La economía española: bien, pero…

Por Manuel Lagares, catedrático de Hacienda Pública y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO (EL MUNDO, 23/09/06):

Para entender lo que está ocurriendo en la economía española en los últimos tiempos hay que tener en cuenta algunos hechos relevantes. El más destacado, sin duda, es que la economía mundial está creciendo en términos reales a tasas próximas al 5% anual, lo que sitúa nuestro crecimiento del 3,6% en un nivel aceptable aunque bastante más modesto. Crecer al 5% significa que un planeta con casi 6.500 millones de habitantes quizás doble su renta real por persona en menos de un cuarto de siglo, pese a que la próxima generación podría sumar casi 9.000 millones de humanos.

Las causas de este crecimiento mundial son muy diversas, pero dos de ellas resultan fundamentales. La primera, que la discutida y estigmatizada globalización está creando mercados más amplios que los existentes hasta ahora. En la extensión del mercado, que Adam Smith consideraba la base para una creciente división del trabajo como fuerza impulsora del progreso, se encuentra precisamente uno de los motores de la prosperidad actual. La globalización, afortunadamente, se está extendiendo con rapidez, pese a los muchos impedimentos de individuos, empresas, instituciones y autoridades.

La segunda, que la revolución tecnológica iniciada hace unas décadas resulta ya casi más intensa y extensa que todas las ocurridas en los tres siglos anteriores, lo que también está impulsando muy fuertemente el crecimiento de la producción. Ese profundo cambio en la tecnología se combina, además, con una sorprendente formación de la fuerza de trabajo que, aunque a algunos nos parezca simplemente espantosa, permite una extensa aplicación de las nuevas técnicas, al menos a su nivel más bajo.

Muchos jóvenes no saben nada de literatura, historia o geografía, pero teclean apasionadamente en un ordenador, manejan en su pantalla complejos juegos de estrategia, viajan incansablemente por internet y se mueven con soltura entre telecomunicaciones e interconexiones. Cierto es que esas solas capacidades resultan insuficientes para una formación humana integral, pero se asimilan con relativa facilidad por importantes masas de trabajadores de países con bajos niveles salariales.

Es evidente que la economía española ha aprovechado también la extensión de sus mercados para crecer rápidamente en la última década. El ingreso en la Unión Europea y la fuerte internacionalización de nuestras empresas a finales del pasado siglo, junto a la adopción del euro, han elevado considerablemente nuestro grado de apertura exterior, impulsando el crecimiento. A ese motor han de añadirse grandes necesidades de viviendas, remansadas durante décadas e incrementadas por la fuerte inmigración de estos años, y un extendido deseo de mejorar los niveles de vida que ha disparado el consumo, reduciendo el ahorro familiar e impulsado aumentos de la demanda global que ayudaron a sostener la producción en años de exportaciones menos dinámicas.

Pero, además, en esos años España ha acumulado capital en proporciones que apenas si tienen parangón internacionalmente. Nuestra formación bruta de capital fijo se ha situado, en promedio y para el periodo 2000-2005, ambos inclusive, en el 26,8% del PIB, proporción sólo superada por Corea (29,8) entre los países de la OCDE no incluidos en el antiguo bloque soviético. Algunos atribuyen esa elevada proporción de inversiones a su materialización en viviendas, que ha alcanzado durante tal periodo un valor medio del 6,7% de nuestro PIB. Bastante razón tienen pero, aun siendo muy elevada la inversión española en viviendas, ha sido superada por la de Irlanda (9,6%) y se encuentra muy próxima a las de Australia (6,2), Alemania (6,0) y Holanda (5,8). Mas lo realmente importante es que España en ese periodo haya venido dedicando a la formación bruta de capital fijo directamente productivo -es decir, excluidas las viviendas- nada menos que el 20,1% de su PIB, porcentaje sólo superado por Grecia (20,8), Japón (21,3) y Corea (25,0).

Esas cifras conducen a plantearse si nuestro país ha aprovechado a fondo tan cuantiosas inversiones para crecer más aceleradamente que el resto. Y la respuesta es que España ha quedado la sexta entre los países analizados en cuanto a crecimiento de su producción, con una tasa media en términos reales del 3,5%, superada por Irlanda (5,9), Grecia (4,3), Luxemburgo (4,0), Islandia (3,9) y Nueva Zelanda (3,6).

Estas últimas cifras señalan que hemos invertido mucho, pero que no ha sido tanto lo que hemos conseguido producir con tales inversiones. Más deberíamos haber crecido a la vista del esfuerzo realizado y del comportamiento de otros países con una menor formación de capital, como se comprueba comparando en el periodo considerado las tasas de crecimiento de la producción con las de inversión respecto al PIB, excluida la vivienda, es decir, midiendo aproximadamente la productividad marginal del capital.

Atendiendo a ese nuevo indicador, España pasa al décimo puesto de la lista, después de Irlanda, donde los nuevos bienes de capital han producido una vez y media más que en nuestro país, en Luxemburgo un 41% más, en Islandia un 28%, en el Reino Unido un 26%, en Grecia un 19%, en Nueva Zelanda un 15%, en Estados Unidos un 9%, en Finlandia un 7% y, finalmente, en Australia un 6%. Además, mientras que la mayoría de esos países han financiado sus inversiones con sus ahorros respectivos, nuestro esfuerzo inversor ha supuesto de hecho una cierta hipoteca para los próximos años, pues más del 22% de nuestra formación bruta de capital fijo la hemos financiado en el 2005 con ahorro exterior, haciendo que las necesidades de financiación se hayan aproximado ya al 6,5% del PIB y terminen en este año por superar considerablemente esos niveles.

Bueno es preguntarse por qué no hemos conseguido más crecimiento con tan cuantiosas inversiones o, lo que es lo mismo, por qué nuestro capital ha resultado menos productivo marginalmente que el de otros. Muchas pueden ser las causas de este problema, pero dos hipótesis extremas y algunas otras intermedias podrían proporcionar una explicación razonable. La primera, que quizás esas inversiones produzcan menos por no incorporar, al mismo nivel ni en igual grado, las calidades tecnológicas de las inversiones de otros países. La segunda, que posiblemente las recientes aportaciones de la inmigración a nuestra fuerza laboral -el otro factor básico de la producción- tengan una menor capacitación y por eso la producción, a igualdad de inversiones, crezca menos que en los países que nos han adelantado en la lista. Pero también puede valer como explicación cualquier mezcla razonable de ambas hipótesis.

La segunda de esas hipótesis induce a estimar el impacto productivo de nuestros inmigrantes, pues el nivel actual del PIB no se hubiese alcanzado sin ellos. Teniendo en cuenta las elasticidades de la producción al capital y al trabajo, posiblemente el PIB del 2005 habría sido menor en algo más de un 5% sin el trabajo de los inmigrantes que, según datos oficiales, supusieron el 12,6% del empleo total en ese año. A la vista de esos datos podría pensarse que cada inmigrante ha producido menos de la mitad de lo que venía produciendo un empleado nativo, pero eso supondría imputar a los españoles no sólo su producción directa sino, además, la derivada del total del capital utilizado, lo que sería exagerado porque sin los inmigrantes es posible que no se hubiese acumulado todo ese capital, al no existir trabajadores suficientes para utilizarlo. A la inmigración habría que imputarle, además, los costes sociales y públicos que origina, pero también tendríamos que restar de esa cuenta los altos costes en bienestar que los inmigrantes nos evitan al reducir los efectos negativos de una población exclusivamente española, pero estancada en su crecimiento y progresivamente envejecida. Cara y cruz de una realidad de enorme dramatismo en estos días de pateras y cayucos.

La economía española parece estar alcanzando buenos resultados por ahora. Pero también acumula problemas que pueden terminar por ahogarla y cuyos síntomas afloran en importantes desequilibrios internos (precios) y externos (necesidades de financiación). Más pronto que tarde habrá que preocuparse por regular seriamente la inmigración y, además, por la formación, la salud y el utillaje necesario para esos nuevos trabajadores y sus familias. Y habrá que mejorar igualmente la calidad tecnológica de los medios de producción que estamos acumulando.

Son tareas inexcusables que deberíamos acometer de inmediato.