La dictadura de terciopelo polaca

Hace poco comentó Adam Michnik, uno de los intelectuales polacos más influyentes, que en las manifestaciones contra el gobierno populista él y los miles de manifestantes se sienten unidos contra un mal común como cuando protestaban contra el totalitarismo comunista. Ahora se oponen a “una dictadura de terciopelo”, dice Michnik y añade: “La historia demuestra que hay un gran riesgo de que lo que hoy es de terciopelo mañana pueda cobrar formas bastante más brutales.”

No le falta razón. La brutalidad puede estar a punto de empezar. Para que las manifestaciones, como la que describió Michnik, dejen de organizarse, el ministerio de defensa está creando un cuerpo paramilitar compuesto por 35.000 jóvenes voluntarios cuyo objetivo primordial será “prevenir y combatir amenazas no militares, así como defender la seguridad civil y la herencia cultural de la nación polaca.” Según las declaraciones del ministro, Antoni Macierewicz, esta guardia trabajará para defender al gobierno persiguiendo a los ciudadanos y organizaciones que protestan contra él, al margen de la policía y el ejército. O sea que tendrá carta blanca para aterrorizar a la población, si conviene. ¿No les recuerda algo?

El que puso en marcha esa amenaza fue el propio ministro Macierewicz, un nacionalista católico, además de populista antiliberal y ultraconservador euroescéptico, anti-ruso y antisemita que afirmó que existía un complot mundial judío. Además, según Macierewicz existe otro complot, y es aquí donde hay que buscar su popularidad entre muchos polacos. Contra la evidencia científica de la investigación, el ministro denuncia que el Kremlin está detrás de la caída del avión presidencial polaco en Rusia, en 2010, en el que viajaba el jefe de Estado Lech Kaczynski y otras 95 personas. Y para no quedarse corto, declara que el anterior primer ministro Donald Tusk, hoy presidente del Consejo Europeo, participó en ese complot. El hombre que hoy dirige el ejército polaco intenta reescribir la historia de Polonia.

Y no está solo. La gobernante derecha ultranacionalista polaca lleva a cabo una política que recuerda los momentos más sombríos de Europa: desea echar un tupido velo sobre el pasado para reescribirlo de acuerdo con su ideología: la de cantar odas sobre su nación.

El gobierno polaco de Ley y Justicia (abreviado, en polaco, como PiS), partido encabezado por Jaroslaw Kaczynski, ha cogido una goma de borrar: antes que nada, el antisemitismo, esa mancha que ensucia la imagen de Polonia. Mientras que el mundo entero reconoce a Polonia como uno de los países históricamente más marcados por el antisemitismo, el gobierno del PiS nombró como director del Instituto de la Memoria Nacional a Jaroslaw Szarek, un historiador que niega, entre muchas otras cosas y contra toda evidencia, la responsabilidad de los civiles polacos en el pogrom de Jedwabne en el cual, en 1941, perecieron 340 judíos, la mayoría de ellos quemados en una granja.

Los que llevan a cabo el revisionismo histórico polaco han decidido además boicotear el magnífico Museo de la Historia de la Segunda Guerra Mundial en Gdansk. Según la visión del PiS, lo único que hay que celebrar sobre esa guerra es el heroísmo de una Polonia abandonada por las potencias europeas. PiS, en su odio irracional hacia todo lo ruso y soviético (en muchas salas de conciertos polacas, bajo la influencia del ambiente anti-ruso, está mal visto y en algunos casos prohibido tocar piezas de músicos tales como Prokofiev o Shostakovich) niega hasta el indiscutible y manifiesto hecho de que quien echó a los nazis de Polonia fue el ejército soviético.

Esa mirada revisionista usurpa, además, la grandeza histórica a personajes como Walesa y Geremek que aseguraron la transición pacífica del comunismo a la democracia. En nombre de una gran Polonia eterna, el jefe del PiS, el católico integrista Kaszynski, usa todos los medios para rebajar a la población urbana liberal y proeuropea en los ojos de la nación. Las élites urbanas no tienen más recursos que salir a la calle. Al igual que tantos países occidentales, incluídos los Estados Unidos, también Polonia está escindida en dos por culpa de la radicalización y el neoconservadurismo de la derecha.

En repetidas ocasiones la UE ha expresado su preocupación por el desarrollo político en Polonia, además de Hungría, otro país donde la democracia sufre y el populismo, además del antisemitismo, crecen. Los países de la Europa Central y del Este, que siguen sintiéndose víctimas por haber experimentado cuatro duras décadas de comunismo, hoy creen que Europa les debe el dinero que perciben de ella y, en su animadversión, llevan una guerra de trincheras contra Bruselas. La verdadera unión del Este y el Oeste europeos no resultará fácil.

Monika Zgustova es escritora. Su última novela es Las rosas de Stalin.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *