La desventura del «Código Sagrado»

Los anglosajones poseen un término, serendipity, para indicar un hallazgo inesperado que surge sorpresivamente cuando lo que se busca es otra cosa. Circunstancia que se da con frecuencia en el terreno de la ciencia, cuando un científico busca una cosa concreta, pero tiene la fortuna de encontrar algo más importante de lo que buscaba.

Pues bien, esta palabra que se ha intentado traducir al español como serendipia, creo que nos explica acertadamente la causa de la gestación del nuevo libro de Pedro J. Ramírez, La desventura de la libertad. En efecto, según su propia versión, hace algo más de dos años, un librero amigo, sabedor de su pasión por la historia, le llamó para preguntarle si le interesaba un documento que era la confesión escrita, antes de suicidarse, del que fue secretario de Despacho de la Guerra durante el Trienio Liberal. Como este político, Sánchez Salvador, gozó de una cierta importancia en el periodo mencionado, y además era riojano como Pedro J. Ramírez, éste no dudó en adquirirlo. Aprovechando su visita, el librero le comentó que su padre había conseguido un archivo con documentos importantes de otro político de esa época, que tal vez le podía interesar también. Cuando se lo mostró, Pedro J. Ramírez no dudó ni un momento en hacerse con él, pues era un conjunto de escritos de José María Calatrava, secretario de Despacho de Gracia y Justicia por decisión de Fernando VII, nombrado poco antes de la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823.

Cuando Pedro J. Ramírez tuvo ocasión de examinar más detenidamente el legajo, se percató de que había caído en sus manos una fuente inapreciable para conocer mejor ese periodo apasionante de la Historia de España, en el cual el régimen constitucional fracasó, en gran parte, por la estupidez y cerrazón de Fernando VII. La serendipity, o si se quiere, la casualidad o la chiripa, había funcionado esta vez, aunque no hace falta decir que este fenómeno puede acabar en nada, si no se da también una condición imprescindible: el talento de quien se beneficia del mismo. En el caso de Pedro J. Ramírez se demuestra con creces esa cualidad, simplemente leyendo su apasionante libro que ya posee un puesto indiscutible en nuestra historiografía constitucional. El libro dispone indudablemente de un buen título, aunque si tuviésemos que circunscribir más los contornos de lo que cuenta, podríamos definir su contenido como la prueba indiscutible de la desventura del «Código Sagrado», como llamaban entonces sus defensores, incluido Calatrava, a la Constitución de 1812. Y digo desventura, porque como se demuestra en la obra, la Constitución de Cádiz, a pesar de su indiscutible prestigio, ni se podía aplicar, ni se podía tampoco reformar, a causa del complicado procedimiento que establecía y que Jeremy Bentham definió como la «cláusula de infalibilidad». Estas vicisitudes las explica el autor unidas al destino de Calatrava, que a partir del Real Decreto de 1823 fue presidente del Consejo de Ministros, como título punto menos que honorífico, que se confería al secretario de Estado con la exclusiva finalidad de presidir las reuniones del Consejo cuando el Rey no asistiese para hacerlo, pues el auténtico Jefe del Ejecutivo era en realidad el Monarca. Sin embargo, el cargo de presidente irá consolidándose a partir de la muerte de Fernando VII en 1833, cuando la menor edad de Isabel II y la prudencia de la Regente obligaron a que funcionase el Consejo de Ministros sin su cabeza ordinaria. Será a partir de 1835, primero con el nombramiento de Juan Álvarez Mendizábal como presidente del Consejo de Ministros y, más tarde, con Calatrava, cuando esta figura llegó a consolidarse.

Por lo demás, Pedro J. Ramírez expone un despliegue bibliográfico impresionante y, especialmente con los documentos escritos de Calatrava, describe de forma magistral, detallada, y hasta estremecedora, la débil posición del político extremeño. En efecto, impresiona su incapacidad para tomar decisiones en los momentos en que el ejército francés, al mando del Duque de Angulema, buscaba al Rey de España. Situación que le hace comentar al autor del libro, que Calatrava «había aprendido cuán amargo podía ser el precio a pagar por defender unas ideas», demostrando así que esa figura naciente de presidente del Consejo se encontraba entre la espada y la pared. La espada era el propio Rey, que seguía siendo el Jefe del Ejecutivo y que se caracterizaba por su irresponsabilidad. Y la pared era las Cortes, que representaban a la soberanía nacional, lo cual las legitimaba para tomar sus decisiones con independencia del Gobierno. No es extraño, por tanto, que una persona inteligente y buen jurista, como era Calatrava, presentase su dimisión al Rey a causa de su escasa legitimación puesto que no contaba con un apoyo sólido ni en la persona del Monarca ni en la propias Cortes.

Cuando la Santa Alianza impuso su fuerza en España, se derogó la Constitución de 1812, regresando el absolutismo durante la llamada Década Ominosa que acaba con la muerte de Fernando VII. La desaparición del Rey más funesto de la Historia de España era una ocasión de oro para evitar los errores pasados. De este modo, Calatrava, volvería a ser presidente del Consejo de Ministros, tras los años de su exilio en Londres, en los que se ganó la vida como zapatero remendón. Pues bien, una de las primeras cuestiones que había que dilucidar en 1837, era la de reformar la Constitución de 1812, porque era inviable. El extraño matrimonio entre el clero católico y los diputados masones y liberales, había producido un producto que era tan difícil de amalgamar como el agua y el aceite. En unas ocasiones, la Constitución reconocía las creencias que imponía el clero y en otras las que eran propias de los progresistas liberales, lo que demostraba que un acuerdo estable era algo imposible de mantener.

El hecho es que tras la corta vida del Estatuto Real de 1834, se convocaron en 1837 unas Cortes ordinarias pero que acabarían siendo también constituyentes. Ciertamente, se simulaba que se iba a proceder a una reforma de la Constitución de Cádiz, lo cual se consideraba necesario, pero era tan complicado el procedimiento de reforma que las Cortes se acabaron convirtiendo en constituyentes. Precisamente Calatrava intervino en los debates parlamentarios para insistir en que las Cortes eran ordinarias para tratar los asuntos políticos y legales corrientes, pero también Cortes constituyentes puesto que aprobaban una nueva Constitución. El llamado «Código Sagrado», esto es, la Constitución de Cádiz, ganaba así una cierta batalla, una vez muerta definitivamente.

La influencia de Calatrava se hizo notar también, como consecuencia de su primera experiencia como presidente del Consejo, cuando insistió en dos cuestiones que consideraba importantes. Por una parte, se había ya aprobado que las Cortes serían bicamerales, puesto que durante el Trienio Liberal, los liberales revindicaban el llamado «Plan de Cámaras», que consistía en establecer un sistema bicameral que amortiguase las posibles tendencias demagógicas de la Primera Cámara. Al mismo tiempo, otra de las reivindicaciones de Calatrava consistía en que los Ministros de los Gobiernos deberían o podían ser parlamentarios, lo cual era algo prohibido por la Constitución gaditana. Todo ello venía a cuento porque Calatrava pensaba, como así lo expuso, que un Gobierno tiene que apoyarse en una mayoría parlamentaria, lo cual significaba que en su concepción un presidente del Gobierno debería contar con la doble confianza del Rey y de las Cortes. Esta idea de Calatrava, que Pedro J. Ramírez esboza en el Epílogo de su obra, tardaría tiempo en arraigar, pero su mérito fue en haber sido, junto con Argüelles, uno de los teóricos decisivos del parlamentarismo español.

Los Cien Mil Hijos de San Luis, llegaron hasta Cádiz y se apoderaron del Trocadero, el absolutismo volvió a imperar en España, los liberales tuvieron que exiliarse nuevamente y entre ellos Calatrava. Ciertamente, como expone Pedro J. Ramírez, se puede afirmar que Calatrava es uno de los grandes políticos españoles del siglo XIX. Sin embargo, no siempre se le ha reconocido así. Nadie puede dudar, por tanto, de la importancia que hoy, tras la aportación de este libro, posee el político extremeño, lo cual no impide que se le ignore en ciertos casos. Es llamativo que la mayor parte de sus compañeros ideológicos como Argüelles, Quintana, Martínez de la Rosa, Istúriz, etcétera, den su apellido a calles de Madrid, mientras que no existe ninguna con el nombre de Calatrava. Es cierto, por otro lado, que después de inaugurarse el Panteón de Hombres Ilustres, entre los que se decidió que fuesen enterrados en él, estaba Calatrava. Hoy, sin embargo, existe la duda de si se encuentra allí, porque según parece los restos de varios políticos, excepto Canalejas, se han traslado a sus lugares de nacimiento, demostrándose una vez más que en España la patria chica, el lugar en que se nace, tiene más importancia que la patria grande, que debería cobijar a todos por igual. A estas alturas cabe preguntarse si el Panteón de Hombres (excluidas las mujeres) Ilustres, no es más que el Panteón de los Nombres Ilustres.

Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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