La dignidad de Buero Vallejo

Siempre que me propongo escribir un artículo sobre un personaje cultural español de otro siglo me hago la misma pregunta. ¿En el círculo de nuestros cultos dirigentes periodísticos que, ¡ay!, tienen que sufrir tertulias por la mañana, por la tarde y hasta por la noche, les queda un cuarto de hora para enterarse de que existieron tipos como Antonio Buero Vallejo, que influyeron de manera notable en nuestro teatro del siglo XX? ¡Siglo XX, cambalache, que decía el tango! Yo tuve que degradar a un jefe de sección en Bilbao, donde dirigía un periódico, cuando el veterano jefe de la sección de Cultura incluyó un recital de tango en la sección de Música Clásica, y no se trataba precisamente de Astor Piazzolla. Cuando le pregunté a qué se debía tamaña insensatez, me respondió muy seguro de sí; era de Baracaldo: “Para mí toda música anterior al rock, es clásica”. A lo mejor me equivoqué en la sanción y en la bronca, y se trataba de un adelantado.

Conocí a Buero Vallejo, si así puede decirse, porque desde el sórdido Oviedo de los primeros años sesenta le escribí una carta en la que le pedía consejo sobre el teatro al que yo quería dedicarme, para abandonar aquel erial de los eriales. Tenía 16 años. Entonces sucedían cosas que se asemejaban a los milagros, y es que tres días más tarde, tres, me llegó una carta de Buero Vallejo, amable y respetuosa en la que además de aconsejarme, me advertía de lo que me esperaba si me mantenía en mis intenciones.

En mi torpeza adolescente no detecté que frente a mi letra ratonera, que fue en aumento hasta hacerla hoy cuasi indescifrable incluso para mí, la suya era impecable. Una joya para enmarcar. Yo sabía que Buero Vallejo era el autor de obras que me habían conmovido; leídas por supuesto. Me acuerdo de su Historia de una escalera, nuestro modesto equivalente, incluso cronológico (1949), a Muerte de un viajante de Arthur Miller, sólo que lo nuestro era el Madrid de Chamberí o Lavapiés y Miller hablaba de Nueva York y con otro estilo. El inefable crítico del Arriba de entonces, diario oficial falangista, Gonzalo Torrente Ballester, llegó a escribir que no entendía a aquel Willy Loman, el prota del viajante, que se quejaba de la vida que llevaba ¡y tenía un frigorífico! El artículo es de 1952, lo tituló “La cochambre literaria contemporánea”, y estaba dedicado a André Gide, J.-P. Sartre y Arthur Miller. “Yo soy –escribía el inefable Torrente– un católico cristiano, con una moral robusta”. Y tan robusta, no entremos en detalles.

Pero ¿y la letra de Buero Vallejo? Qué iba a saber yo, paleto ignorante. Buero había salido de la cárcel (de las cárceles) –media docena durante ocho años–, donde estuvo por su militancia comunista. Había caído en las tremendas detenciones de agosto del 39, que relató en Miseria y grandeza del PCE, libro desaparecido que próximamente reeditará Akal. Como lo suyo era la pintura –estuvo tentado en dedicarse a ella–, era un falsificador de documentos oficiales excepcional; que es el oficio más digno y útil de un preso en una cárcel o un campo de concentración fascista. De ahí su letra, que parecía hecha con molde. A él se debe el retrato a carboncillo del poeta Miguel Hernández que todos conocemos y del que nadie cita al autor, con el que compartió celdas y militancia.

Siete años y medio de cárcel, y en aquella época, entre la vida y la muerte –seis meses estuvo esperando el fusilamiento– condicionan mucho aunque ahora nadie lo señale en la biografía de este autor que escribió piezas inolvidables. Nunca llegué a saber el motivo de su inclinación por los ciegos –En la ardiente oscuridad, El concierto de San Ovidio…–. Pero la vida entonces, quizá porque era tan sórdida, daba lugar al milagro. Al fin y a la postre, digámoslo irónicamente, vivíamos en una sociedad nacional católica –Los jueves, milagro (1959), tituló Berlanga una de sus grandes películas–, y así fue que escribió una obrita de teatro, Historia de una escalera, la mandó con su “plica” y anónima, y nadie tenía ni zorra idea de quién carajo podía ser aquel tipo de treinta años, ajeno absolutamente al mundo literario y recién salido del trullo, cosa desconocida por todos. La policía de entonces, como los tertulianos de ahora, tenían otras preocupaciones.

Tras la cárcel, colaboró en una de esas organizaciones de intelectuales antifranquistas que cabían en un taxi, la Unión de Intelectuales Libres, que editaba una revistilla cuyo nombre ya lo dice todo, Demócrito. Por supuesto se fue separando conscientemente del personal político, limitadísimo en la España del interior, y tan numeroso como venenoso en el exterior, donde personajes tan despreciables como el cartelista levantino Josep Renau, al amparo de México primero y de Berlín después, se ensañó con él en un ejercicio que retrataba su categoría de sicario estalinista.

En España tuvo dos enemigos que le asaetearon cuanto pudieron. Uno no demasiado listo, Alfonso Sastre, que había pasado de un falangismo de fe a un comunismo torpe de escritura. La comparación entre Historia de una escalera y Escuadra hacia la muerte ,de Sastre, hoy resulta ridícula, pero entonces fue una pelea digna de aquella España del erial. El enemigo más obsesivo fue el “niñito republicano”, falso y cobarde, Eduardo Haro Tecglen, por el que sentía Buero un desprecio absoluto, por impostor, fascista emboscado, pelota hasta la vergüenza ajena, y años después radical para gente poco informada… A él le dedicó una obra, poco conocida, Diálogo secreto; el retrato de un crítico de arte que oculta su condición de daltónico. Se incorporó al Congreso por la Libertad de la Cultura, como muchos liberales de aquellos tiempos, pero cuando se enteró en 1967 de que trabajan, sin saberlo, para la CIA norteamericana, rompió con ellos de tal modo que su portazo hizo época. Así lo describe alguno de los testigos que hicieron componendas para no separarse del todo de las ventajas que daba el imperio norteamericano –estamos en plena guerra de Vietnam–. Él dijo no. “Es un perjuicio moral, que no admite un hombre con decoro”. Fue el único, repito, fue el único. Todos los demás se quejaron pero siguieron: no voy a citar sus nombres, están en El cura y los mandarines . No merece la pena repetir la vergüenza.

Cuando llegó la Transición quiso hacer una obra definitiva. Una reflexión sobre el intelectual crítico al que no mata sólo su singularidad personal sino una sociedad corrupta. La estrenó en el Bellas Artes de Madrid el 20 de septiembre de 1977. La tituló La detonación, que no era otra cosa que el disparo suicida de Mariano José de Larra. ¿Habrá que explicar quién fue Larra en un país como Catalunya, donde se considera a Balmes, un arribista preocupado por su patrimonio, el mejor periodista del siglo XIX? Aún recuerdo al gran Fabián Estapé, que le dedicó una tesis a sus negocios, explicándome la astucia financiera de Jaime Balmes.

La obra de Buero no fue un éxito, todo lo contrario. Estábamos nimbados por la Transición y España había arrumbado a los agrios, como Larra, al lugar lúgubre de donde no debían haber salido. Sólo Ricard Salvat, otro gran olvidado, dijo que La detonación era la obra más importante que se había escrito para el teatro desde la muerte de Franco. Pero Salvat se había convertido en Catalunya en un símil de Buero Vallejo en España. Correspondían a un pasado que se quería olvidar y si era posible enterrar.

Su último gesto, que dejó perplejos a los ilustres intelectuales reunidos en la bodeguilla de Felipe González en la Moncloa, fue decir “no” en el referéndum sobre la OTAN. ¿Entienden ahora por qué las instituciones han declarado carecer de fondos para un homenaje teatral a Antonio Buero Vallejo en su centenario? Unos por ignorancia, otros por resentimiento.

Gregorio Morán

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