La economía digital, en claroscuro

Todo va muy rápido en la sociedad hiperconectada: la información, las turbulencias políticas, nuestras vidas cotidianas. ¡Ya no se escriben cartas! Todo va tan rápido, de hecho, que la propia utopía digital ha pasado de moda. ¿Cómo es posible, si era tan joven? Hace unos años, cuando empezó a desarrollarse la economía colaborativa que tanto facilita la vida a los consumidores, todo eran sonrisas: escuchar música a través de Spotify, reservar una habitación en AirBnb, llamar a un vehículo de Uber. Pero ahora, durante la larga resaca de la Gran Recesión, se nos va helando la sonrisa a la vista de sus efectos indeseados. Tiene su gracia: el smartphone que hace posible el funcionamiento eficaz de esas plataformas es la tecnología que más velozmente se ha difundido nunca, pero quizá tampoco antes hayamos pasado tan rápido del entusiasmo al recelo. Y no porque la conocida como gig economy haya dado menos de lo que prometía, sino por habernos dado más de lo que podemos asimilar.

La risa va por barrios. Elizabeth Kolbert ha contado en el New Yorker la historia de Levon Helm, quien fuera batería de The Band, la estimable banda norteamericana que además de hacer carrera propia acompañó durante unos años a Bob Dylan. Helm nunca se hizo rico, pero se apañaba gracias a unos royalties que le reportaban cien mil dólares al año. Hará una década, esa cantidad se redujo a la nada, lo que combinado con el tratamiento de un cáncer de garganta que le había sido diagnosticado en 1999 condujo al viejo músico a una situación de auténtica necesidad. Tras su muerte, en 2012, los amigos organizaron un concierto de homenaje para evitar que su viuda perdiera la vivienda familiar. Detrás de esa súbita reducción de ingresos no hay ningún misterio: sólo están Napster y YouTube. O sea, el hundimiento de la industria musical a causa de la digitalización. Mientras la cuenta bancaria de Helm se iba reduciendo, millones de fans escuchaban su música gratis o a cambio de una cantidad mensual irrisoria. Pero, ¿alguien pensaba en esto durante el proceso de digitalización y abaratamiento de la música pop?

Tampoco nos inquietábamos cuando, en algún viaje al extranjero, disfrutábamos de las comodidades que ofrecía Uber: llamar un taxi mediante la aplicación digital, pagar sin llevar dinero encima, poner nota al conductor. Bastaba contrastar ese servicio con el que solemos padecer en la España gremial para entender que el futuro estaba en poder elegir y no en el corsé de una regulación monopolista. Hasta que fue emergiendo la cara B del nuevo modelo: empleados que no son reconocidos como tales y trabajan quince horas a cambio de una remuneración insuficiente. Aunque en ocasiones el ideal se cumple y uno da con un conductor que trabaja libremente a tiempo parcial: un dominicano que había conducido un tanque en Mosul y disfrutaba de una pensión del Ejército norteamericano me llevó de Brooklyn a Manhattan una tarde de primavera.

Quizá el golpe de gracia a la imagen de la gig economy se lo estén propinando, a su pesar, las plataformas que permiten a los particulares ofrecer su vivienda en alquiler. Todo depende, otra vez, del lado en que uno se encuentre: el propietario de una casa situada en el corazón de una localidad turística se frotará las manos, ¡aunque vote anticapitalista! El problema lo sufrirá quien desee arrendar un apartamento en su propia ciudad y no lo encuentre. No descartemos que aquel sufrido residente eche mano de AirBnb o alguna web equivalente cuando viaje a Lisboa para pasar el fin de semana: es difícil mantener la inocencia en la era digital. Contradicciones personales al margen, la expansión imparable de los apartamentos turísticos erosiona un bien social como es el parque de alquiler; porque en algún sitio hay que vivir. Y si vivimos todos en la periferia, nuestras ciudades se convertirán en lugares fantasmales: Venecias sin gondoleros. Ni el más liberal de los liberales debería querer algo así.

Ahora bien, los críticos a tiempo completo del capitalismo harían bien en recordar que quienes provocan esta disrupción no son especuladores ataviados con bombín sino la pura gente: propietarios que tratan de maximizar su ganancia sin por ello formar parte de conspiración alguna. De hecho, aumenta a ojos vista el número de miembros de nuestra clase media que adquieren un apartamento y lo ofrecen en AirBnb: inversión en ladrillo 2.0. Algo que podía hacerse ya antes por medio de agencias de alquiler ordinarias, pero que ha cambiado de escala gracias a internet e incluso ha adquirido carácter mimético: Amparo lo hace porque se lo ha visto hacer a Rosa.

No son los únicos efectos negativos de la nueva economía. Las aplicaciones digitales permiten ofrecer toda clase de servicios: desde quien te decora la casa a quien te hace la compra, pasando por la baby-sitter y el más tradicional fontanero. Es una economía solitaria, sin colegas ni cotizaciones sociales; a cambio, los pagos online evitan el fraude fiscal y quizá por eso en España no termina de generalizarse. estas aplicaciones también crean un mercado eficiente donde prestadores de servicios y consumidores pueden encontrarse con mayor facilidad, nuevas garantías e información suplementaria. Así que no olvidemos los muchos beneficios que proporcionan estos nuevos mercados: la justamente célebre “destrucción creativa” de Schumpeter no es una frase hecha.

Con todo, uno de los aspectos más interesantes de la gig economy es su trayectoria. Inicialmente, se hablaba de una economía colaborativa investida de nuevos valores asociados al cambio generacional: apertura, flexibilidad, cooperación. Se trataba de crear mercados de tonalidad comunitaria menos basados en la propiedad que en el uso. En palabras de Mark Levine: “Compartir es limpio, fresco, urbano, posmoderno; poseer es aburrido, egoísta, tímido, atrasado”. De ahí la crítica de la neofilia (el deseo de bienes nuevos) o el aire vintage de plataformas como Etsy y los movimientos de comida local. “Eres lo que compartes”, dice Charles Leadbeter. Y lo que se comparte, a veces, es una pasión: ahí están las plataformas especializadas en la compraventa e intercambio de vinilos, sellos o vinos jerezanos. Otras son gratuitas y se las ha relacionado con las economías tribales basadas en el regalo. En ningún caso podemos hablar de colectivismo, sino quizá del “individualismo colaborativo” que propone Neil Gorenflo: BlaBlaCar y el coach surfing encajan como un guante en esa etiqueta.

Para algunos observadores, el consumo colaborativo significa nada menos que el final del hiperconsumo. ¡Superación del capitalismo! Es un entusiasmo que contiene ciertas dosis de autoengaño. ¿Hay algo más capitalista que vender por Wallapop hasta la última reliquia del desván o alquilar la habitación de la entrada a una pareja suiza? Traer al mercado los llamados “bienes ociosos” puede ser cool, pero más que constituir una alternativa al capitalismo está ratificando su atractivo: eres lo que vendes. Súmese a ello la popular herramienta de las evaluaciones: del anfitrión, del conductor, del restaurante. Entra aquí en juego el deseo humano “de ser observado, atendido, considerado con simpatía y aprobación” del que hablaba Adam Smith: el narcisismo digital. Pero también una herramienta implacable que obliga al prestador de servicios a no bajar nunca la guardia.

Toda transición tecnológica produce descontento. Los hilanderos de la seda arrancaban los vestidos de percal en el mercado de Spitalfields en Londres allá por 1719. Y sabido es que la Europa tardomedieval fue rica en leyes suntuarias que restringían la competencia para proteger los intereses establecidos. Sin embargo, la combinación de tecnología y consumo de masas es imparable. La política no puede frenarla ni dejarse impresionar por las protestas de quien hace más ruido: ¿acaso protestan las agencias de viajes a las que ya no vamos? Pero tampoco puede limitarse al laissez-faire et laissez-passer: su cometido es sopesar los bienes en juego para mitigar las consecuencias más negativas de la economía digital sin frenar su desarrollo. Hablemos.

Manuel Arias Maldonado es profesor de Ciencia Política en la Universidad de Málaga. Su último libro es La democracia sentimental. Política y emociones para el siglo XXI (Página Indómita).

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