La desvergüenza como tradición

A veces me pregunto si la desvergüenza no formará parte también de nuestra tradición judeocristiana. Se me ocurre ante cierto tipo de historias en las que se mezclan de manera forzada, casi diría brutal, nuestros comportamientos irregulares con una veta llamémosla religiosa, que lo único que pretende es enmascarar la cruda realidad, es decir, el delito o la mentira, dándole una pátina de respetabilidad trascendente. Yes algo que lo mismo sucede con las clases altas que con las más marginales. En el País Vasco una madre ha sido detenida hace unas semanas acusada por su hija de organizarle una violación. Como las informaciones que suministran la policía y los tribunales se parecen cada vez más a extractos de guiones televisivos donde sólo caben interpretaciones literarias y donde lo concreto, es decir los hechos y los datos, brilla por su ausencia, he de atenerme a las informaciones aparecidas en la prensa local vasca con ausencia total de nombres, lugares y fechas. Los gabinetes de prensa de las instituciones deben estar preñados de talentos literarios frustrados, o quizá aburridos, que desean alimentar nuestra imaginación. A lo que voy ocurrió en Vitoria.

Una madre hace de alcahueta de su hija de 17 años y se la ofrece a un viejo de 73, por mil euros. En pura lógica la chica se niega pero al final le monta una celada y consigue encerrar en la misma habitación a la joven y al setentón, y este la viola. Hasta aquí estamos ante un caso de violación que fue denunciado y los culpables detenidos. Pero lo llamativo son las razones por las que la madre ofrece a su hija de manera inmisericorde a la ansiedad de un anciano rijoso. Necesita los mil euros para pagar la primera comunión de otro de sus hijos, el más pequeño, que ya va a cumplir doce. Sólo conozco de oídas lo que hoy significa una primera comunión, pero me da para pensar que en torno al aspecto religioso hay otro social que debe ser para mucha gente trascendental; sospecho que bastante más trascendental que la connotación religiosa. Pero ahí están los dos, inseparables. ¿Qué transmutación de valores ha de darse para que la obligación social de una primera comunión pase por la violación de una hija? Confieso que se me escapa. Es verdad que se trata de un caso puntual, pienso yo ingenuamente, y que alcanzar tal extremo pone en cuestión un montón de resortes que el buen ciudadano común rechaza como un exceso insólito. ¿Insólito?

¿De verdad es insólito el que haya gente que se endeude hasta las orejas o que bordee el delito oque incluso entre de lleno en él, como en este caso, para que sus retoños cumplan con una tradición religiosa? Sigamos con el argumento. En el tribunal que tratará este asunto no estaría de más una autoridad religiosa – imaginemos que un teólogo-que explicara a la madre alcahueta el significado de la primera comunión y de paso la brutalidad humana de una violación, puestas en la misma balanza. No sería fácil que un juez se dejara engatusar por exigencias extra jurídicas, pero cabe preguntarse si habría algún canonista capaz de asumir ese papel.

Vayamos a otro ejemplo menos sórdido y también reciente, que nos vuelve a plantear la relación entre desvergüenza y tradiciones, y en este caso referido al país más riguroso en la exigencia de lo social y políticamente correcto, Estados Unidos. A mí que el gobernador republicano de Carolina del Sur, Mark Sanford, tenga una amante, o media docena, me trae al pairo, incluso siendo el presidente de la Asociación de Gobernadores Republicanos, organización que vela obsesivamente por el cumplimiento de la moral tradicional y la defensa de la familia una e indivisible. Lo que me llama la atención es que acusara al presidente Bill Clinton de haber violado la promesa más fundamental a su entender, que era la del sacramento del matrimonio. Pero hay en esa historia ángulos más llamativos en los que cabe reparar. El primero y fundamental es su mujer, Jenny, multimillonaria, dato a tener en cuenta tratándose de un profesional de la política. ¿Empezó en la política antes o después de casarse? Sería importante saberlo para entender en su justa medida el significado de “la promesa más fundamental, la del sacramento del matrimonio”.

Pero hay más, y esto es lo que me hace relacionarlo con el interrogante sobre la hipótesis de unas supuestas relaciones entre la desvergüenza y la tradición. Desde que empezó la crisis matrimonial y política entre Mark y Jenny, ambos decidieron seguir un cursillo sobre la Biblia. Es verdad que la Biblia constituye sin ninguna duda una base fundamental de nuestra cultura. Hombre de tan inequívocas inclinaciones ideológicas como Berltolt Brecht lo sostuvo. Creyentes y ateos compartimos en Occidente un soporte cultural similar en el que la Biblia desempeña un papel notable. Al menos hasta mi generación, quien no haya leído la Biblia no puede considerarse una persona de cultura. Ahora bien, no se me ocurre la relación entre un matrimonio con problemas y un máster bíblico.

Cabría pensar que nuestra capacidad de desvergüenza tiene una procedencia arcaica, tanto que se resiste a la prueba de la evidencia. ¿Qué necesidad tenemos nosotros de remachar nuestras mentiras hasta convertirlas en homenajes a la indecencia? La ambición de dinero o la pasión amorosa son azares del camino que no tendrían que llamar la atención de nadie salvo de los interesados, pero que se convierten en auténticos sarcasmos por la tendencia a exhibirnos como depositarios de lo trascendente, de lo supuestamente inmarcesible; ya sea la religión, la familia o la verdad. Incluso en la pelea política hay tipos que parecen disfrutar en la humillación del contrario cuando está derribado y a los pies de los caballos. Esa saña contra el destrozado quizá forme parte de la tradición judeocristiana que alguien creyó ver ya en la Inquisición, o en los grandes procesos políticos del siglo XX.

Yo no puedo quitarme de la cabeza aquella escena del diputado socialista Hernández Moltó atacando con saña de torturador a un Mariano Rubio pillado en falso. Aquel inolvidable “Míreme a los ojos, señor Rubio…”, cuando el que fuera soberbio director del Banco de España mantenía a duras penas una mirada turbia. Ahora que sé que el tal Hernández Moltó no sólo ha colaborado en la quiebra de la Caja de Castilla La Mancha sino que se hizo subir el sueldo un 78 por ciento y que alcanzó en el último año antes de la debacle a llevarse 338.000 mil euros entre sueldo, plan de pensiones y seguro, ahora, digo, me quedo anonadado preguntándome si el significado último de la desvergüenza no será algo pegado a nuestras raíces, una tradición por ejemplo.

El interrogante no es por qué mentimos, porque eso lo hacemos todos, incluso inconscientemente, en innumerables facetas de nuestra vida cotidiana, no digamos ya en nuestro comportamiento social, sino por qué mentimos desvergonzadamente. Quizá eso ayude a explicar por qué la gerente del Ateneu Barcelonès exige una rectificación de algo que sucedió y que a lo mejor hubiera preferido que no sucediera. La conferencia de Rosa Díez en el Ateneo, y las reacciones que provocó en el macizo de la raza catalanista – que como el hispano, también existe y se manifiesta de parecida manera-forzó a la junta directiva ateneísta a pegar unos carteles bien visibles donde precisaba que de haber sabido que era la tal Rosa Díez – a la que conozco de longa data y a la que no votaría ni loco-quien iba a hablar no lo hubieran permitido, pero que llegados al día de autos supuestamente engañados no les quedaba más remedio que consentirlo para evitar el victimismo.Y por si fuera poco, asegura que el Ateneu Barcelonès se sustenta con las cuotas de sus socios. ¡Y eso lo dice la gerente!

Lo irritante no es que alguien necesite dinero para sus planes, o que se enamore pasionalmente, o que se haya equivocado en política, o que mienta porque lo considera adscrito al cargo. Eso es normal. Lo desvergonzado es meter la religión, la Biblia, la familia, o la coherencia democrática en algo que nos delata como gente poco de fiar.

Gregorio Morán