La desintegración de Occidente

Mientras esperamos el anunciado choque de trenes del 1 de octubre, celebramos los 25 años de los Juegos Olímpicos y también que el PIB haya alcanzando el nivel anterior a una crisis cuyos primeros síntomas aparecieron en Europa en agosto del 2007. Esos diez años han trasformado nuestro mundo creando un convulso panorama del que el ‘brexit’, la elección de Trump, el auge de los populismos euroescépticos en el corazón de Europa y la marcha atrás en la globalización son elementos novedosos.

El propio concepto de Occidente se desintegra ante las discrepancias en cuestiones fundamentales entre los dos lados del Atlántico. Y entre los valores fundacionales de la UE y las políticas autoritarias de algunos países como Polonia, a la que la UE advierte que puede llevar a suspender su derecho de voto

La descomposición de Occidente es evidente en relación con el cambio climático. A pesar de toda la pompa de la ‘Republique’ con la que Macron recibió a Trump en París el 14 de julio, y del efecto que debió tener sobre una personalidad tan narcisista, los EEUU no cambiarán su decisión de salir del acuerdo de París sobre el clima.

Trump había hecho de la derogación de la reforma sanitaria de Obama y del cambio de posición con respecto al cambio climático, grandes pilares de su campaña. Después de haber perdido la ultima oportunidad parlamentaria de modificar el ‘Obamacare’, que hubiera dejado sin protección sanitaria a 16 millones de americanos, no va a retroceder en la cuestión del cambio climático ni del comercio. Entre otras cosas porque hay demasiados intereses poderosos a favor de su posición.

Obama aplicó políticas de redistribución interna, de arriba abajo, mediante un sistema de protección sanitaria y subidas del salario mínimo. Trump traslada el conflicto de fuera a dentro, llamando a luchar contra las amenazas que vienen del exterior. Los adversarios, China, Alemania y México, ya no lo son por razones ideológicas sino comerciales. Con Rusia las cosas van bien, porque no es un rival comercial ni un enemigo que pretenda exportar revoluciones.

Para Trump, a diferencia de la parte europea de Occidente, la forma de modificar la distribución de la renta no es una fiscalidad progresiva ni un gasto publico redistributivo, sino las ventajas comerciales frente a terceros países. Para los europeos los acuerdos multilaterales son una forma de regular la globalización y garantizar una cierta igualdad de trato entre todos los países. Para el Occidente trasatlántico trumpiano son un obstáculo para establecer un nuevo orden mundial en el que los viejos aliados, como Alemania, aparecen de repente como adversarios comerciales

Es imposible saber cuáles serán las consecuencias de la retirada de EEUU del acuerdo de París. Puede que no sean tan graves como parece. Obama se había comprometido a disminuir un 27% sus emisiones en el 2025 con respecto a las del 2005. Y eso gracias a fenómenos estructurales de fondo como la sustitución del carbón por gas de esquisto y el aumento de la eficacia energética. Si esos procesos continúan al mismo ritmo, el descenso sería del 18%, lo que representa unos 600 millones de toneladas de Co2 anuales adicionales. El equivalente a las emisiones francesas le hubiera podido recordar Macron mientras contemplaban el desfile del 14 de julio. Pero comparadas con las emisiones mundiales, la diferencia solo es del 1,2% , y por lo tanto el impacto sobre el clima sería limitado.

Además, Europa tampoco está para dar grandes lecciones. Desde el 2011, en el que alcanzó un pico de 120.000 millones de euros, la inversión anual en renovables cayó a la mitad en el 2013 y desde entonces no aumenta. Sigue siendo superior a la americana, pero ya es inferior a la de China.

En Europa también hay poderosos intereses en los sectores energéticos dominantes: carbón, gas y nuclear, contra la electricidad verde. No es solo Trump el que tiene que contar con los barones del carbón. El problema es el gravamen de las emisiones de carbono, que está estancado a cinco euros tonelada, y a ese nivel no tiene ninguna capacidad disuasoria. Para ello haría falta que se situara , según las distintas partes del mundo (ya que fijar un precio mundial del carbono es irrealista), entre 40 y 80 dólares tonelada en el 2020 y entre 50 y 100 en el 2030. Pero hoy el 87% de las emisiones no están sometidas a ninguna clase de gravamen. La tarea que tenemos por delante es enorme.

Josep Borrell, expresidente del Parlamento Europeo.

3 comentarios


  1. Paupérrimo análisis sobre una hipotética destrucción de Occidente. Análisis, por llamarlo de alguna manera, que alude a factores tan extemporáneos a la cuestión como el Obamacare, los intercambios comerciales con China, Alemania y México y las emisiones de CO2 contempladas en el Acuerdo de París en relación con las políticas energéticas de los diferentes países.

    Ninguna mención, ni perspectiva, histórica….. Ninguna referencia a los orígenes de la Cultura Occidental y de sus principios éticos y morales de Grecia, Roma, el Judaísmo o el Cristianísmo. a la Ilustración….. a sus avatares, aciertos y descarrilamientos. Solo, restos de ideología barata, tópicos y empecinamientos de posturas políticas de horizonte bajo que se reflejan en su preocupación dominante sobre el eventual referendum del 1º de octubre en Cataluña para abrir lo que pretendía ser una reflexión sobre la destrucción de Occidente…… Nada menos !!!

    Si Occidente se dirige a su auto-destrucción, no lo será por los factores que este artículo malamente desgrana, sino por políticos de talla e intelecto tan menguado y estrecho como el de algunos expresidentes del Parlamento Europeo con vocación de “hombre masa”….. Hala !!!….. a leer un poco a Ortega.

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