La dicotomía francesa

La discrepancia sobre la política exterior francesa durante la V República no responde a la distinción clásica entre derecha e izquierda. Todavía en vigor en el origen del actual régimen, esta diferencia ha quedado eclipsada por otra, más fundamental, que no corresponde a los criterios que se utilizan para la política interior.

Ha cristalizado en la dicotomía entre los defensores de una línea gaullista-mitterrandista y los partidarios del atlantismo y/o el occidentalismo.

Los partidarios de la línea gaullista-mitterrandista creen que Francia no puede quedarse en su papel de país occidental, piensan que debe ejercer un papel específico con los países que ayer llamábamos “del Sur” y que hoy denominamos “emergentes”, y que además le interesa desarrollar ese papel. Están convencidos de que ello sólo es posible si Francia mantiene una línea independíente y no forma parte de un sistema de alianzas estereotipado respecto de Estados Unidos. Su consigna es “aliado pero no alineado”. Según ellos, Francia debe estar en onda con el interés general y favorecer el multilateralismo y la multipolaridad.

Los atlantistas y otros occidentalistas consideran que Francia de define ante todo por su pertenencia a una familia política, el mundo occidental, y que su principal deber es ser solidaria con esta familia y con su líder. Creen que una amenaza superior que pusiera en peligro a Francia (ayer la Unión Soviética, hoy el islamismo o el incremento de poder de China o de otros países emergentes…) debe llevar al país a aceptar y colocarse al lado del liderazgo americano.

Después de la implosión de la Unión Soviética y de la desaparición del bloque comunista, la línea de división se ha reformado al apuparse parcialmente los atlantistas bajo la denominación de occidentalistas. Según los partidarios de esta tesis, el mundo occidental estaría amenazado por la dictadura rusa -que, a su juicio, apenas se diferencia de la de la Unión Soviética-, por la supremacía china y por el aumento de poder del islam. Algunos hablan de fascislamismo. También se declaran a favor de la injerencia.

Subrepticiamente, la tesis de la superioridad de la civilización occidental (más moderna, más democrática, más abierta, más tolerante) se está imponiendo, ya sea en nombre de los buenos sentimientos, con la tentación a veces de exportar estas ventajas para que otros se beneficien de ellas, ya sea imponiéndolas. Es una tesis que refunda los reflejos colonialistas, llenos de buena conciencia pero que esconden los apetitos de poder.

En todos estos aspectos el desacuerdo 110 está entre la derecha y la izquierda francesas, entre las dos principales formaciones consideradas favoritas para alcanzar la segunda vuelta de las presidenciales. La UMP (el partido de Sarkozy) y el Partido Socialista están divididos por esta nueva línea de partición. Dentro de cada uno de los dos partidos cohabitan seguidores de cada una de estas corrientes.

Los atlantistas y occidentalistas, poco numerosos en el PS antes del 2002, han aumentado tras la retirada de Lionel Jospin de la vida política y en ausencia de un liderazgo incontestado. La base militante y electoral del PS es claramente gaullista-mitterrandista, la dirección está más dividida. Dos nombres suenan para el Quai d’Orsay; Moscovici, un atlantista moderado, y Laurent Fabius, más en la línea gaullista-mitterrandista. Eva Joly (ecologistas) y Jean-Luc Mélenchon (Frente de Izquierda al que pertenece el Partido Comunista) no son atlantistas y aún menos occidentalistas, pero su rechazo de la fuerza les aleja del gaullismo-mitterrandismo. Para ellos la fuerza siempre es potencialmente agresiva. Francois Bayrou (centrista), heredero de una familia política atlantista, está cerca de la línea gaullista-mitterrandista.

Por el contrario, Alain Juppé o Francois Fillon encarnan el mantenimiento de la corriente gaullista-mitterrandista en el seno de la UMP, mientras que los occidentalistas, como Claude Guéant y Jean-François Coppé, son minoritarios. Sarkozy, ferozmente occidentalista antes de su elección, ha moderado su posicionamiento.

El presidente no ha llevado a cabo la ruptura con la política exterior de la V República que había proclamado antes de ser elegido. Si ha habido ruptura, ha sido entre el candidato Sarkozy y el presidente Sarkozy. Este multiplica los discursos occidentalistas pero no ha dado más que inflexiones a la diplomacia francesa.

Será interesante ver si Francois Hollande hace una apuesta clara y saca al PS de sus ambigüedades. Puede elegir entre aventurarse lo menos posible en este terreno o apostar claramente por la línea gaullista-mitterrandista para marcar una mayor oposición respecto de Sarkozy en los asuntos internacionales.

Por Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París.

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