La deshumanización de la Economía

La economía está cobrando un protagonismo excepcional. Todos estamos pendientes de los juicios de los economistas para vislumbrar algún resquicio de luz en este túnel tenebroso. La «ciencia económica» debería ser científica, pero no tiene nada de ello; ha dejado ser ciencia para convertirse en una religión con sus dogmas, rituales, sacerdotes, ritos, iglesias, etc. Debemos dejarla en manos de expertos, al estar muy lejos del entendimiento del hombre corriente, en un lenguaje cada vez más arcano. La liturgia debe celebrarse en una lengua oscura, solo accesible a los iniciados. Para el resto, basta con la fe. Es el momento de la posteconomía, cuando la economía ya no es ciencia y se convierte sólo en una doctrina, cuando los economistas y su brazo armado (financieros y políticos) dictan sus instrucciones para justificarlas racionalmente. Para José María Ridao, los economistas son clérigos que celosos de los juicios de análisis destilados de su ciencia, se desentendieron de los crueles efectos de aplicarlos sobre los europeos, a quienes arrojaron al paro, la miseria, el miedo y la desesperanza. Frente a la economía deshumanizada actual, hay algunos economistas muy diferentes. Como Keynes, el cual creyó siempre en las ideas, convencido de que se paga un alto precio por las falsas y que las adecuadas son las que ayudan a resolver los dos problemas acuciantes de su tiempo (y del nuestro), la pobreza y el paro.

Michal Kalecki en 1943 escribió un artículo, Aspectos políticos del pleno empleo, donde predijo la situación de finales de la década de 1960, cuando el capital estuvo dispuesto a hundir las políticas keynesianas. Se preguntó ya en 1943 qué era lo que los empresarios de su época encontraban objetable en la política económica keynesiana, ya que esta prometía crecimiento económico constante sin fluctuaciones cíclicas. Su respuesta: «En un régimen de pleno empleo permanente, el despido no desempeña un papel disciplinario. La posición social del jefe se mina, y la seguridad y la conciencia de la clase trabajadora aumenta. Las huelgas por aumentos de salarios y mejores condiciones de trabajo crean tensión política. Aunque las ganancias son mayores bajo un régimen de pleno empleo, los empresarios aprecian más la disciplina en las fábricas que los beneficios». Con el desempleo queda claro quien manda. Hoy esta situación la estamos observando. ¡Qué perspicacia la de Kalecki!

No menos premonitoria fue la advertencia de 1944 de Karl Polanyi en La gran transformación. Crítica del sistema liberal. En cuanto al trabajo y la tierra, permitir que el mecanismo del mercado los dirija por su propia cuenta y decida la suerte de los seres humanos y de su medio natural, conduce necesariamente a la destrucción de la sociedad. Y esto es así porque la pretendida mercancía denominada «fuerza de trabajo» no puede ser zarandeada, utilizada sin ton ni son, o incluso ser inutilizada, sin que se vean inevitablemente afectados los individuos humanos portadores de esta mercancía peculiar. Desprovistos de la protectora cobertura institucional, los seres humanos perecerían, al ser abandonados en la sociedad: morirían convirtiéndose en víctimas de una desorganización social aguda. La naturaleza sería destrozada, los paisajes serían saqueados, los ríos polucionados, el poder de producir alimentos y materias primas destruido. Esta sociedad mercado, en la que todo está en venta si hay beneficio, nos dice Polanyi no es el fin de la historia. En general, a todo avance indiscriminado del proceso de mercantilización de la vida social, ha surgido en la historia un movimiento defensivo. No podemos seguir viviendo así. El crack de 2008 es un aviso de que el capitalismo no regulado es el peor enemigo de sí mismo: más pronto o más tarde está abocado a ser presa de sus propios excesos.

Por último quiero fijarme en el chileno Manfred Max-Neef, autor del libro Economía Descalza: Señales desde el Mundo Invisible. «Es una metáfora surgida de una experiencia. Trabajé 10 años en áreas de pobreza extrema, en las sierras, en la jungla, en áreas urbanas de Latinoamérica. Un día estaba en una aldea indígena en la sierra de Perú. Un día horrible; con una lluvia copiosa. En una zona muy pobre y frente a mí otro hombre parado sobre el lodo. Era de corta estatura, delgado, con hambre, desempleado, cinco hijos, una esposa y una abuela. Yo el refinado economista de Berkeley. Nos mirábamos de frente y no supe qué decirle; todo mi lenguaje de economista era obsoleto. ¿Debería decirle que se pusiera feliz porque el PNB había subido un 5%? Era absurdo. Entonces descubrí que no tenía un lenguaje para él y que debía inventar un idioma nuevo. ¿Y cuál es ese idioma? Sabemos muchísimo pero entendemos muy poco. Nunca en la historia de la humanidad ha habido tantos conocimientos. Pero mira cómo estamos. ¿Para qué nos ha servido el conocimiento? El conocimiento no es suficiente. Carecemos de entendimiento. La diferencia entre conocimiento y entendimiento es clara. Sólo puedes llegar aspirar a entender aquello de lo que te vuelves parte. Cuando perteneces, entiendes.Entendí la pobreza porque estuve allí; viví, comí y dormí con ellos».

Cándido Marquesán, profesor de instituto.

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