La ‘doctrina Monroe’ nunca ha muerto

Por Tom Wolfe, escritor (EL MUNDO, 31/01/05):

A estas alturas, seguro que alguna brillante lumbrera del Consejo de Relaciones Exteriores de Nueva York o de la Escuela de Asuntos Públicos e Internacionales Woodrow Wilson de Princeton habrá subrayado el hecho de que el discurso de toma de posesión del presidente Bush es el cuarto corolario a la doctrina Monroe. ¿Ah, no? ¿Tantos sabios y no hay ni uno entre todos ellos haciéndose notar? ¿Seguro?

El presidente apenas si había hecho precalentamiento («Sólo hay una fuerza en la historia que sea capaz de vencer al reino del odio y el resentimiento y desenmascarar las pretensiones de los tiranos… y ésa es la fuerza de la libertad del hombre… La supervivencia de la libertad en nuestra tierra depende cada vez más del éxito de la libertad en otras tierras… Los intereses vitales de los Estados Unidos y nuestras convicciones más profundas son ahora una sola cosa…») cuando, ¡zas!, retrocedí mentalmente, exactamente 100 años y 47 días, hasta otro presidente. Era George W. Bush el que hablaba, pero la voz que resonaba dentro de mi cerebro, una voz aflautada, una voz extraña, que salía de un hombre enorme y peludo como un oso, era la del presidente que había sacudido el polvo a la idea de Monroe y que la había vuelto a traer al siglo XX.

«El objetivo permanente de esta nación, como el de todas las naciones ilustradas -decía el eco-, debería ser el de luchar por acercar aún más ese día en que la paz de la justicia se imponga en el mundo entero… Los tiranos y los opresores han implantado muchas veces un desierto y lo han llamado paz… La paz del terror despótico, la paz de la debilidad cobarde, la paz de la injusticia, todas hay que rehuirlas del mismo modo que rehuimos las guerras perversas… El derecho a la libertad y la responsabilidad del ejercicio de ese derecho no pueden divorciarse».

¡Theodore Roosevelt, el 4 de diciembre de 1904, anunciando al Congreso el primer corolario de la doctrina Monroe! ¡Una información que yo había depositado en el banco de los recuerdos y que no había vuelto a tocar desde que dije adiós a la universidad a mediados de la década de los 50!

En uno y otro caso lo que yo estaba oyendo era el frufrú y el rumor habituales de los telones al abrirse ante un decorado grandilocuente.Ahora bien, si hay algo que aprendí antes de salir de la universidad y de desviarme de manera incomprensible hacia el periodismo fue que esos bonitos preámbulos a los grandes mensajes políticos, toda esa retórica para aclararse la garganta, los párrafos que se omiten siempre por superfluos en los libros de texto, son inevitablemente los que descubren en realidad de qué va la cosa.

El corolario de Theodore Roosevelt a la famosa doctrina de 1823 del presidente James Monroe proclamaba que los Estados Unidos no sólo tenían el derecho, como había dicho Monroe, de hacer inviables las pretensiones europeas de recolonizar parte alguna del hemisferio occidental sino también el de tomar bajo su control y moldear a su gusto cualquier nación del hemisferio culpable de «una mala conducta crónica» o de un comportamiento incivilizado que la hubieran convertido en «impotente», es decir, sin capacidad para defenderse a sí misma de los agresores del otro hemisferio, con lo que aludía fundamentalmente a Inglaterra, Francia, España, Alemania e Italia.

El problema inmediato consistía en que la República Dominicana acababa de pasar por alto la devolución de un montón de millones de empréstitos europeos de manera tan flagrante que a la entrada del puerto de Santo Domingo se había instalado un navío italiano de guerra. Roosevelt envió a la Marina a ahuyentar a los italianos y a todos los demás europeos rezongones. Acto seguido, los Estados Unidos tomaron bajo su control el funcionamiento de las aduanas dominicanas y la administración de su deuda pública y, posteriormente, el país entero, para enviar finalmente al ejército a gobernar aquel lugar. Tampoco titubeamos a la hora de ocupar Haití y Nicaragua.

Ya en 1823, los europeos habían ridiculizado a Monroe y su doctrina. El barón de Tuyll, el embajador ruso en Washington, dijo que los norteamericanos estaban demasiado enfrascados en sacar dinero de donde fuera y en acumularlo como para dejar de hacerlo durante el tiempo suficiente para emprender una guerra, incluso aunque tuvieran potencial para ello, que no lo tenían. Sin embargo, las cosas eran muy diferentes a principios del siglo XX.

Primero fue Theodore Roosevelt. Luego llegó el senador Henry Cabot Lodge. En 1912, pareció que unos empresarios japoneses estaban a punto de comprar enormes extensiones de terreno de Baja California, en México, en la frontera con el sur de California.Lodge propuso y el Senado ratificó lo que ha terminado conociéndose como el Corolario de Lodge a la doctrina Monroe. Los Estados Unidos no permitirían que intereses extranjeros de ninguna clase ni otros hemisferios de cualquier denominación otorgaran a un gobierno extranjero «un poder de control a efectos prácticos» sobre territorio alguno en este hemisferio. El gobierno japonés desmintió de manera inmediata que tuviera relación alguna con los inversores y los tratos de compraventa de la Baja, si es que había habido alguno, se evaporaron.

Posteriormente, en 1950, George Kennan, el diplomático que elaboró la teoría de la contención en las relaciones con la Unión Soviética al término de la Segunda Guerra Mundial, realizó una gira por Latinoamérica y volvió de allí alarmado ante la influencia comunista en aquella zona. Así pues, fue él quien enunció el tercer corolario a la doctrina Monroe. El Corolario de Kennan argumentaba que el comunismo no era ni más ni menos que un instrumento del poderío nacional soviético. Los Estados Unidos no tenían otra alternativa, conforme al mandato de la doctrina Monroe, que la de erradicar toda actividad comunista allí donde se manifestara en Latinoamérica…por cualquier medio que se considerara necesario, incluso aunque eso implicara cerrar los ojos ante regímenes dictatoriales cuyas fuerzas de policía hacían lo que les venía en gana salvo llevar chapas con la inscripción «mala conducta crónica».

El historiador Gaddis Smith resume los corolarios Lodge y Kennan de manera elegante y sucinta en The Last Years of the Monroe Doctrine, 1945-1993. Bueno, Gaddis Smith era compañero mío en la universidad y una auténtica estrella ya en aquellos tiempos, y no ha dejado de ser un historiador estrella desde entonces.Así pues, ¿puedo sugerir que, en este punto concreto y en toda una brillante carrera que se ha mantenido durante 50 años hasta ahora, quizás Gaddis Smith haya estado… equivocado? ¿Que los años que van desde 1945 a 1993 no hayan sido quizás los últimos de la doctrina Monroe? ¿Que esta doctrina quizás no haya estado más viva y más boyante de lo que lo ha estado hace diez días, el 20 de enero del 2005?

Antes de seguir adelante, no obstante, retrocedamos todavía un poquito más en el tiempo y recordemos el curioso caso de la Antártida.En 1939, Franklin Roosevelt autorizó la primera exploración oficial del Polo Sur a cargo de los Estados Unidos, dirigida por el almirante Richard E. Byrd. La expedición tenía carácter científico, pero también militar. Se sabía que los japoneses y los alemanes estaban metiendo las narices en el hielo por allá abajo, así como los rusos, los británicos, los chilenos, los argentinos… todos ellos azuzándose y pisándose los talones. Poco a poco, toda la pandilla fue cayendo en la cuenta: en el Polo Sur, los hemisferios son… increíblemente estrechos. De hecho, había incluso un punto, más pequeño que una moneda de diez centavos, en el que, en el supuesto de que hubiera alguien capaz de encontrarlo, ya no había sitio siquiera para hemisferios. Al final, en esencia todo el mundo cedió un poco y la cosa no fue a mayores. Hacía tanto frío allá abajo que no había nadie capaz de meter un obús por la boca del gollete de una pieza de artillería… o un misil dentro de un silo.

¡Ah, sí, un misil! Un día de noviembre de 1961, cuando las Fuerzas Aéreas consiguieron lanzar por primera vez con éxito un misil balístico intercontinental, el SM-80, desde un silo, la parte del hemisferio occidental de la doctrina Monroe dejó de tener significado alguno, por más que las ideas que había tras ella empezaran a significarlo todo en el mundo.

En el fondo, la idea de un hemisferio occidental santificado dependía de su separación del resto del mundo gracias a dos enormes océanos, lo que hacía que cualquier intrusión se notara mucho.Las de los misiles balísticos intercontinentales (enseguida tuvieron los suyos la Unión Soviética y otros países) hicieron el mundo muy pequeño en un sentido militar. Tiempo después, los aviones de gran autonomía, los teléfonos por satélite, la televisión e Internet cumplieron a su vez esa misma función desde los puntos de vista social y comercial. En el momento de la toma de posesión del señor Bush, el hemi del hemisferio hace ya mucho tiempo que no cuenta para nada, lo que ha dejado la doctrina Monroe en…¿en qué? En nada, salvo en una simple esfera… que es lo mismo que decir el mundo entero.

Porque la misión, ¡mesiánica misión!, nunca ha retrocedido ante lo menos importante… lo que nos devuelve a los preámbulos bonitos y a la retórica solemne para aclararse la garganta… a esos párrafos que siempre se omiten por superfluos en los libros de texto. «Los intereses vitales de los Estados Unidos y nuestras convicciones más profundas son ahora una sola cosa», dijo el presidente Bush. Añadió también que «desde el día de nuestra fundación, hemos proclamado que todo hombre y toda mujer en esta tierra tienen derechos y dignidad, y un valor sin igual, porque son la imagen del hacedor del cielo y de la tierra».

David Gelernter, el científico y escritor, sostiene que «el americanismo» es un concepto fundamentalmente religioso que comparten sectores de población increíblemente variopintos de todos los rincones del planeta y de todos los substratos culturales que se puedan imaginar, todos los cuales sienten que han llegado, tal y como subrayó Ronald Reagan, a una «ciudad resplandeciente en lo alto de la colina». ¡Dios sabe cuántos de ellos estarán de acuerdo con el presidente Bush (y con Theodore Roosevelt) en que el destino y el deber de los Estados Unidos es llevar la salvación a toda la humanidad!