signo su preferencia por un Estado que se limite a la tarea, básicamente procedimental, de garantizar marcos y posibilidades para la libre actividad de los individuos. De otro lado, en tanto que nacionalistas, al subrayar una y otra vez los elementos relacionados con los sentimientos comunitarios, presentan su efectiva actividad política como si no fuera tal, sino el cumplimiento de una tarea superior, de un designio histórico más allá de toda ideología. Nada tiene de extraño, por ello, que el mayor de los desprestigios de la política no los afecte, o que la más escandalosa de las corrupciones (en ello estamos) apenas los dañe. Se admiten apuestas.

Manuel Cruz, catedrático de Filosofía de la Universitat de Barcelona, UB.