La desconfianza en los partidos

Reflejaba el sondeo publicado por La Vanguardia el pasado domingo una significativa ventaja del PP sobre el PSOE en intención de voto. Esta parecía ser la noticia destacada. Sin embargo, analizando más detenidamente los datos, aparecía otra cuestión más relevante: la desconfianza general de los ciudadanos respecto de los dos grandes partidos españoles. Probablemente, nunca en estos treinta años de democracia se había llegado a tal extremo.

Los datos: a un 73% de consultados el Gobierno de Zapatero les inspira poca o ninguna confianza, a un 78% les inspira poca o ninguna confianza la oposición liderada por Rajoy. A su vez, un 64% considera mala o muy mala la gestión del Gobierno y un 70% opina lo mismo de la oposición. Es decir, si uno sale mal parado, el otro aún sale peor. Y en una puntuación del 1 al 10, el político más valorado es Duran Lleida con una nota de ¡4,5! Aquí nadie aprueba.

No hay duda, ante tales datos, de que existe un escepticismo generalizado de los ciudadanos respecto al mundo político que puede empezar a tener inquietantes consecuencias para la democracia misma. La desconfianza en el sistema es un campo libre para demagogos de cualquier especie. ¿La causa está en la crisis económica? No lo creo. A mi modo de ver, la causa principal está en el sistema político mismo, en una enfermedad cancerosa en fase de metástasis que tiene su origen en un virus: el modo de funcionar de los partidos políticos.

Todos sabemos que los partidos son insustituibles en una democracia, sin partidos no hay libertad, eso está claro. Pero cada vez parece más evidente que los defectos de nuestro sistema político no se deben a la Constitución, a las leyes que la desarrollan o a las instituciones políticas, sino a su manera de funcionar, a la forma en que los partidos interpretan estas leyes y dirigen estas instituciones. Nuestro sistema político no es una democracia, sino una partitocracia, no gobierna el demos, el pueblo, sino que gobiernan los partidos. Y no sus militantes, y aún menos sus votantes, sino sus dirigentes y sus burócratas, sus aparatos. Cada día el ciudadano contempla asombrado los poco edificantes espectáculos de incompetencia, de abuso de poder e, incluso, de corrupción, que nos ofrecen los políticos. Sin partidos no hay democracia, pero con estos partidos tampoco.

¿Por qué se ha llegado a tal situación? Apuntemos algunas explicaciones.

En 1981 ocurrió un hecho que, visto desde la actualidad, constituye un precedente nefasto. Algunos conocidos miembros del Partido Comunista discreparon públicamente de sus dirigentes. Al año siguiente, dicho partido experimentó una espectacular bajada electoral, que fue atribuida a estas disidencias. Consecuencia: hay que acabar con las posiciones críticas dentro de los partidos, es mejor el monolitismo que la diversidad, hay que impedir el debate, quien se mueva no saldrá en la foto. Así se han ido empobreciendo los partidos: sólo han quedado en su interior los que aspiran a cargos públicos quizás porque no pueden aspirar a otra cosa en su vida profesional. Allí manda un grupo dirigente que rodea a un líder y lo protege de otras influencias, aislándolo, en muchas ocasiones, de la realidad. Los demás callan y obedecen.

Por otro lado, ello ha dado ocasión a que se formaran unos profesionales de la política con un currículo singular: empiezan su carrera en las juventudes del partido, a trancas y barrancas acaban sus estudios, si es que los acaban; de ahí pasan a cargos internos, después a la concejalía de algún ayuntamiento y, todavía muy jóvenes, llegan a jefes de gabinete, a diputados y aun a ministros, sin otra experiencia, personal y profesional, que su ascendente carrera interna, cuyo mayor mérito ha consistido en no replicar a sus jefes. En definitiva, no han salido del cascarón del partido, no saben nada de la vida, ni son nadie sin estar arropados por su partido, al que, naturalmente, prestan ciega obediencia. Cada vez más, nuestra clase de profesionales políticos está compuesta por personas de este género. Lo advertimos enseguida al oírlos por radio y televisión: su principal argumento suele ser atacar al contrario, lo único que han aprendido de su entorno. Lamentable.

Podríamos seguir y no hay espacio. Habría que estudiar la influencia del Estado de las autonomías en la estructura interna de los partidos, ese poder de los barones regionales que, a veces, impide saber quién manda, averiguar, por ejemplo, la razón por la cual Rajoy no hace limpieza en el PP valenciano. La corrupción, por cierto, es otra de las grandes lacras de los actuales partidos, los ejemplos son tan próximos que no hace falta más comentario. Por último, son cada vez más preocupantes las conexiones entre los partidos y los medios de comunicación. El cambio de criterio que ha dado un potente y prestigioso grupo mediático de Madrid es todo menos edificante, tanto desde la ética como desde la estética: encima los partidos que están en posiciones de poder impedirán que exista una opinión pública libre a base de informar torcidamente. Sin partidos no hay democracia, sin opinión pública libre tampoco.

Hay que reflexionar sobre todo esto, sobre el bajo nivel intelectual y moral de nuestra clase política, encontrar sus causas y ponerles remedio. Me decía un amigo el otro día: “Con la clase política de hoy, no hubiéramos sabido acabar con el franquismo y darle una salida democrática a la transición”. Pues muy probablemente.

Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.