La difícil decisión de Carod

Por Juan Tapia, periodista (EL PERIÓDICO, 18/11/03):

La política catalana es hoy más compleja que el pasado sábado. El país no ha dejado de ser bipartidista porque nunca lo fue. Lo que sí sucede es que los dos grandes partidos, el PSC –que gana municipales y legislativas– y CiU –que gana las autonómicas– siguen siendo principales pero ya no son dominantes. Es la diferencia que va del 75% de los votos que, entre ambos, reunieron en las elecciones de 1999, al 60% de ahora. ¿Por qué este descenso de los dos grandes partidos? En parte por el desgaste del poder. El PSC controla los principales ayuntamientos desde hace 24 años y ha estado 13 en el Gobierno de Madrid. CiU lleva 23 años en la Generalitat y ha mostrado, además, una tendencia a confundir la proximidad al partido con la cualidad de buen catalán. Es lógico que parte del electorado busque otras formaciones, como ERC o ICV, que parecen más frescas y menos gastadas por el poder.

EN EL CASO del PSC, desde hace bastantes años el gran aspirante, conviene recordar que el sistema electoral ¡provisional! del Estatut de 1980 hace que, por segunda vez consecutiva, sea el primer partido en número de votos pero el segundo en escaños. Es una rareza del sistema electoral con paralelismo en el sistema de medios de comunicación. Y las rarezas explican cosas. Pero el desgaste del poder no es la única explicación del descenso de los dos grandes partidos. La política nacionalista del PP, así como el apoyo total a la intervención de Irak, han favorecido una polarización y radicalización tanto del electorado catalanista como del progresista. Y un sector de estos electorados abandonan a CiU o el PSC en beneficio de ERC o ICV. Al mismo tiempo, los más timoratos se alarman por la subida de tensión y son tentados por el reflejo conservador. Eso explica el pequeño pero significativo aumento del voto del PP que, al igual que el de ERC y CiU, ya se vio en la municipales.

Sean cuales sean las razones, el resultado del domingo es claro. CiU no puede seguir gobernando, como ha hecho desde 1995, con el apoyo externo del PP, porque la suma de convergentes y populares no da ya los 68 escaños que conforman la mayoría. Es más, excepto una hipotética gran coalición CiU-PSC, difícil de imaginar hoy, todo pacto exige el aval de Esquerra y de su líder Carod- Rovira, que tras una campaña brillante y unos resultados espectaculares (salta de 12 a 23 diputados) se enfrenta a una difícil decisión.

Artur Mas, que ha ganado en escaños, pretende formar una “mayoría nacionalista sólida”, que sumaría 69 diputados, pese a que se negó a ello la pasada legislatura. Pasqual Maragall, que ha conseguido los mejores resultados del PSC salvo los del 99, propone reeditar la “mayoría del progreso” que gobierna desde hace años en Barcelona, y que dispondría de 74 diputados.

Carod ha respondido instando un Govern de los partidos democráticos y catalanistas que quieren la reforma del Estatut (todos menos el PP) y que tendría una mayoría abrumadora en el Parlament (120 sobre 135 diputados). Es una propuesta que parte de un dato cierto –la reforma estatutaria debe aprobarse por mayoría de dos tercios en el Parlament–, pero si no se consigue el cuatripartito, ¿qué opción preferirá ERC: la mayoría nacionalista o la de progreso?

MUCHOS analistas creen –Francesc de Carreras lo escribía ayer aquí– que ERC se inclinará por el pacto con CiU. Porque ambas formaciones son nacionalistas y porque puede obtener mucho de una coalición que para conservar el poder necesita a Esquerra. Por el contrario, creo que Carod va a insistir en el cuatripartito y que la opción por el pacto nacionalista –nada descartable– no es segura. Primero por la tradición de los gobiernos municipales de progreso y por el mal sabor de boca que dejó el pacto con CiU de 1980. Segundo, porque el objetivo de los partidos de la oposición era la alternancia en la Generalitat. Y la alternancia tendría hoy más diputados que el pacto nacionalista. Además, una mayoría CiU-ERC se queda lejos de los 90 diputados necesarios para aprobar la reforma del Estatut. Se podría pactar así una reforma de máximos sin la mayoría necesaria.

Pero quizá el dato fundamental es que la reforma del Estatut tiene que ser aprobado luego por el Parlamento español. Y ello exige, como mínimo, el apoyo de uno de los dos grandes partidos españoles. Y mientras el PP no entierre el legado de Aznar, el único partido que puede apoyar un nuevo Estatut es el PSOE. Y para ello el papel de Maragall puede ser decisivo.

Las cosas son como son y no como gustaría que fueran. Carod puede conformar una mayoría nacionalista o una de progreso. Pero luego, para aprobar el nuevo Estatut, esa mayoría necesitará los votos favorables de la izquierda española. Por eso la Esquerra de Macià y de Companys cuidaba –aunque algunos lo ignoran– a Manuel Azaña y a Julián Besteiro durante la Segunda República.

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