La dimisión del Papa

Por Ramón Teja, catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Cantabria y presidente de la Sociedad Española de Ciencias de las Religiones (EL PAIS, 27/02/05):

¿Debe presentar su dimisión por su estado de salud el Papa Juan Pablo II? La primera reflexión que me viene a la mente es que el tema no se hubiera planteado seguramente antes del actual pontificado. Todos los Papas de los últimos siglos han muerto ejerciendo su función, al igual que sucedía con casi todos los obispos de la Iglesia católica, al margen de cuáles fuesen sus condiciones físicas o mentales. Pero la situación cambió a partir del Concilio Vaticano II, primero con un decreto conciliar de Pablo VI en 1961 y después con la reforma del Código de Derecho Canónico de 1983, hoy vigente y aprobado por el propio Juan Pablo II, que en su canon 401 insta terminantemente a que los obispos diocesanos presenten su renuncia al Papa al cumplir los setenta y cinco años o en caso de enfermedad grave. El Papa quedó exento de esta normativa y su posible dimisión ha quedado fijada en el canon 332, donde se deja en manos de su exclusiva y personal decisión. Esto es la consecuencia de que el Vaticano II, a pesar de muchas demandas de obispos y teólogos, no se atrevió a tocar la figura autocrática del jefe de la Iglesia: un icono viviente de los emperadores romanos de los que heredó títulos como Pontifex Maximus y hasta símbolos de poder como la sotana blanca o la capa roja. Con todo, desde el punto de vista histórico y teológico, el Papa es, antes que nada, obispo de Roma. Pero ya en el siglo V comenzó a atribuirse una autoridad sobre los demás obispos: una cura et sollicitudo universalis ecclesiae (“cuidado y atención sobre la Iglesia Universal”) en expresión de León Magno (440-461), el primer obispo de Roma que merece ser denominado Papa y que actuó como tal. Desde entonces, con diversos altibajos históricos, su autoridad y el culto a su persona se fue reafirmando progresivamente hasta terminar siendo investido con un poder absoluto sobre toda la Iglesia tal como lo define el actual Código de Derecho Canónico.

Desde un punto de vista puramente lógico y racional, si los obispos, que también fueron definidos por el Vaticano II como “vicarios de Cristo” en su iglesia, deben presentar su dimisión en determinadas circunstancias, con mayor motivo debería aplicarse al Papa, pues sus responsabilidades y obligaciones son muy superiores. Pero la exención papal se explica por razones sociológicas e históricas. Su figura está rodeada de una tal aureola de sacralidad y provoca tantos sentimientos y emociones en millones de creyentes católicos que resulta difícil imaginarse hoy la figura de un Papa “emérito”. Además, la historia y la tradición han ejercido siempre un peso enorme en la vida de la Iglesia. Es cierto que, a lo largo de los casi dos mil años de su convulsionada historia, ha habido casos de Papas depuestos y después repuestos, obligados a dimitir o que lo han hecho por propia decisión. Pero en los casi seiscientos años transcurridos desde el final del llamado “Cisma de Occidente”, que conoció la coexistencia de dos y hasta tres Papas, esto no ha sucedido. Aunque la coexistencia de dos Pontífices legítimos vivos sea algo impensable y sin precedentes cercanos, en la Curia Romana parece que comienza a abrirse paso otra alternativa: la formación, por delegación del Papa, de una especie de gobierno provisional de la Iglesia formado por su secretario personal y hombre de toda confianza, el polaco Dziwisz, y un restringido grupo de cardenales (Ratzinger, Sodano, Ruini, Martínez Somalo…). ¿O acaso es que este gobierno no funciona ya como muchos vaticanistas sugieren? Ello recuerda muy de cerca las “camarillas” tan frecuentes en las cortes reales del antiguo régimen.

Si existe alguna diplomacia en el mundo que mejor sepa utilizar el lenguaje críptico es la del Vaticano. Ello explica, a mi modo de ver, la insistencia en asegurar que, a pesar de las condiciones físicas del Papa, la Iglesia está perfectamente gobernada, lo que no es óbice para declaraciones recientes como las de Ratzinger de que “si el Papa ya no pudiese gobernar, seguramente dimitiría”. O la sorprendente cita de San Juan Crisóstomo por el cardenal Sodano: “En la Iglesia, a diferencia de la sociedad política, la vejez es muy útil. La sabiduría del anciano es un don para la Iglesia”.

Muchas y bellas cosas se han escrito en la antigüedad sobre la vejez. Pero se me ocurren dos reflexiones. La primera es que la vejez en que pensaban Cicerón en su famoso tratado sobre el tema, San Juan Crisóstomo y tantos otros es aquella que comenzaba a los cincuenta años, no la que pueden proporcionar hoy los avances de la medicina. La segunda es que, si ello es así, ¿por qué se obliga a presentar su dimisión a los setenta y cinco años a los obispos e incluso a los cardenales de la Curia Romana? Son muchos, católicos o no, los que sienten conmiseración y pena ante el espectáculo de este anciano extenuado, sufriendo un calvario que la opinión pública mundial sigue con atención, respeto y hasta con afecto. A mí me parece inhumano ver cómo se le trae, se le lleva y se le exhibe en medio de una fase casi terminal de Parkinson y sin apenas poder respirar, hablar o firmar con su propia mano. Ésta es la situación a la que se ve abocada la Iglesia por no haber modernizado las estructuras vaticanas manteniendo la figura autocrática del papado, por muy carismático que sea el Papa Wojtyla.

Son muchos dentro de la Iglesia los que se lamentan de la grave situación en que ésta se encuentra y reclaman, como el teólogo Hans Küng, que “el Papa debe dimitir por las exigencias y necesidades de la Iglesia”. Coincido con ellos mucho más que con aquellos que consideran esto un ataque a la institución o que, como el periodista papal, Vittorio Messori, defienden que “el bien de la Iglesia pasa hoy por el calvario de un Vicario que lleva cada día la cruz que Jesús transportó hasta la cima del Gólgota”.

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