La desertización del espíritu

Tuve oportunidad de participar, en Ginebra, en un foro internacional sobre informática y lo que esta realidad tecnológica supone para los países en desarrollo: el gran desafío y la gran oportunidad de modernización de los pueblos para enfrentar el futuro sin dependencias.

Los asistentes eran, en su gran mayoría, africanos e iberoamericanos, aunque estaban presentes algunos representantes del llamado norte. Pudimos intercambiar opiniones que abarcaron desde el problema de la energía y el hambre, hasta la educación y la ecología y de cómo, en todas las áreas, la presencia informática puede ofrecer alternativas prometedoras.

Uno de los problemas que despertó mayor interés fue el de la desertización, progresiva y continúa, del planeta. Situación que los africanos conocen y sufren a diario y que avanza amenazante en nuestra América y en Asia. Ciertamente que el problema es serio pero, como los demás que tiene la humanidad hoy no es sino consecuencia y resultado de una realidad mucho más seria y preocupante: la desertización del espíritu.

Hemos crecido horizontalmente. Hemos dominado el mundo exterior. Pero hemos perdido en introspección. En desarrollo vertical. Interno. Espiritual. Pusimos el pie en la luna. Pero no hemos aterrizado, de verdad, en nuestro suelo común de cada día. Nuestro esquema de valores está incompleto e invertido. Las cuatro relaciones fundamentales del hombre: con Dios, consigo mismo, con los demás y con la naturaleza están en situación precaria, en crisis profunda y en muchos casos ni siquiera se toman en cuenta.

Vivimos una época de sensiblería sin sensibilidad, de sensualidad sin sentido y de viveza sin inteligencia, en la que se le da más importancia a la información que a la formación. Al cuerpo que a la mente. Al grito que a la palabra. A la carcajada que a la sonrisa y pareciera que va siendo momento de invertir los términos pues, por ejemplo, como he dicho en alguna oportunidad, no se trata de ver qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos sino, y esto es lo que va a cambiar la historia, de qué hijos vamos a dejar a nuestro mundo, pues ellos podrán hacer del globo, si tienen criterios, la formación humana y la decisión correspondiente, un lugar vivible.

Somos una sociedad sin silencio. De mucho conversar y poco reflexionar. Más preocupados por lo coyuntural que por lo estructural. Que queremos, por citar una de las obsesiones en boga, reformar. Reformarlo todo: el Estado, la Iglesia, los partidos, los gremios, la educación, cuando en realidad lo que se trata y con urgencia, es de transformar. La primera transformación, de la que dependerán las demás y por supuesto todas las reformas, es la del hombre. Para que tenga unas estructuras mentales distintas. Un hombre abierto, participativo, creativo, innovador, solidario. Un nuevo hombre del renacimiento capaz de avanzar en el siglo XXI con paso firme. Pero, ¿qué hacemos para ello? ¿Dónde se están formando los jóvenes que serán la constituyente del 2100?, ¿quién los forma?, ¿qué aprenden?, ¿qué concepto de país les estamos dando?, ¿dónde está la autoridad moral?, ¿qué ejemplo transmiten los dirigentes?, ¿qué se hizo de la mística, el sacrificio, la generosidad?, ¿puede un país ser solo un programa quinquenal?

Nos tranquiliza, por citar un caso, decir que tenemos una legislación avanzada, pero, y esto pasa en muchos países, la legalidad ha matado a la legitimidad y así por un lado defendemos la vida, lo legitimo y al mismo tiempo, se legaliza el aborto y la eutanasia. El facilismo y el hedonismo son dueños de nuestras vidas. Claro, es más sencillo que trabajar y servir e imponer la meritocracia y la dedicación.

Y qué decir de la impavidez colectiva con la que se sigue el drama diario de los niños en África. O del caso de la niña colombiana de Armero, extinguiéndose en una agonía de sesenta horas, ante millones de rostros impotentes que esperaban el triunfo de la técnica sobre la muerte. Esto sin referirnos a los millares de seres, hoy políticos y sociólogas prefieren llamarlos marginales, que viven en la pobreza. Ellos, los próximos, marginales, que viven en la pobreza. Ellos, los próximos, prójimo, tan cerca de nosotros y lejanos consumiéndose, a diario, entre expectativas crecientes y esperanzas anémicas que les frustran una y otra vez frente a la indiferencia de los más. Son situaciones demasiado evidentes que me relevan de más detalles y comentarios y que, lamentablemente, evidencian lo que sucede en este mundo de espíritus desérticos.

Afortunadamente las arenas no han cubiertos, aun, todos los espíritus y algunos, frente a la resequedad y aridez de los más, se levantan como posibilidad inteligente y esencial, indicando senderos fértiles: pensamiento, meditación, reflexión, creación, generosidad, sacrificio, vías para emprender esta tarea imprescindible. Y esta empresa tuvo protagonistas, hombres y mujeres, como Juan Pablo II y Teresa de Calcuta, verdaderos arquetipos del mundo mejor necesario y modelo a seguir. Ellos representan la luz y el orden. Para que el ser humano ejerza, al fin, el derecho de ser hombre, porque el espíritu, verdadero oasis de la esperanza, florece y fructifica.

José Domínguez Ortega, abogado, fue asesor de la Misión Parlamentaria de Venezuela a la promulgación de la Constitución Española.

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