La ‘dictadura’ del relativismo

Pocas fórmulas han tenido tanto éxito en el mundo mediático como la formulada por Joseph Ratzinger acerca de la situación que vivimos en nuestro mundo actual. Para el actual Pontífice nuestro mundo está sometido a una filosofía relativista que se identifica con la democracia, ya que para muchos de nuestros contemporáneos sólo el que es capaz de aceptar que no existe una verdad absoluta puede asumir realmente la democracia. Para muchos de nuestros contemporáneos, para que virtudes como la tolerancia puedan arraigar es imprescindible aceptar que nadie tiene el monopolio de la verdad y asumir que todas las opiniones merecen respeto. Sólo el pluralismo de formas de vida garantiza una democracia liberal y pluralista.

Hasta tal punto ha arraigado esta filosofía en el mundo actual que todo el que se rebela contra la misma es contemplado, a juicio de Benedicto XVI, como alguien raro, como alguien extraño, como un ser que se sale de la norma y tiene la osadía de no aceptar los cánones de lo políticamente correcto. Ahí está la auténtica misión de los verdaderos creyentes: ser capaces de enfrentarse con la opinión política comúnmente admitida, aunque ello implique quedarse en minoría en este mundo conformado por el relativismo, el hedonismo y el utilitarismo.

Confieso que la música de lo dicho por Ratzinger no suena mal; cualquier planteamiento ilustrado que conozca los límites de la razón deberá tener en cuenta su diagnóstico y tomar nota de los peligros de un mundo donde muchos entienden que la discusión acerca de la verdad debe ser abandonada so pena de caer en el absolutismo. Para ellos lo mejor es aceptar la más pura indiferencia ante cualquier tipo de discusión doctrinal.

La fuerza de esta percepción acerca de los límites del relativismo responde a una situación en la que asistimos a un hartazgo ante la pretensión de los sistemas parlamentarios de imponer la regla de las mayorías como una prueba irrefutable de la verdad; hay una cierta rebeldía a aceptar que lo aprobado por la mayoría de un parlamento debe ser asumido incondicionalmente sin que quepa formular ninguna objeción.

Siendo esto cierto hay que comprender las razones que explican la buena fama del relativismo. Pocos autores lo han planteado con mayor acierto que el gran filósofo del Derecho y de la Política Hans Kelsen. Para Kelsen, «el paralelismo que existe entre el absolutismo filosófico y el absolutismo político no es únicamente externo ya que, de hecho, éste tiene una tendencia inconfundible a utilizar aquel como instrumento ideológico. El gobernante, para justificar el poder ilimitado del que goza y la sumisión incondicional de todos los demás, debe considerarse directa o indirectamente autorizado por el único absoluto posible, por el Ser Supremo suprahumano, por ser su descendiente o enviado, o por estar místicamente inspirado por él».

Habiendo soportado una dictadura política basada en el nacional-catolicismo no creo que a los españoles nos sorprenda el diagnóstico de Kelsen. Pero lo que provoca la gran fuerza del relativismo es que Kelsen añade: «Cuando la ideología política de un Gobierno totalitario y autocrático no permite recurrir al absoluto de una religión histórica, como sucede en el nazismo y en el bolchevismo, tiende abiertamente a asumir un carácter dogmático, dando un valor absoluto a su idea básica, ya sea la idea de nación o la de socialismo».

Es aquí donde pienso que está la fuerza del relativismo. Tras la experiencia del absolutismo religioso y de los totalitarismos políticos somos muchos los que asumimos que es imprescindible una dosis de relativismo si queremos evitar el fanatismo, la intolerancia y el fundamentalismo. De ahí el miedo que nos provocan no sólo las antiguas religiones dogmáticas sino los nacionalismos etnicistas o los fundamentalismos religiosos, y de ahí todas las discusiones de la filosofía política actual acerca de la difícil compatibilidad entre islam y democracia.

Sería absurdo pensar que Ratzinger no conoce todos estos debates. Precisamente porque los conoce no trata de imponer su punto de vista en todas y cada una de las cuestiones, no trata de volver a un absolutismo político donde el liderazgo religioso invista de sentido al poder político. Ha vivido como todo alemán la importancia del pluralismo religioso y los efectos demoledores del nazismo; lo que Ratzinger trata es de reservar para la Iglesia una zona especial de la realidad, una zona de la existencia humana, sobre la que no se debería legislar sin tener en cuenta que, al afectar a la esencia de lo humano, no cabe resolver los conflictos apelando a las razones de cada cual, a las preferencias valorativas de los distintos grupos humanos, o a las disposiciones de los grupos parlamentarios a la hora de votar.

Como el lector comprenderá, aquí es donde aparecen los problemas. Y son problemas que no se resuelven proponiendo que la religión sea un asunto puramente privado sin ninguna relevancia pública. Las religiones siempre han combinado lo privado (la intimidad de la conciencia) con lo público (la expresión pública de las propias convicciones religiosas en orden a hacer proselitismo y difundir las propias creencias). El problema en democracia es que, más allá de lo que opinen las iglesias o los colegios profesionales, los sindicatos o los movimientos sociales, los clubs deportivos o los medios de comunicación, alguien tiene que decidir. Y en la democracia representativa ese papel, con todas sus limitaciones e imperfecciones, lo cumplen los parlamentos.

¿Pueden los parlamentos guiarse por un criterio que no sea el de la mayoría? No, aunque muchos no estén de acuerdo con sus decisiones. Al guiarse por la regla de las mayorías los parlamentos democráticos asumen que su decisión es revisable, es coyuntural, es relativa, son falibles y pueden equivocarse y no deben tratar de imponer a nadie dogmáticamente su decisión. Nadie está obligado, por ello, a abortar, o a casarse con una persona de su mismo sexo, o a solicitar la aplicación de la nonata ley de la muerte digna. Habrá algunos que consideren que el aborto es pecado, que el único matrimonio valido es el matrimonio heterosexual y que hay que sufrir con entereza el dolor hasta que la providencia decida poner fin a la vida humana. Todas estas opciones son plausibles, pero no pueden ser impuestas al conjunto de la sociedad so pena de caer en un nuevo tipo de fundamentalismo.

Es éste el sentido en el que personas de distintas ideologías políticas, liberales o socialistas, somos relativistas. No porque tratemos de imponer dogmáticamente nuestro credo a todos los ciudadanos sino porque no queremos confundir el Derecho con una confesión religiosa particular. Respetamos que los que están en contra de esta legislación permisiva piensen que ello significa fomentar una mentalidad, a su juicio, pecaminosa, pero lo que un Estado democrático no puede aceptar es que lo que para los creyentes es pecado sea para todos un delito.

no hay pues ningún tipo de dictadura en aceptar la regla de las mayorías para dirimir conflictos que afectan a convicciones existenciales donde siempre imperará el pluralismo de las formas de vida. La regla de las mayorías no impone dogmáticamente un credo, como si hacían las posiciones absolutistas a las que hacía referencia Kelsen. La regla de las mayorías, para ser bien ejercida, debe permitir el máximo respeto a las minorías, y la posibilidad de ejercer la objeción de conciencia cuando uno esté radicalmente en contra de lo aprobado por un parlamento. Estas son conquistas de la democracia liberal que no se pueden olvidar.

Por ello decía que la música de Ratzinger suena bien pero el problema está en la letra. Si sólo se tratara de difundir la necesidad de minorías que combatan un mundo contaminado por el hedonismo, el utilitarismo o el consumismo desaforado, muchos sectores de la izquierda alternativa estarían de acuerdo y propondrían unos valores posteconomicistas. El problema es cuando, so capa de la crítica al relativismo, se plantea que el relativismo es una nueva forma de dictadura y que sólo el que está dispuesto a aceptar la Verdad con mayúscula puede dar sentido a la propia existencia.

El siglo XX ha cometido muchos errores pero nos ha prevenido del peligro de los que se creen en posesión de valores absolutos. Como decía Kelsen, «la creencia en valores absolutos lleva irremisiblemente, desde siempre, a una situación en la cual el que cree poseer el secreto del bien absoluto quiere tener el derecho de imponer su opinión y su voluntad a los demás que están equivocados. Según este punto de vista, equivocarse es estar en el mal camino, y, por tanto, merecer un castigo».

¿No es en esta confusión entre el pecado y el delito donde están muchos de nuestros males? ¿No es ahí donde se encuentra la peor secuela del absolutismo y de la dictadura? Creo que volver a leer a Kelsen es imprescindible para todo el que no quiera asumir sin más el diagnóstico de Ratzinger, para todo el que desee diferenciar la música de la letra en los textos de Benedicto XVI.

Antonio García Santesmases, catedrático de Filosofía Política de la UNED.

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