La distancia entre el poder y la dignidad

Las calles de nuestros pueblos y ciudades se han llenado de stops.No son de metal blanco, rojo y negro, sino que pueden ser verdes o amarillos, pintados en camisetas o en pedazos de cartón. Y no paran el tráfico, sino que paran desahucios, paran las subidas en las tarifas del transporte, paran recortes en los servicios públicos… Se plantan ante la destrucción de las condiciones básicas de nuestra vida en común.

Lo que se expresa en estos stops no es solo una protesta ni mucho menos una defensa de lo que ya existe. Lo que en ellos se expresa es la fuerza de las nuevas formas de politización. Hay quien dice que nuestro imaginario político, el que en nuestras sociedades es heredero de los proyectos fracasados de la modernidad, se ha quedado sin proyectos de futuro y sin horizonte emancipatorio. Quizá. Pero lo que estos stops expresan es que para levantarse no hace falta un horizonte y que para organizarse no es preciso contar con una promesa de futuro. Lo que hace falta, lo único que hace falta, es tomar una posición en torno a un límite: esta casa no se vacía, este servicio no se privatiza, esta valla no corta ni detiene nuestra vida, etcétera. El horizonte emancipatorio no espera ya la llegada del futuro: es el límite en torno al cual decidimos establecer los umbrales de nuestra dignidad colectiva.

Hannah Arendt, en su conocido libro de 1951 El origen del totalitarismo, partía de la idea de que totalitario es aquel régimen de poder que se basa en la creencia fundamental de que “todo es posible”. Frente a su omnipotencia, que se cierne sobre el conjunto de la humanidad como un solo cuerpo, solo cabe hundirse en la impotencia o cobijarse en la ficción anestesiante de la normalidad. Nada más cerca de esta descripción del totalitarismo que el actual sistema de dominación neoliberal y las instituciones formalmente democráticas que lo legitiman políticamente. Al igual que el totalitarismo, el neoliberalismo globalizado se basa en la presunción central de que “todo es posible”. Y, frente a él, cualquier resistencia se hunde en la impotencia o se cobija en la coartada de la normalidad. ¿Cómo vamos a indignarnos, a plantarnos o a querer cambiar las cosas si competir, explotar, extraer rendimiento y buscar el mayor beneficio es lo obvio y normal?

Lo que pasa es que no todo es posible. No todo es posible, ni siquiera cuando se tiene el poder de hacerlo todo. Esto es lo que expresan los stops de las nuevas formas de politización: la distancia entre la capacidad y la legitimidad, entre el poder y la dignidad, entre la acción y sus consecuencias éticas, políticas y materiales. Tanto en el antiguo régimen como en el interior del Estado moderno, el poder imponía los límites de lo posible y dejaba fuera todo lo que quedaba condenado a la herejía o a la imposibilidad. Frente a ello, el pensamiento y las prácticas revolucionarias abrían y ampliaban el campo de los posibles. Hoy parece que la relación entre el poder y lo posible se ha invertido: en el capitalismo global, es el poder el que ha perdido toda noción del límite, cuando sigue rigiéndose por el crecimiento ilimitado en un planeta finito y dañado y convierte cualquier elemento material, cualquier existencia humana y cualquier relación social o cultural en un recurso de su explotación. Frente a ello, las nuevas potencias de emancipación, de transformación y de cuidado de la vida colectiva pasan por aprender el límite. No deja de ser paradójico: la revolución como aprendizaje de la finitud.

Somos finitos. Somos vulnerables. Y somos —por ahora— 7.000 millones de seres hambrientos, cargados de deseos y de necesidades, que aspiramos y merecemos una vida igualmente digna. Stop significa sabotear la coartada de la normalidad bajo la que se tolera la destrucción de la vida, individual y colectiva. Stop significa interrumpir el sentido común que nos dice que no hay otra salida que seguir adelante esta carrera sin fin. Stop significa la rebelión en cada contexto y en cada lugar donde la dignidad de una sola persona es pisoteada. Por eso stop es también detenerse para abrir otra temporalidad. Es una temporalidad que no depende de una idea de futuro, pero que tampoco acepta el chantaje de un presente acelerado donde toda decisión autónoma llega tarde. Decía el 15-M, “vamos lentos porque vamos lejos”. Para ir lejos es imprescindible poder parar, darnos el tiempo y el espacio para aprender, para hablarnos, para cuidarnos y para pensar, para crear y para luchar.

En el tráfico acelerado de una ciudad, cada señal de stop es una molestia, un motivo de impaciencia, provoca frenazos y, a veces, accidentes. Hay algo violento en cada stop. Parar nos obliga a violentarnos, a los otros y a nosotros mismos. Quizá por eso seguimos corriendo tanto, en esta enloquecida fuga hacia adelante. Hoy leía en un periódico que ha vuelto a aumentar el “consumo de cemento en España”. ¿Es que ni siquiera eso lo vamos a parar?

Marina Garcés es filósofa.

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