La dignidad del oficio de escritor

Ha muerto Salinger y no creo que haya mejor ocasión para hablar del oficio más tramposo del mundo. Es verdad que la competencia entre gremios ha puesto muy alto el listón de la mentira. Ya nada es lo que era, dicho sea sin pizca de nostalgia, porque lo cierto es que de siempre no fue lo mismo hablar de los oficios desde dentro que desde fuera. La verdad sólo se alcanza cuando uno vive en ellos, y por más que esa verdad sea tan relativa como la experiencia, incluso la cercanía, la condición de llegar a ella, tiene como complemento obligado la sumisión al silencio. Es costumbre inveterada entre bomberos no pisarse la manguera. Pero como acaba de fallecer uno de esos raros especímenes que dio vida a una obviedad, la de que la literatura es algo diferente a la prostitución de élite, al comercio, a la música pop, al festival de Eurovisión, al premio Planeta, a la Real Academia, al Departament de Cultura de la Generalitat, al letrado Falcones, a la feria de Frankfurt, e incluso a Carmen Balcells, por todo eso creo que merece la pena echar un cuarto a espadas sobre la figura de ese dignísimo antepasado que se llamó Jerome David Salinger.

Detrás de la floresta de las necrológicas parece que más que del autor norteamericano estamos haciéndonos autorretratos emboscados. Hay quien, agudo siempre, ha descubierto tras Salinger la tortuosa ambición de un hombre gozoso de la arrebatadora fama de no dejarse ver.

Autorretratos. Hay tanto majadero presuntuoso en este oficio de egocéntricos que en cuanto nos descuidamos se nos corre el rímel y se nos exagera la mueca.

J. D. Salinger, ahora lo sabemos con rotundidad, fue un escritor que harto de la estupidez de los promotores editoriales, los críticos, los lectores góndola – merecerían un texto descriptivo-,los medios de comunicación, los amigos literatos, los enemigos literatos, y así sucesivamente, un buen día, un magnífico día, decidió que estaba harto de estar harto, y que quería seguir siendo sólo un escritor al que la gente conoce por sus obras y punto.

Lo más patético y divertido de la historia de Salinger es que no está permitido triunfar y quedarse quieto. Hay que hacer algo, entre otras cosas ayudar a que viva la fauna y la flora que rodea al mundo editorial. Porque el mundo editorial, incluso la literatura, es una selva nada virgen donde hay de todo tipo de especies, desde depredadores hasta garrapatas. Cuando Salinger empezó a escribir – había nacido en 1919-,nadie hubiera preguntado a un chaval recién salido de la universidad: mozo, ¿usted quiere ser escritor o quiere ser famoso? Entonces las cosas tenían límites, y era absolutamente infrecuente que el camarero del café te jodiera el desayuno explicándote por qué Pérez Reverte es lo mejor de la literatura española y Paulo Coelho del mundo entero. A ningún camarero se le hubiera ocurrido decirle a Baroja qué opinaba sobre la trilogía de la Lucha por la vida,o a Galdós que su Fortunata resulta demasiado larga. Sencillamente, por educación, porque se lee entre otras cosas para eso. ¿Que la cultura tiende al elitismo? Por supuesto, ¿acaso no sabe usted el esfuerzo que exige?

Cuentan que a Salinger se le rompió el tarro de la paciencia – la paciencia de un escritor puede medirse en la cantidad de veces que ha respondido sin inmutarse a la pregunta sobre si sus historias son autobiográficas o no-el día que vio la portada de sus Nueve cuentos.Ya había tenido sus más y sus menos sobre si deberían llevar foto las ediciones de sus libros anteriores, pero transigió; un novel tiene que transigir en todo para dejar de serlo, es un principio de la termodinámica editorial. Digámoslo con lenguaje contemporáneo, Salinger fue reacio a la promoción comercial de sus libros; al principio un poco, luego absolutamente. Los listos del lugar – la mentalidad de gondoleros de la cultura no tiene nada que ver con Venecia, es española-detectaron que ahí estaba una astuta maniobra comercial de altos vuelos. El sueño de los hipócritas, la gloria de los que la rechazan. Cuando Hollywood le pidió los derechos de su novela y los mandó a la mierda, creyeron que subía la apuesta. Cuando Spielberg, el midas del celuloide, dijo que la quería para él, ni siquiera respondió.

Hay gente que admira a los escritores por la fama; algo tan legítimo como preferir a las niñas, o a los adolescentes, cuestión de querencias. Sólo que eso no tiene nada que ver con la literatura; eso es vida social y resulta muy importante para vivir, incluso para triunfar, también para la salud, para superar depresiones y complejos, pero nada más. Salinger se instaló en Cornish (Vermont) hacia 1953, y se dedicó a vivir, viajar, escribir, jugar al golf, buscar setas, cartearse con quien le petara y no permitir que nadie se inmiscuyera en su vida. Imperdonable. Algo tan excéntrico como una patología. Se pagaron fortunas por descubrirla; incluso una hija suya lo explicó por un buen puñado de dólares; el viejo estaba grillado, bebía sus orines, era adicto alternativamente al zen y a la cienciología, tenía inclinaciones sadomasoquistas…

¡Ah, bueno, en ese caso, le echamos a los fotógrafos! Su foto en posición de energúmeno tratando de rechazar a un inoportuno dio la vuelta al mundo y se convirtió en icono. J. D. Salinger estaba zumbado. Eso lo explicaba todo. Empezando por su obra.

A Salinger debemos uno de esos libros capitales de la literatura del siglo XX. Nosotros lo conocemos por un estrambótico título, El guardián entre el centeno,y la verdad es que verter al castellano ese texto debe de ser tarea temeraria, desde el propio título, donde en apenas dos palabras – guardián y centeno-se está refiriendo a cosas tan ajenas a nuestro mundo como el catcher – figura clave del béisbol-y el centeno de los versos borrachos y pasionales de un poeta escocés de finales del XVIII, Robert Burns. Y eso para contar las singularidades de un adolescente al que expulsan del colegio, renuente a volver a la casa de sus padres por Navidad. Apareció en 1951 y se convirtió en una leyenda literaria para varias generaciones. A la nuestra, en España, llegó tarde, como casi todo, en una traducción argentina con el no menos singular título de El cazador oculto (es otra de las curiosidades de esta joyita literaria, que cada cual le pone el título metafórico que le parece; en Francia la conocen por El atrapacorazones),y su influencia literaria fue escasa hasta fechas recientes; hoy tenemos sobreabundancia de prosas estilo Salinger. En los años cincuenta, y en España, habría que esperar a El Jarama de Ferlosio, en 1956, para encontrar una pretensión similar. No me imagino yo a un chaval leyendo El Jaramamásque como pena del Tutelar de Menores.

Hoy, tras su muerte, sabemos que llevaba una vida absolutamente normal e integrada con los vecinos de su pueblo, con una complicidad en la discreción que ya quisieran las sociedades cosmopolitas que padecemos. Atendía a almuerzos semanales con sus vecinos y era adicto al cine doméstico. Había dado su vida pública como escritor por concluida, y fuera del reducido de íntimos discretos, nadie sabía qué pensaba, qué escribía y cómo pasaba sus días. Sentía al parecer un desprecio, nada olímpico sino absoluto y radical, hacia “los charlatanes y patanes que venden libros, pero no son escritores”.

Hay que estar muy idiotizado por la influencia de los medios y de los prestigios adquiridos para pensar que la normalidad cotidiana de Salinger no era más que una prueba de su perversidad. Que se trataba de excentricidad lo que no era otra cosa que el exacerbado orgullo por una obra que, por más que fuera escasa – una novela y poco más de una docena de narraciones, la última aparecida en 1965-,no necesitaba de otra cosa que de lectores. ¿Tan extraño nos resulta que un tipo renuncie a la gloria de una entrevista en televisión diciendo banalidades ante un millón de espectadores?

En una de las narraciones más conmovedoramente brutales de Salinger – Levantad, carpinteros, la viga del tejado-,hay una frase sencilla y sentida que viene al caso: “Qué terrible es cuando uno dice ´te quiero´ y en la otra parte la persona grita ´¿Qué?´”. Es la mejor imagen de la dignidad del oficio frente a lo que él llamó “la seguridad de mantenerse junto al rebaño”.

Gregorio Morán