La economía española a mitad de año

En las últimas semanas han proliferado opiniones y análisis que niegan o ponen en duda la recuperación de nuestra economía contrastando fuertemente con los de organismos internacionales y analistas privados de aquí y de otros países, que la sitúan entre las pocas economías desarrolladas con una evolución favorable en los últimos meses. Muchos creen que estamos saliendo de la recesión en que nos encontrábamos hasta el tercer trimestre del pasado año, aunque nadie bien informado considere que hayamos superado la crisis, pues esa superación exigirá de bastante más tiempo y de políticas de mayor alcance, aún pendientes de aplicar o solo parcialmente ensayadas.

Quienes consideran que la recuperación iniciada en el tercer trimestre del pasado año se ha parado en el segundo trimestre de este año y en los meses ya transcurridos del tercero se fundamentan en media docena de hechos. El primero, en la desaceleración experimentada en los últimos meses por las exportaciones de bienes, que hasta ahora constituían el único motor de nuestra incipiente recuperación. El segundo, en el peso creciente de los contratos temporales y a tiempo parcial en el conjunto de los nuevos empleos que se están creando. El tercero, en el aumento acelerado de la deuda pública, cuyo volumen se aproxima a cifras que casi igualan a la producción anual del país. El cuarto, en la apreciable incertidumbre que está produciendo la actual desaceleración de la economía mundial. El quinto, en la eclosión de situaciones bélicas en los últimos meses, limitadas pero muy peligrosas por su intensidad y proximidad. Los conflictos religiosos-tribales de Irak, Siria y Libia y los fronterizos pero no menos preocupantes de Ucrania son, entre otros, ejemplos de esos graves riesgos que afectan ya negativamente a la economía española. Por último, el sexto y quizá más importante, en que no se está cambiando sustancialmente la estructura de producción que existía antes de la crisis, lo que hace pensar fundadamente que falta mucho aún para superarla.

Sin embargo, los datos de la Contabilidad Nacional correspondientes al segundo trimestre del año, publicados ayer, desmienten esa visión tan pesimista. En primer término, porque confirman la tasa, ya avanzada en las últimas semanas, de un crecimiento del PIB en términos reales del 0,6% en el segundo trimestre, frente al crecimiento del 0,4% en el primero de 2014 y del 0,2% en el último trimestre del pasado ejercicio, lo que ha conducido a un aumento real del PIB de un 1,2% en los doce meses finalizados en junio frente al crecimiento del 0,5% de los doce que finalizaron el pasado marzo y que puede conducir a más de un 1,5% a finales de este año. En segundo lugar porque, aunque es cierto que las exportaciones de bienes se vienen desacelerando últimamente, es lo que cabe esperar cuando se desacelera o decrece la producción de los países que las adquieren, que es lo que está ocurriendo ahora. No obstante, las exportaciones españolas han aumentado ligeramente su cuota global de mercado mientras que las de otros países tradicionalmente exportadores las reducían. Además su cuantía relativa se sitúa en el 33,5% del PIB, cuando en 2006, antes del inicio de la crisis, se situaba en el 26% y en 2009, ya en plena crisis, en el 24,3%. No es pequeño avance pasar de un 24,3 al 33,5% del PIB en tan solo un quinquenio. En todo caso, gracias a la balanza de servicios las transacciones corrientes con el exterior, excluidas transferencias y rentas, ofrecen saldos positivos desde el segundo trimestre de 2012, frente a los fuertes déficit de periodos anteriores. No se ha producido, pues, una crisis de todas nuestras exportaciones sino solo la desaceleración en el saldo de las exportaciones de bienes y servicios respecto a sus importaciones, que es lo que cabe esperar cuando, como ahora, la recesión alcanza a nuestros compradores.

Por otra parte, la economía española no depende ya para crecer solo de sus exportaciones, porque el consumo y las inversiones han comenzado a reanimarse tanto intertrimestral como interanualmente. El consumo de las familias ha aumentado en términos reales un 2,4% respecto al mismo periodo del año anterior, ratificando un cambio de expectativas en los consumidores, mientras que la formación bruta de capital fijo cambiaba de signo y crecía interanualmente al 1,2% real, confirmando que las empresas también prevén crecimientos de la producción en un futuro inmediato.

Es cierto que muchos de los nuevos empleos se articulan mediante contratos temporales y a tiempo parcial, en lugar de a jornada completa y a tiempo indefinido, pero lo importante es que exista creación neta de empleo en puestos de trabajo equivalentes a tiempo completo a un ritmo cada vez más rápido, que es lo que ha ocurrido en el segundo trimestre. En esos términos el empleo total ha aumentado en un 0,8% en tasas interanuales durante el segundo trimestre y para los asalariados en un 1,2%, ofreciendo claras esperanzas a los muchos millones de parados que aparecen en nuestras estadísticas. Sin duda una profunda reforma de la contratación laboral, una reducción de sus excesivas variedades y una mayor homogeneidad en el coste de los despidos aumentarían la proporción de los contratos indefinidos, hoy todavía más costosos que los temporales y, por ello, menos utilizados que éstos. Tampoco debería ignorarse que temporalidad y trabajo a tiempo parcial son cada vez consecuencia más directa de las nuevas formas de producción y distribución. Por eso, aunque la reforma laboral sea el motor del aumento del empleo, incluso con una modesta recuperación económica, no debería considerarse cerrada esa reforma. Los cambios que acaban de indicarse, junto con otros similares, deberían acometerse de inmediato para reducir el paro todavía con mayor fuerza.

TAMBIÉN ES cierto que el rápido y continuado aumento de la deuda pública implica un importante riesgo para nuestro crecimiento futuro, aunque hoy tenga un impacto relativamente corto por los bajos niveles de sus tipos de interés. Ha de advertirse que ese aumento de la deuda pública se compensa algo con una cierta reducción de la deuda de familias y empresas. En todo caso, quienes denuncian el aumento de la deuda deberían reflexionar también sobre sus causas, que se encuentran en la adquisición de activos que en muchas ocasiones no son más que gastos públicos encubiertos, y en un déficit generado por gastos excesivos y por recaudaciones tributarias raquíticas pese a los muy elevados tipos nominales de los impuestos. Evitar la activación de gastos encubiertos, reducir gastos excesivos y atacar con decisión los muchos agujeros y descosidos de nuestros tributos consolidaría y estabilizaría el crecimiento del PIB, aunque algunos sigan pensando erróneamente que reducir el déficit público influye negativamente en la recuperación económica. Los hechos parecen demostrar todo lo contrario, porque sin estabilidad presupuestaria no puede sostenerse a largo plazo el crecimiento del PIB.

Lo que no está en nuestras manos es evitar la desaceleración de la economía mundial ni los conflictos bélicos que emergen cerca de nuestras fronteras. Pero es evidente que una economía española más sana y fuerte resistiría mejor los riesgos que pudieran plantearse en esos ámbitos y podría incluso coadyuvar, aunque modestamente, a la recuperación de la economía mundial. Para eso tendríamos que haber superado ya la crisis cambiando la estructura de nuestra producción, lo que exige, como mínimo, de una reordenación de los incentivos del sistema económico para que no impidan o entorpezcan ese cambio y un aumento importante en la eficiencia de nuestros mercados.

Describir ahora esos procesos excede del reducido espacio de este trabajo, pero constituirá el contenido de otros. Baste para finalizarlo insistir en que la información disponible, que abarca ya la mitad de este año, confirma que la economía española sigue transitando por la senda de crecimiento iniciada a finales del pasado ejercicio, pese a la trayectoria poco favorable de la economía mundial y gracias a una política económica bien concebida y ejecutada. Sin duda, una buena noticia que disipa los negros pronósticos que han venido apareciendo en estas últimas semanas. Pero no hay que echar las campanas al vuelo: nos queda aún que superar la crisis. Tarea, al menos, para todo un quinquenio.

Manuel Lagares es Catedrático de Hacienda Pública y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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