La desglobalización

En esta época de crisis mundial, financiera y económica, algunos economistas aluden a la desglobalización como a un hecho, una realidad. Desde esta perspectiva, la noción describe simplemente la evolución del comercio internacional; parece menos dinámica que durante el periodo anterior, ya que los intercambios entre países son cada vez más reducidos. Da la impresión de que las exportaciones ya no son un motor de crecimiento y los países emergentes no aportan tantas posibilidades de crecimiento a los países desarrollados gracias a importaciones a gran escala. Las grandes empresas – hablando desde este punto de vista-muestran interés en producir en el lugar donde venden, en especial en los países emergentes, más que en tratar de exportar a estos países; la producción nacional reemplaza a las importaciones.

Sin embargo, la desglobalización no es sólo una constatación – discutida, por otra parte, por otros expertos o circunscrita a determinados ámbitos de la economía-.¿Quién se atrevería, en la actualidad, a tachar al sistema financiero y económico en general de desglobalizado precisamente cuando da la impresión de reactivarse pese a la crisis iniciada en el 2008? La expresión desglobalización remite a un elemento del debate ideológico o político; es un enunciado inscrito en proyectos u opciones propias de la filosofía política y se enmarca asimismo en la crítica de la economía política.

¿Es la misma esta crítica según quienes la profieran? De hecho, se presenta en forma de dos variantes distintas. La primera reviste la forma de llamamientos a la reclusión de los países sobre sí mismos, al nacionalismo y, en la misma línea, a la xenofobia y al racismo.

Se antepone el proteccionismo como respuesta pertinente, económica, pero también cultural: se trata, en efecto, de proteger la economía nacional, pero también de evitar el cuestionamiento de la presunta integridad del país por la inmigración, calificada entonces de origen de la mayoría de los males. Los inmigrantes, en esta variante común en las extremas derechas, son acusados de quitar empleo a la población del país y de atentar contra su homogeneidad cultural y sus valores, y se les pide que regresen a su sociedad de procedencia. Las derechas radicales, los partidos populistas y nacionalpopulistas prosperan anteponiendo su rechazo de la globalización; en su caso, la antiglobalización ocupa un lugar de primera fila y triunfa el nacionalismo económico. Propugnan, a su modo, la desglobalización.

La otra variante de la crítica viene dada por la antiglobalización, el llamamiento a otro tipo de globalización. Desde los atentados del 11-S del 2001 da la sensación de que el movimiento antiglobalizador se ha debilitado, lejos de la época en que los foros sociales de Porto Alegre ponían sordina a la tranquila arrogancia de los participantes en los foros económicos de Davos. La crisis económica no les ha dado renovadas alas, a diferencia de lo observado en caso de las derechas nacionalistas que rechazan, pura y simplemente, la globalización. En este contexto, la noción de desglobalización situada en lugar preferente en el seno mismo del movimiento antiglobalizador – llamado crecientemente movimiento en favor de la justicia global-¿permite aún mantener la idea de una globalización distinta ? ¿No traduce más bien, a su manera, la permeabilidad del mismo movimiento respecto de una mentalidad que lo aboca a sumarse a las posturas de las derechas nacionalistas, populistas y radicales?

Los defensores de la antiglobalización, empezando por el militante sociólogo filipino Walden Bello, uno de los tenores de la intelectualidad antiglobalización y autor de Desglobalización: ideas para una nueva economía mundial (Zed Books, London, Nueva York, 2002), no reivindican el proteccionismo total ni el final de la apertura económica y financiera entre los países. Invocan estrategias económicas nuevas o renovadas, dan preferencia a la producción local centrada en el mercado local y no a la producción para la exportación. Desde su punto de vista, se trata de deconstruir el poder de las grandes firmas y las finanzas internacionales promoviendo movimientos y tendencias solidarias locales desde la base, en una dinámica que combine la producción con la atención a las necesidades de la población que, en lo sucesivo, ya no serían modeladas por la cultura del consumo moderno. Añadamos a estas dimensiones económicas, culturales y sociales el interés por el respeto del medio ambiente, factor susceptible de incluir una mejora del medio rural, de la agricultura y de las comunidades agrarias. Los defensores de la desglobalización antiglobalizadora promueven una utopía que no entraña necesariamente el repliegue sobre sí mismo o sobre el país. No creen en la posibilidad de una regulación mundial de la economía desde arriba mediante acuerdos o normas negociadas entre grandes potencias económicas y se muestran escépticos cuando se les habla de un sistema de gobierno económico mundial. Sin embargo, no son nacionalistas, proteccionistas por ideología; defienden un modelo social ecológico y económico sin relación alguna con las pulsiones xenófobas o volcadas exclusivamente en lo propio de las derechas radicales. Más allá, por tanto, de una constatación discutida, la idea de desglobalización remite a dos clases de filosofía política y no a una sola.

Michel Wieviorka, sociólogo y profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.