La distancia que nos separa

He viajado al hemisferio sur para volver a estar con la familia, la inevitable, conmovedora y tantas veces imposible familia, y para visitar de nuevo las costas del valle central chileno. Al viajar al mar he puesto en maletín separado, sin mezclarlos con otros enseres, mis libros del verano. Los escojo con libertad, con intuiciones no del todo calculadas, y no me gusta que se contaminen con calcetines rotos, calzoncillos, camisas viejas. Por otra parte, nunca he sido demasiado aficionado a la playa; he preferido siempre la sombra, la distancia, el silencio, tanto para leer, como para divagar, contemplar el mundo, escribir. Subo pues a mi torre empinada, singular, que se abre frente al poderoso Mar Bravo del pueblo de Zapallar, y me distraen los surtidores de agua que lanzan a la distancia, en pleno mar océano, tres ballenas. A pesar de que vengo a este lugar desde mi remota adolescencia, nunca había visto ballenas en el horizonte del Océano mal llamado Pacífico. Pero parece que Herman Melville, el autor de Moby Dick, encontró ballenas cuando bajó hasta estos mares, a la cuadra del puerto de Valparaíso, y es probable que otros navegantes de la literatura universal hayan tenido experiencias parecidas: Joseph Conrad, que escribió una novela breve de ambiente chileno, Gaspar Ruiz, Pierre Loti, que partió de estas costas hasta llegar a la Polinesia Francesa, quizá nuestro Salvador Reyes. Nadie se acordará de Salvador Reyes, me digo, en un país de libros escasos y de críticos mareados por teorías, pero el que lea los diarios de Ernst Jünger en los días de la ocupación de París encontrará referencias personales curiosas.

Comienzo mi ciclo de lecturas en mi torre aislada, baudelairiana, ramoniana, con la novela de un joven peruano, La distancia que nos separa, de Renato Cisneros. El libro tuvo un notable éxito de lectura en el Perú y ahora se presenta en la Casa de América de Madrid. El autor ha tenido la ocurrencia amistosa de pedirme que lo presente, y lo haré después de una atenta relectura, con lentitud, con reflexión, con notas que podrían formar un nuevo texto. Hacer cosas a medias, sin trabajar en el asunto a fondo, me parece hoy una pérdida de tiempo. Por ese motivo, no puedo presentar casi nada. Con la obra de Cisneros, ya tengo copada la cuota del año. Renato Cisneros es hijo del Gaucho Cisneros, general de ejército, personaje político y militar conocido, admirado y odiado, de la historia del Perú reciente. Cuando fui consejero de la embajada chilena en Lima en los años setenta, en tiempos en que gobernaba en forma autoritaria, dictatorial, el general Velasco Alvarado, el general de división Luis Federico Cisneros Vizquerra era conocido por una minoría, pero todavía no adquiría la notoriedad pública discutida, combatida, temible, de los años en que fue ministro del Interior y cabeza de la lucha contra la guerrilla de Sendero Luminoso.

La novela de Cisneros hijo es una indagación, una búsqueda apasionada, extrema, dolorosa, en algún sentido freudiana, de la figura del padre, un relato de formación y de conocimiento del Perú, de América Latina, del propio novelista. Tiene aspectos divertidos, emotivos, sorprendentes, pero debajo de la superficie hay una situación de guerra implacable, de división tajante de la sociedad, de suspensión del estado de derecho. Hay páginas difíciles de soportar, que no dan respiro en ninguna línea. Mario Vargas Llosa dijo que era un libro impresionante, de talento y de gran coraje. Yo creo que el coraje del libro es el de toda novela que entra en la verdad real, descarnada, de una historia en apariencia menor, una historia privada, pero que se muestra en toda su crudeza. ¿Cómo se asume, y cómo se asume en un texto literario, la figura de un padre represor, que escapa en una etapa de su acción de toda forma de legalidad, que durante una guerra interna no declarada adopta, precisamente, una lógica de guerra, de guerra a muerte? Escribir el libro exigía coraje, desde luego, pero exigía también, como dijo otro notable novelista del Perú, Alonso Cueto, una mezcla de coraje y sabiduría. Sin contención, sin un manejo sabio de la gradualidad, el libro no habría podido escribirse. Además, habría sido demasiado difícil leerlo. Agrego a los ingredientes anteriores un elemento humano esencial. La escritura también exigió un evidente, desconcertante, desconcertado, casi desollado, amor del hijo por el padre. El Gaucho no sólo era un duro; también era un hombre de chispa, de aficiones literarias, de humor, de amigos y amigotes, de conversaciones y copas hasta el amanecer: un seductor criollo en toda la línea. ¿Creen ustedes que la corrección moral y política impide construir un personaje de esta clase, con estos matices, con estas sombras? Nos encontramos con un nudo histórico importante, con un cadáver encerrado en un armario. Me falta poco para terminar la lectura, que es difícil de soltar, y después, para respirar mejor, pasaré a uno de los clásicos de la novela negra moderna, El largo adiós, de Raymond Chandler, que en mi ejemplar lleva un epílogo de Ricardo Piglia.

Sé que la novela de Chandler me provocará un placer literario seguro. ¿Y qué dirá Piglia, que muere en el momento en que emprendo estas lecturas, en un epílogo sobre Chandler? Chandler es otra cosa, pero tiene algo que ver, en su extravagancia, en sus devaneos californianos, con estas ballenas que se pasean, que juegan, que lanzan surtidores de espuma, evocadas por la obra de su coterráneo Melville. Después de nuestras guerras civiles larvadas de América del Sur, diferentes, por eso, de la guerra de España, y parecidas justamente por eso, me pregunto si no hemos entrado en una etapa de verdades íntimas y duras, de secretos mal guardados, de terribles historias de familias. Es un período de situaciones postergadas, de indagaciones peligrosas, de revelaciones difíciles. Ha sido, en buena medida, la historia del siglo veinte, en Rusia, en Alemania, en España y América, en casi todas partes. La novela actual llega con esos temas, sin pedirle permiso a nadie, mientras derridianos y bolañistas, víctimas de la gris teoría, continúan en su burbuja.

Jorge Edwards, escritor.

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