La destrucción de Europa

Los espectadores que vayan estos días a ver la excelente película Diplomacia, de Volker Schlöndorf, sobre el plan de destrucción de París por parte de los nazis en los últimos días de la guerra, tendrán la oportunidad seguramente de contemplar también un curioso e impactante corto previo. Su título es La Gran Invención y está firmado por Fernando Trías de Bes. Estamos en París, en un futuro no tan remoto, en 2027. Se cumple el décimo aniversario de la disolución europea. La televisión pública francesa retransmite un documental conmemorativo explicando cómo se llegó a esa situación. Lo que continúa no deja de manejar nunca, como en la ucronía o pieza de ciencia ficción alternativa, 1984 de Orwell, un tono inquietantemente verosímil, mezclado en este caso con sarcasmos imperturbables, flemáticamente enunciados. Mientras, gran parte del público en la sala, se ríe por lo bajo, ante una sucesión de paralelismos no tan desquiciados si se les compara con el momento actual. Es decir, ese momento en el que todas las malas noticias que rezumen europesimismo o euronihilismo se encajan ya con total naturalidad.

Estos días, con motivo de serle concedido el Premio de Literatura en Lenguas Romances de la Feria del Libro de Guadalajara (FIL) al escritor y gran patriota europeo Claudio Magris, este escritor italiano nacido en Trieste ha vuelto a afirmarse en lo que viene diciendo a lo largo de estos últimos años. Sacudida Europa por los fantasmas crecientes, cada vez más extendidos, de los populismos, los micronacionalismos y una elefantiasis burocrática de Bruselas que aleja más y más cada vez a ciudadanos desganados y desatendidos, sólo cabe una solución. Se tiene que caminar, según Magris, hacia un fortalecimiento de la unión política europea, un federalismo sin naciones, que convierta los estados actuales en regiones. También lo ha dicho Timothy Garton Ash hablando de su país de origen: hace falta un Reino Federal de Gran Bretaña dentro de una Europa confederal.

Magris, nacido en una zona limítrofe europea, de culturas, lenguas y sentimientos nacionales muchas veces en disputa, añadió un concepto muy ilustrativo: nuestras identidades nacionales tienen que ser como matrioskas no excluyentes, que contengan e integren en un mismo molde inseparable. En su caso, como recordaba este escritor, siempre se ha sentido profundamente triestino y ha hablado el dialecto triestino, sin por ello dejar de ser italiano y europeo. Un panorama parecido dibujaría recientemente el gran filósofo alemán, igualmente notorio y convencido proeuropeo, Jürgen Habermas. La sensación de marasmo, de parálisis, así como de impopularidad de las instituciones comunitarias, ya no serían sólo enarboladas furiosamente por los grupos radicales y por los populismos euronegacionistas, o también por esos nacionalismos de los que hablaba Magris indiferentes a las incesantes advertencias de la Unión Europea. Grupos todos ellos nada secretamente inclinados a bombardear la Unión desde dentro, como quintacolumnistas oportunistas del caos y de la sensación de desánimo general y ambiental. Gente y grupos, altamente manipuladores, que dan la impresión tan sólo de esperar el hundimiento de todo. Como ese alarido enloquecido que Hitler –tal y como cuenta la leyenda–, cuando la guerra ya estaba perdida, le dio supuestamente al general Dietrich von Cholitz, gobernador de París, por teléfono: «¿Arde París?». Era lo único que le interesaba, el total aniquilamiento de la ciudad-símbolo europeo por excelencia: la capital de Francia.

La creciente desafección europea, que coincide con la desafección y enojo de los ciudadanos hacia los grandes partidos que se han alternado en gran parte de nuestras democracias perfectibles (Gran Bretaña, Francia, España) habría contagiado, según Habermas, a un considerable número de intelectuales, sobre todo a los provenientes del campo de la izquierda. Las críticas constantes de estos últimos, culpabilizando a la Unión de todos los males, se centrarían sobre todo en responsabilizar a la complicada y nada atractiva o telegénica construcción europea de fomentar tan sólo el modelo neoliberal, a la imagen de Merkel y otros.

Parece ser como si estas dos derivas de desafección anarquizante, la eurofóbica y la partidofóbica que es, en el fondo, una desafección por la democracia atizada concienzudamente por populismos de todos los signos y demagogias imaginables, a izquierda y derecha, nacionalistas o anticastas, hubieran coincidido en el tiempo. Acusados de endogamia, corrupción, falta de representatividad e insensibilidad social, los partidos políticos mayoritarios –según estos movimientos– sólo operarían en el más puro vacío, artificialmente. Y, efectivamente, no pasarían por su mejor momento en ningún país europeo. Así lo demuestran las encuestas. Sondeo tras sondeo, las conclusiones son desastrosas. Hace poco, una encuesta francesa revelaba que el 62 por ciento de las personas consultadas no consideraban «útiles» a los partidos políticos; otro 82 por ciento, que los partidos no se adaptaban «a la situación actual del país», y otro 85 por ciento no los sentían «cercanos a las realidades cotidianas de los ciudadanos». Si se amplia, es exactamente el mismo diagnóstico –lejanía, parálisis, indiferencia, elefantiasis– del que hablaban Claudio Magris y Jürgen Habermas.

Alo mejor, como apuntaba el escritor triestino en un magnífico libro de conversaciones con Mario Vargas Llosa, recientemente aparecido (La literatura es mi venganza, Anagrama) se trataría de una especie de peligroso choque de valores que actualmente vivimos, «a escala planetaria». Valores cálidos (amistad, amor, familia, afectos) contra valores fríos (derecho al voto, deberes y obligaciones ciudadanos). Algo parecido, apunta Magris, sucedió en la Grecia del siglo V antes de Cristo. La irrupción de la polis, de la democracia griega, con sus relaciones abstractas y «frías», habría provocado una profunda desorientación –desafección, diríamos hoy– en el alma de los griegos antiguos, acostumbrados a realidades inmediatas (familia, clan, tribu) que conferían identidad al individuo. Quién sabe, a lo mejor estamos, políticamente hablando, en una nueva era de glaciación desconocida y, a escala planetaria, hay que introducir cambios urgentes, más allá de limitarse a sobrevivir y adaptarse a ello.

Mercedes Monmany, escritora.

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