La doble guerra de Irak

Por Juanjo Sánchez Arreseigor, historiador y especialista en el mundo árabe (EL CORREO DIGITAL, 10/06/06):

La muerte del jordano Al-Zarqawi, líder de Al-Qaida en Irak, ha sido celebrada por kurdos y chiíes, sin que los suníes parezcan haberla lamentado mucho. Esto se debe a que en Irak no hay una guerra sino dos a la vez. Ambas se solapaban parcialmente y en ocasiones sus objetivos pueden coincidir, pero son muy diferentes.

La primera de éstas es la insurgencia suní, que pretendía convertirse en una guerra nacional iraquí por la independencia frente a los norteamericanos y sus aliados. Sin embargo, los kurdos y los chiíes escogieron otro camino. Todo esto simplificando bastante, obviamente, pues muchos suníes no colaboran en lo más mínimo con la insurgencia mientras que bastantes chiíes y algún que otro kurdo sí que lo hacen. El objetivo de esta lucha se reduce a expulsar a los norteamericanos de Irak, quedando pendiente la forma del Estado y la integración nacional entre las diversas comunidades.

La segunda guerra es la ofensiva terrorista de Al-Qaida, mera escaramuza local dentro del intento global de empujar al Islam a una yihad global contra el malvado Occidente y otros ‘infieles’. En esta guerra Irak tiene poca importancia por sí mismo. Es tan sólo una de las zonas de operaciones: Irak ha de ser parte del califato islámico universal y si la población local no esta de acuerdo, que se aguanten. Esto es especialmente cierto para los ‘herejes’ chiíes, que ya saben lo que les espera.

De aquí surge el germen amenazante de una potencial tercera guerra iraquí: la guerra confesional entre chiíes y suníes. Es evidente que a los insurgentes suníes les debe de haber disgustado mucho no encontrar apoyo entre sus compatriotas chiíes, pero han conservado el suficiente sentido común para abstenerse de hostilidades contra la comunidad que es al fin y al cabo la mayoritaria, para centrar sus esfuerzos bélicos contra el enemigo exterior. Más o menos lo mismo con respecto a los kurdos. Los atentados indiscriminados contra ambas comunidades los ha cometido Al-Qaida.

Esta drástica y sangrienta divergencia demuestra la incompatibilidad de fondo entre Al-Qaida y la insurgencia iraquí. Hay un enemigo común, Estados Unidos, pero los objetivos finales son muy diferentes. Los insurgentes iraquíes tienen un punto de vista laico y nacional. Los chiíes y los kurdos son contemplados como compatriotas que, independientemente de la coyuntura actual, formarán parte del futuro Estado iraquí, liberado de la ocupación norteamericana. Cuestión aparte será ver si este proyecto se plantea con una base realmente nacional integrando a los chiíes y kurdos como iguales, o se intenta restaurar la anterior hegemonía confesional de los suníes.

En cambio Al-Qaida es una facción religiosa radical y piensa a escala global. Aunque dispongan de numerosos reclutas locales, la organización es extranjera en Irak, pues sus principales líderes, los fondos y la estrategia vienen de fuera. En este contexto, los intereses específicos de los iraquíes pueden ser sacrificados por la causa, de manera que se comenten atentados bestiales, aunque mueran muchos inocentes, y se intenta deliberadamente desencadenar la guerra confesional, en un esquema típico de ‘cuanto peor, mejor’. El odio sectario y la beligerancia contra los chiíes, insensatos en la actual coyuntura estratégica, constituyen fenómenos poco frecuentes en el Islam. La idea de una guerra religiosa contra los chiíes, a la manera de las guerras entre protestantes y católicos que devastaron Europa en el siglo XVI, es algo específico de Al-Qaida.

La muerte de Al-Zarqawi, pese a su repercusión mediática, es posible que tenga muy pocas consecuencias prácticas. Al-Qaida enviará a alguien para reemplazarle, con dinero y armas para proseguir la lucha. No se puede descartar que su sucesor lleve adelante una estrategia más moderada y por lo tanto más eficaz. En enero de este año, declaraciones publicas de importantes líderes de Al-Qaida criticaban el terrorismo indiscriminado de Al-Zarqawi y le exigían que cambiase sus métodos, lo que en apariencia tuvo su efecto pues desde entonces cesaron las decapitaciones de rehenes y otras salvajadas. Sin embargo el sectarismo antichií es un elemento básico en el integrismo suní de Al-Qaida. Por lo tanto, los chiíes nunca apoyarán una insurgencia en la que Al-Qaida tenga influencia, y sin el apoyo de la mayoría chií, la insurgencia no puede ganar. Por otra parte, Al-Qaida seguirá siendo un movimiento islámico global, donde Irak es tan sólo un frente entre muchos. Pero la población iraquí, agobiada por múltiples problemas, siente escasos deseos de apoyar a un movimiento extranjero que sitúa sus intereses y necesidades en un lugar muy secundario.

Las guerras rara vez salen como uno las espera. El presidente Bush esperaba una guerra rápida y triunfal, pero se ha encontrado empantanado en un largo conflicto de desgaste donde para mantener lo conquistado las tropas norteamericanas han de permanecer allí por tiempo indefinido, virtuales prisioneros de su propia conquista. Como ya hemos visto, Al-Qaida y los insurgentes suníes también se han visto atrapados en conflictos muy diferentes a los que esperaban y deseaban. Durante unos días el Gobierno de Bush podrá jactarse del éxito y hablar de victoria, pero la realidad se impondrá pronto. Las guerras son como los incendios. Es fácil iniciarlos pero muy difícil apagarlos. El incendio iraquí seguirá ardiendo mucho tiempo todavía y no puede descartarse que provoque otros.