La deshumanización del otro

Por Juan-José López Burniol, notario (EL PERIÓDICO, 09/06/08):

Hace algún tiempo que le doy vueltas a una idea. Es esta. Durante años, desde la adolescencia, he leído con interés nunca decreciente libros y ensayos sobre la guerra civil española de 1936 a 1939, sobre la República que le precedió, sobre las causas que provocaron la contienda y sobre sus antecedentes remotos. Y creo que llegué, hace ya tiempo, a un conocimiento satisfactorio –dentro de lo que es posible– de toda aquella realidad lacerante. Pero reconozco que nunca tuve conciencia cabal del ambiente en que se desarrollaron los acontecimientos, del aire que se respiraba, de la densidad de las pasiones, del nivel de crispación, del grado de enfrentamiento visceral, del volumen del odio, del desprecio rampante, del alto voltaje –en fin– de los enfrentamientos personales que desencadenaron la lucha cainita. Hasta que una mañana, escuchando una emisora, todo me cuadró.
Tengo la costumbre, en efecto, de escuchar con cierta frecuencia las peroratas, prolijas y obsesivas, de un esforzado radiofonista que se halla en mis antípodas ideológicas. Lo hago porque me interesa saber lo que piensan quienes no piensan como yo. Y, hace ya bastantes semanas, comencé a percibir un cambio. La voz metálica, el desplante jaquetón, la suficiencia gratuita y el sabihondismo impostado permanecían idénticos, pero afloraban dos novedades. La primera es que el mundo parece haberse empequeñecido hasta tal punto, que solo cabe dentro de él la lucha por el poder dentro del Partido Popular, con sus declaraciones, contradeclaraciones, golpes bajos y deserciones, salpicada con constantes apelaciones a unos principios intangibles, inmarcesibles, imprescriptibles, inalienables e incuestionables. Casi no queda espació para ninguna otra noticia, salvo que pueda aprovecharse –de refilón– para incidir en el tema central de la traición de Mariano Rajoy Brey –y sus penosos adláteres– a aquellos principios.
La segunda novedad antes apuntada radica en lo acerbo y cruel de los comentarios que se emiten –de forma contumaz– sobre los adversarios, a los que ya no se considera tales sino –al parecer– enemigos. El escarnio es constante; el desdén, permanente; la afrenta, sistemática. Tanto, que me hizo pensar en unas páginas de Sebastián Haffner –en su Historia de un alemán–, cuando cuenta que la constante denigración del contrario conduce a su negación radical. Un insulto aislado carece de trascendencia, pero la descalificación sistemática del “otro”, unida a su vejación continuada, provoca su “deshumanización”, de forma que nada hay que hablar y discutir con él, sino que tan solo queda negarle el pan y la sal.

EN ESTA LÍNEA, la arremetida sistemática contra Rajoy y sus colaboradores, el cuestionamiento absoluto de sus propósitos, la negativa a admitir su recta intención y la denigración sin resquicio de cuanto hacen –todo ello dicho en una jerga plena de improperios y henchida de aversión– pretenden “conmover” a quienes escuchan, hasta convencerles de que han de apostar por el ostracismo político de tamaños traidores. Desde esta perspectiva, Rajoy y quienes le apoyan –con especial mención del más vilipendiado de todos ellos: Alberto Ruiz-Gallardón– son desecho de tienta, pura purria.
Es esta constatación atroz la que me ha hecho considerar –volviendo a lo que decía al inicio de este artículo– que, a mediados de julio de 1936, cuando media España salió al campo contra la otra media, el ambiente tenía que estar saturado de sentimientos contrapuestos de un parecido jaez. Unos negaban a los otros, y otros negaban a los unos. Así, sin más. Recuerdo, en este sentido, el testimonio de un sublevado en Pamplona, según el cual, cuando –a primeras horas de la mañana del día 18 de julio– le llegó la noticia de que la tarde anterior se había alzado el Ejército de África, se dijo para sí mientras respiraba hondo con sensación de alivio: “Por fin, vamos a partirnos el alma y a ver qué pasa”.
Sería terrible que estuviéramos ante una situación semejante. Pero no hay peligro. La España actual es muy distinta de la de los años 30, y casos tan clamorosos de cerrilismo carpetovetónico son una excepción. La derecha exaltada es hoy, afortunadamente, un tigre de papel, al que solo hace falta plantar cara con decisión y paciencia.

QUIZÁ llevaba razón Miguel Boyer cuando dijo, hace años, que España es un país de porteras; pero es igualmente cierto que no es un país de imbéciles. Y, por consiguiente, ha dado pruebas constantes –desde que se reinstauró la democracia– de que intuye a trancas y barrancas lo que le conviene, así como de que busca corregir –con sus opciones– las desviaciones y los abusos. Si alguien lo duda, le convendría pensar en cómo la opción centrista de Rajoy es solo contestada por una parte de los núcleos madrileño y vasco, pero –sobre todo– por algunos medios de comunicación que están extra muros del Partido Popular y que, pese a autoconferirse funciones de alta tutela e intendencia ideológica de este, lo que hacen es su propia guerra. No hay peligro, por ello, de que la cosa vaya a mayores. Hay que clavar los pies en la arena, aguantar, hacer lo que se cree correcto y esperar a que escampe.
Seguro que ha de llegar el día en que se consolide una derecha que prescinda de una vez de la tradicional mezcla entre valores religiosos y políticos, que satisfaga las exigencias de permisividad propias de la época, sin mengua de los valores centrados en la persona, y que vertebre su programa en torno al valor preeminente de la libertad e iniciativa de los individuos y de los organismos sociales, así como en el reconocimiento de la pluralidad de España.