La desintegración de Europa

Llevamos más de medio siglo de integración europea. Suprimiendo fronteras, creando un gran mercado, la misma moneda y una política de seguridad común, superando identidades antagónicas y aprendiendo a vivir juntos. La crisis ha acelerado la integración bancaria y fiscal. Al mismo tiempo amenaza con que Europa se desintegre. Oí decir que «la crisis desintegra Europa», en marzo en Bruselas, en un debate con el profesor De Grauwe, uno de los mejores especialistas del proceso de integración. Me pareció exagerado. Hoy, la ruptura del equilibrio político entre Francia y Alemania y la división entre el Norte y el Sur entre los estados y en el interior de ellos parecen darle razón.

Las políticas de austeridad pueden precipitar la crisis y provocar una revolución social. Decíamos que Europa unida sería más capaz de hacer frente a la globalización. Pero la política que Alemania sigue e impone, como la de China en Asia, muestra que la globalización enfrenta emergentes a desarrollados, y también a vecinos. Cuando China manipula el yuan afecta a Tailandia, Indonesia o Vietnam, sus competidores en mano de obra barata. Cuando Alemania comprime sus costes salariales y reduce su demanda interna, afecta a sus socios del euro. Las políticas de rigor nos llevan a una recesión europea y mundial. La exigencia alemana de una austeridad que mata, el crecimiento acabara volviéndose contra ella. El euro, la forma de controlar la potencia de la Alemania reunificada y ligarla a Europa, se ha convertido en el instrumento de su hegemonía.La verdadera capital de Europa es Berlín. La desintegración no se expresa a través de una nueva lucha de clases sino de los conflictos económico-identitarios-territoriales entre los países acreedores del Norte que se resisten a acudir en ayuda financiera de los deudores del Sur. Entre los nortes desarrollados de algunos estados con problemas unitarios, como España, Italia, Bélgica, el Reino Unido y sus sures más atrasados. Las dificultades creadas por la crisis, con reducciones de renta y servicios públicos hacen más difícil soportar una solidaridad que se considera excesiva y una rémora para el propio desarrollo. En los países que no tienen problemas unitarios la crisis y la austeridad provocan la emergencia de movimientos protestatarios de izquierda o de extrema derecha, el Frente Nacional o el Frente de Izquierdas en Francia, Syriza o Alba Dorada en Grecia, los Verdaderos Finlandeses, o los indignados en España y Portugal. A ello contribuye el descrédito de los partidos y la constatación de que se puede cambiar de Gobierno, pero al final no se cambia de política porque viene impuesta por Berlín o los mercados.

Así, la crisis puede tener consecuencias en la estructura geopolítica europea. La victoria del N-VA, el partido independentista de Flandes en las municipales belgas es un ejemplo. El separatismo flamenco toma una nueva dimensión, menos «étnica» y más financiera. Su éxito se hace a costa del retroceso del muy xenófobo Vlaams Belang. La independencia que pide el N-VA es sobre todo fiscal y financiera. No se trata de luchar contra la política de austeridad, sino de evitarla prefiriéndola a la de los demás, en este caso a Bruselas y Valonia. Es el mismo discurso de CiU en Catalunya o de la Liga Norte en Italia. Aunque la crisis es mucho más fuerte en España que en Bélgica. En Italia la crisis provoca un refuerzo del Estado central y la marcha atrás del proceso de descentralización, debido al desprestigio de la Liga Norte, socia de Berlusconi y hasta el cuello de asuntos turbios de corrupción

Las tendencias separatistas y la construcción europea interaccionan en un momento en que en Bruselas sobran los problemas. Catalunya o Escocia independientes serían un nuevo Estado y, como tal, no formarían parte automáticamente de la UE. Tendrían que pedir su entrada de acuerdo con las normas que requieren la unanimidad de los 27 miembros. Es una incómoda verdad que conviene que se sepa. Ya vale de contar las cosas cómo no son o considerar una amenaza explicar cómo son. Vale de decir que una Catalunya independiente entraría en la OTAN pero no tendría Ejército, porque es imposible. Si se quiere estar hay que tener un Ejército y un esfuerzo militar que, parecido al danés, costaría unos 3.000 millones. El primer ministro escocés Salmond luce la misma inconsistencia. Primero dijo que Escocia entraría en la UE y en el euro, luego que en la UE sí pero en el euro no. ¿No sabe que los nuevos estados que entren en la UE tienen la obligación de hacerlo también en el euro? La dinámica de fondo es la misma: atribuir a los demás la culpa del excesivo endeudamiento y reconducir la gestión de los recursos propios. Las tres soluciones están a nivel de estados y de Europa: recentralizadora, federal y secesionista.

Josep Borrell, expresidente del Parlamento Europeo.

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