La diplomacia de los ciegos

¿Por qué las revoluciones tan a menudo toman por sorpresa a los diplomáticos profesionales? ¿Hay algo en su ADN que les haga preferir el statu quo tanto que, las más de las veces, los cambios veloces los encuentran desprevenidos y sin saber cómo responder una vez que comienzan?

Lo que está ocurriendo hoy en el mundo árabe es una revolución que puede llegar a ser para Oriente Próximo el equivalente de lo que la Revolución Francesa fue para Europa en 1789: un cambio profundo y radical que altera por completo la situación hasta entonces dominante. No se puede decir cuántas Bastillas acabarán por caer en la región, ni a qué ritmo. La única analogía reciente es el colapso del bloque soviético, seguido por la desaparición de la Unión Soviética misma, entre 1989 y 1991.

¿Quién previó esta transformación repentina y rápida? Cuando la República Democrática Alemana estaba a punto de desaparecer, algunos altos diplomáticos franceses en Alemania seguían asegurando a su gobierno en París que la Unión Soviética nunca aceptaría la reunificación alemana, así que no había nada de qué preocuparse: la vida seguiría casi como de costumbre. El espectro de una Alemania unida no sería realidad muy pronto.

Vimos el mismo instinto conservador en acción con las primeras reacciones a los acontecimientos en Túnez, y luego en Egipto. “El presidente Ben Ali tiene el control de la situación”, dijeron algunos. O “El presidente Mubarak cuenta con toda nuestra confianza.”

Los Estados Unidos se las arreglaron para manejar bien la situación, aunque muy lentamente, mientras que muchos países europeos erraron al apoyar el statu quo por mucho más tiempo, si bien no de forma sistemática, a medida que se negaban a ver que la región podía estar evolucionando en una dirección contraria a lo que ellos consideraban como beneficiosa para sus intereses estratégicos. La proximidad histórica y geográfica, junto con la dependencia energética y el temor a la inmigración masiva, paralizó a los diplomáticos europeos.

Pero hay algo más fundamentales tras la natural desconfianza subyacente en los diplomáticos. Muy a menudo interpretan correctamente una situación determinada: los cables diplomático de EE.UU. revelados por Wikileaks, por ejemplo, incluyen una serie de análisis magistrales y agudos. Pero es como si, debido a un exceso de prudencia, no pudieran llevar sus propios argumentos a sus conclusiones lógicas.

Los quiebres revolucionarios alteran los hábitos de los diplomáticos, tanto en términos de sus contactos personales como, y esto es lo más importante, en cuanto a sus esquemas de pensamiento. Internarse de pronto en lo desconocido puede ser estimulante, pero también profundamente alarmante. En nombre de “realismo”, los diplomáticos y estrategas de política exterior son por naturaleza conservadores.

De hecho, no es casualidad que la obra maestra de Henry Kissinger, Un mundo restaurado, se dedique al estudio de la reconstrucción del orden mundial por el Congreso de Viena después de la ruptura de la Revolución Francesa y las subsiguientes aventuras napoleónicas. Es más difícil de predecir y adaptarse a la llegada de un cambio fundamental que defender el orden actual, bajo el lema de que “un demonio conocido es siempre preferible al uno por conocer.”

Pero, más allá de estos hábitos mentales, hay razones más estructurales para el conservadurismo de los diplomáticos y encargados de definir las políticas de asuntos exteriores. Al hacer hincapié en las relaciones entre los estados y los gobiernos por sobre los contactos con la oposición o la sociedad civil (cuando existe de manera identificable), la diplomacia tradicional se ha creado un obstáculo difícil de superar.

Al obligar a sus diplomáticos a limitar sus contactos con fuentes de información “alternativas” en un país, a fin de evitar enemistarse con los regímenes despóticos, irremediablemente los gobiernos limitan la capacidad de los diplomáticos para ver los cambios en ciernes, incluso cuando están tan cerca que ya nada se puede hacer.

Cuando los regímenes pierden legitimidad a los ojos de sus ciudadanos, no es razonable derivar la información principalmente de los funcionarios y panegiristas oficiales. En tales casos, con demasiada frecuencia los diplomáticos se limitan a informar de los análisis tranquilizadores pero sesgados del régimen.

En lugar de ello, los diplomáticos se deben juzgar por su capacidad para entablar un diálogo con todos los actores sociales: representantes del gobierno y líderes de negocios, por supuesto, pero también representantes de la sociedad civil (incluso si sólo existe en forma embrionaria). Con la formación e incentivos adecuados, los diplomáticos estarían mejor preparados para anticiparse a los cambios.

Por supuesto, no todas las cancillerías occidentales son iguales; algunas comprenden la necesidad de fomentar las relaciones con personas ajenas al gobierno, si es que no opositoras al mismo. Pero está claro que mientras más tradicional tienda a ser un ministerio de asuntos exteriores, más difícil le resultará (y a sus diplomáticos) entender el cambio.

De más está decir que la capacidad de comprender el cambio se ha vuelto indispensable en un momento en que el mundo está experimentando transformaciones geopolíticas de gran magnitud. El nuevo Oriente Próximo que está surgiendo ante nosotros es, probablemente, tanto “post-occidental”, dado el ascenso de nuevas potencias, y “post-islamista”, ya que la revuelta es liderada por jóvenes hábiles en el uso de la tecnología y sin vínculo alguno con el Islam político.

Por no percibir a tiempo un cambio cuyo arribo no desean, los diplomáticos occidentales corren el riesgo de perder en ambos niveles: el régimen y el pueblo. Los diplomáticos requieren apertura e imaginación para llevar a cabo sus responsabilidades. No deberían renunciar a estas cualidades cuando más se necesitan.

Por Dominique Moisi, autor de Geopolítica de la emoción.

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