La difícil reconciliación bosnia

El 11 de julio se celebró el Día Europeo de la Memoria de las Víctimas del Genocidio de Srebrenica en toda Europa, salvo en Serbia y en la parte serbobosnia de Bosnia-Herzegovina, donde precisamente se encuentra la aldea de la mayor matanza en el Viejo Continente después de la segunda guerra mundial. La excepción fue la manifestación ante el Parlamento de grupos proderechos humanos de Belgrado, que pidieron que el día señalado fuera igualmente en su país una jornada de memoria y reflexión.

También hubo la celebración de los grupos ultranacionalistas serbobosnios que, al día siguiente, se pasearon por las calles de Srebrenica cantando las mismas canciones que, en julio de 1995, cantaban los verdugos mientras ejecutaban a los prisioneros. En la conmemoración en Srebrenica estaban todos los representantes de la política internacional en Bosnia y de la vida política, religiosa y cultural de los croatas y bosnios (musulmanes). Hubo una ausencia llamativa, la del presidente de turno del país, el serbobosnio Nebojsa Radmanovic. «No quiero ir a las manifestaciones que se politizan», dijo el dirigente como excusa. Radmanovic tampoco estuvo en la misa que, cuando en Potocari enterraron a 535 víctimas recientemente identificadas, ofició el obispo ortodoxo solo para las víctimas serbias de la región.

Srebrenica, una vez más, es el indicador del estado en que se encuentra Bosnia 14 años después de la proclamación de la paz. Más que nunca, está claro que la reconciliación no llegará desde dentro, de donde debería llegar. La Constitución derivada del tratado firmado en Dayton (Ohio, EEUU) no la favorece. Pero, al parecer, solo la Administración norteamericana tiene conciencia y voluntad de meterse en la olla. A pesar de que el sudoku balcánico es muy antiguo, para la Casa Blanca no tiene el peso de Irak, Afganistán y Pakistán.

«Washington no está conforme con la situación en los Balcanes; sobre todo, con la actitud de la UE sobre las integraciones euroatlánticas de la región», afirmó Stewart Jon, el funcionario del Departamento de Estado responsable de los asuntos de los Balcanes. Jon censuró así las declaraciones de algunos diplomáticos de Bruselas, que cuestionan la integración de los países de la ex-Yugoslavia en la UE y en la OTAN. Sin esperar a los aliados, esos lentos e indecisos políticos europeos, el Congreso norteamericano aprobó la resolución sobre Bosnia, que da la ayuda técnica y política para la reforma del Estatuto y la integración del país en la Alianza Atlántica y en la UE.

Después, se produjo la visita del vicepresidente norteamericano, Joseph Biden, a Sarajevo, Belgrado y Prístina (capital de Kosovo), que levantó las expectativas e inquietudes sobre las verdaderas intenciones de EEUU y el grado de compromiso para arreglar el patio trasero de Europa. «El mundo ya está cansado de su retórica nacionalista. ¿Cuándo se cansarán ustedes?». Esta pregunta la formuló Biden a todos los líderes políticos de Bosnia. La UE tampoco salió airosa. «La visita de Biden es la señal de que la UE todavía no es el líder en la región», fue la conclusión de la revista norteamericana Foreign policy.

En general, la visita del vicepresidente de Estados Unidos a los Balcanes se podría definir como café para todos, pero con laxante en vez de azúcar. «La pugna por el liderazgo entre EEUU y la Unión Europea es uno de los pocos resultados prometedores», escribió un diario local. Unos días antes, había visitado Bosnia Martin Luther King III, el hijo del mítico predicador y luchador por la libertad. Encontró un país dividido, en el que, en algunas zonas, los niños de las diferentes nacionalidades no van a las mismas escuelas, o, si van, utilizan entradas distintas y salen al patio en horas diferentes. El hijo del predicador dijo que las dificultades son el cultivo de donde salen los grandes hombres, y añadió que Bosnia pronto tendría a su profeta. No dudo de la buena fe de Martin Luther King III, pero, al respecto, recordé que, a principios de los años 90 del siglo pasado, los ciudadanos serbios, croatas y bosnios musulmanes consideraban como profetas a sus líderes Slobodan Milosevic, Franjo Tudjman y Alija Izetbegovic, respectivamente.

En cualquier caso, el hijo de Martin Luther King vio cómo, 40 años después, se cumplió el sueño de su padre con la llegada del primer negro, Barack Obama, a la presidencia de EEUU. Los sueños de los hijos de los profetas balcánicos también podrían cumplirse. Y sin tener que esperar tanto tiempo. Dos de ellos son candidatos a las elecciones presidenciales de sus divididos países.

Volviendo a la conmemoración de Srebrenica, alguien dijo que ya no debería distinguirse entre «nuestras víctimas» y «sus víctimas». Todas merecen ser recordadas por igual. Estoy de acuerdo, pero no creo que, por eso, el Memorial Potocari –monumento erigido en memoria de las víctimas de Srebrenica– deba convertirse en un nuevo Valle de los Caídos.
Y otra opinión muy personal: si el mundo democrático ha movido tierra y cielo contra los golpistas de Honduras, no porque el depuesto presidente Manuel Zelaya sea un tipo que merezca ayuda, sino por defender las reglas democráticas, lo mismo debería hacer en Bosnia para defender el principio de que la fuerza bruta no puede ser rentable. Esa sería la mejor conmemoración de todas las víctimas de la guerra. ¿Utopía? Puede ser.

«Perdí un sueño», diría hoy, resignado, Martin Luther King.

Boban Minic, periodista.