La desigualdad buena y la mala

En el panteón de las teorías económicas, la disyuntiva entre igualdad y eficiencia solía ocupar una posición destacada. El economista americano Arthur Okun, cuya obra clásica sobre ese asunto se titula Equality and Efficiency: The Big Tradeoff (“La gran disyuntiva entre igualdad y eficiencia”), creía que las políticas públicas giraban en torno a la gestión de la tensión entre esos dos valores. En época tan reciente como 2007, cuando el economista de la Universidad de Nueva York Thomas Sargent, al dirigirse a un curso que se graduaba en la Universidad de California en Berkeley, resumió el saber económico en doce principios breves, esa disyuntiva figuraba entre ellos.

La creencia de que el aumento de la igualdad requiere el sacrificio de la eficiencia económica se basa en una de las ideas más apreciadas en economía: la de los incentivos. Las empresas y las personas necesitan la perspectiva de unos ingresos mayores para ahorrar, invertir, trabajar denodadamente e innovar. Si la fiscalidad de las empresas rentables y de los hogares ricos atenúa dicha perspectiva, el resultado es la reducción del esfuerzo y un menor crecimiento económico. Los países comunistas, en los que los experimentos igualitarios provocaron el desastre económico, sirvieron durante mucho tiempo de “prueba A” en la argumentación contra las políticas redistributivas.

Sin embargo, en los últimos años ni la teoría económica ni la documentación empírica han sido favorables para la supuesta disyuntiva. Los economistas han presentado nuevos argumentos que muestran por qué unos buenos resultados no sólo son compatibles con la equidad distributiva, sino que, además, pueden incluso requerirla.

Por ejemplo, en las sociedades caracterizadas por una gran desigualdad, en las que los hogares pobres carecen de oportunidades educativas y económicas, el crecimiento económico se frena. En cambio, en los países escandinavos las políticas igualitarias no han obstaculizado, evidentemente, la prosperidad económica.

Este año, unos economistas del Fondo Monetario Internacional han presentado unos resultados empíricos que parecían rebatir el antiguo consenso. Han descubierto que una mayor igualdad está relacionada con un más rápido crecimiento posterior a medio plazo, tanto entre los países como dentro de ellos.

Además, las políticas redistributivas no parecían tener efecto perjudicial alguno en los resultados económicos. Al parecer, podemos estar en misa y repicando al mismo tiempo. Se trata de un resultado sorprendente, tanto más cuanto que se debe al FMI, institución que no se caracteriza precisamente por sus ideas heterodoxas o radicales.

La economía es una ciencia que puede preciarse de haber descubierto pocas, si acaso, verdades universales. Como casi todo lo demás en la vida social, es probable que la relación entre igualdad y resultados económicos sea contingente y no fija, según sean las causas profundas de la desigualdad y muchos factores coadyuvantes. Así, pues, es probable que el nuevo consenso que está surgiendo sobre los efectos perjudiciales de la desigualdad preste a confusión tanto como el antiguo.

Pensemos, por ejemplo, en la relación entre industrialización y desigualdad. En un país pobre en el que la mayor parte de la fuerza laboral esté empleada en la agricultura tradicional, es probable que el aumento de las oportunidades en zonas urbanas industriales cree desigualdad, al menos durante las primeras fases de la industrialización. Al trasladarse los agricultores a las ciudades y recibir un salario mayor, se abren desfases de ingresos y, sin embargo, se trata del mismo proceso que produce el crecimiento económico; todos los países en desarrollo logrados han pasado por él.

En China, por ejemplo, el rápido crecimiento económico después del final del decenio de 1970 estuvo relacionado con un importante aumento de la desigualdad. La mitad, aproximadamente, fue consecuencia de los desfases en ingresos entre zonas urbanas y rurales, que también hicieron de motor del crecimiento.

O pensemos en las políticas de transferencias que gravan a los ricos y las clases medias para aumentar los ingresos de los hogares pobres. Muchos países de Latinoamérica, como, por ejemplo, México y Bolivia, emprendieron esas políticas de forma fiscalmente prudente, para velar por que los déficits estatales no crearan una gran deuda e inestabilidad macroeconómica.

En cambio, las atrevidas transferencias distributivas hechas por los gobiernos de Hugo Chávez y su sucesor, Nicolás Maduro, en Venezuela, estuvieron financiadas por los ingresos temporales debidos al petróleo, lo que creó riesgo tanto para las transferencias como para la estabilidad macroeoconómica. Aunque en Venezuela se ha reducido la desigualdad (de momento), las perspectivas de crecimiento de la economía han quedado gravemente debilitadas.

Latinoamérica es la única región del mundo en la que se ha reducido la desigualdad desde comienzos del decenio de 1990. Los factores esenciales han sido unas mejores políticas sociales y un aumento de la inversión en educación, pero la reducción de la diferencia de salarios entre los trabajadores especializados y nos no especializados –lo que los economistas llaman la ”prima de las aptitudes”– ha desempeñado también un papel importante. Para determinar si se trata de un factor positivo para el crecimiento económico o lo contrario, hay que saber por qué ha disminuido la prima de las aptitudes.

Si las diferencias se han reducido por un aumento en la oferta relativa de trabajadores especializados, podemos abrigar la esperanza de que la reducción de la desigualdad en Latinoamérica no obstaculice un crecimiento más rápido (y pueda ser incluso un indicador temprano de él), pero, si la causa subyacente es la reducción de la demanda de trabajadores especializados, unas diferencias menores indicarían que las industrias modernas y con gran densidad de conocimientos especializados, de las que depende el crecimiento futuro, no están aumentando suficientemente.

En los países avanzados, aún se están debatiendo las causas del aumento de la desigualdad. La automatización y otros cambios tecnológicos, la mundialización, una  mayor debilidad de los sindicatos, la merma de los salarios mínimos, la financiarización y el cambio de los normas sobre las diferencias de salarios aceptables dentro de las empresas han desempeñado, en grados diferentes, un papel en los Estados Unidos respecto de Europa.

Cada uno de esos factores tiene un efecto diferente en el crecimiento. Si bien los avances tecnológicos lo fomentan claramente, es probable que el aumento de las finanzas desde el decenio de 1990 haya tenido un efecto perjudicial, por las crisis financieras y la acumulación de deuda.

Es positivo que los economistas hayan dejado de considerar una ley de hierro la disyuntiva entre igualdad y eficiencia. No debemos invertir el error y concluir que una mayor igualdad y unos resultados económicos mejores van siempre unidos. Al fin y al cabo, en economía sólo hay, en realidad, una verdad universal: depende.

Dani Rodrik is Professor of Social Science at the Institute for Advanced Study, Princeton, New Jersey. He is the author of One Economics, Many Recipes: Globalization, Institutions, and Economic Growth and, most recently, The Globalization Paradox: Democracy and the Future of the World Economy. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

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