La economía política de los precios del petróleo

Por Guillermo de la Dehesa, presidente del Centre for Economic Policy Research, CEPR (EL PAÍS, 08/10/05):

Como en todo el resto de las materias primas básicas, el precio del petróleo está determinado diariamente en el mercado por la interacción de su oferta y su demanda. Ahora bien, el precio del petróleo también depende de factores exógenos, económicos, como las tendencias demográficas y de urbanización, naturales, como el tiempo o los recientes huracanes Katrina o Rita, o políticos, ya que dada su importancia se puede utilizar como un instrumento de poder y de política interna y externa.

En primer lugar, el petróleo ha sido y sigue siendo la materia prima energética e industrial más importante que existe. Es, por el momento, la única comercialmente disponible para el transporte, aunque el gas natural puede empezar a ser su sustituto. El hidrógeno llegará a ser una fuente alternativa, pero no es una energía primaria, sino que hay que producirla, bien con electricidad, mediante electrolisis o quemando petróleo o carbón, aunque se está avanzando rápidamente en su producción mediante energía solar. Es también insustituible, de momento, en la industria química y en la producción de muchos nuevos materiales. Está siendo sustituida progresivamente en la generación de electricidad por el gas natural, pero sigue siendo todavía indispensable para completar al carbón, la nuclear o la hidroelectricidad cuando estas fuentes fallan temporalmente por su rapidez de uso. En este momento no se puede concebir un mundo próspero sin petróleo, aunque, según algunos expertos como Hubbert, Campbell o Duncan (todavía en minoría), éste tenga una vida limitada por la escasez de sus reservas en relación con su creciente demanda.

En segundo lugar, tiene unos efectos medioambientales muy negativos. Su producción, refino, transporte y utilización producen CO2 resultando en un deterioro de la capa de ozono y en un creciente recalentamiento de la atmósfera, además de desastres ecológicos producidos por el naufragio de los barcos petroleros como el reciente caso del Prestige en nuestro país. Estos efectos plantean un dilema entre la necesaria prosperidad de muchos países en desarrollo que necesitan esta fuente de energía para desarrollarse y la necesidad de frenar el deterioro creciente medioambiental.

En tercer lugar, más que ninguna otra materia prima el petróleo es el caso más paradigmático de la “maldición de los recursos naturales”. Su abundancia en un determinado país tiende a reducir su crecimiento y a aumentar su inestabilidad política. Por un lado, produce una apreciación de su tipo de cambio, con lo que reduce la competitividad del resto de su economía productiva; esto, unido a que la industria del petróleo puede pagar salarios más elevados y tipos de interés más altos, encarece los costes del resto de la economía y puede hacer que vayan desapareciendo otras industrias que antes eran rentables, resultando que el país pueda acabar sólo produciendo petróleo. Además, como todas las materias primas, tiene una fuerte volatilidad haciendo que los países productores tengan ciclos económicos mucho más pronunciados. Por otro lado, su abundancia en un país está también correlacionada con una menor propensión al ahorro y un menor desarrollo financiero, lo que también reduce su crecimiento.

Finalmente, su abundancia tiende a producir inestabilidad política, ya que, sin unas instituciones democráticas y jurídicas fuertemente consolidadas, desencadena una búsqueda política o militar de apropiación de las enormes rentas que genera que terminan desviándose hacia los bolsillos de aquellos que alcanzan su control y no a aumentar el desarrollo del país. Son muchos los países con grandes reservas de petróleo que sufren dictaduras, revoluciones, guerras civiles, invasiones o anexiones por parte de sus vecinos que destruyen vidas humanas e infraestructuras y que terminan empobrecidos.

En cuarto lugar, es el único mercado de materias primas en el que existe un cartel de países productores, que representan un 40% de la producción mundial y el 77% de las reservas y que fijan los precios que más les convienen en cada momento, regulando su oferta, ante el cual las autoridades de la competencia de los países consumidores no pueden hacer nada, ya que son países soberanos y no empresas los que lo forman.

Nos encontramos hoy en unas circunstancias que hacen que el futuro de los precios del petróleo sea cada vez más incierto. Por un lado, la mayoría de las reservas existentes conocidas están ubicadas en una de las regiones políticamente más inestables del mundo: el Oriente Medio, donde se está concentrando la actividad terrorista mundial, tanto por el conflicto palestino-israelí como por la guerra de Irak, que puede terminar desestabilizando otros países productores como Arabia Saudita.

Por otro lado, algunos de los países que tienen mayores reservas no quieren producir mayores cantidades de crudo ya que o no pueden por razones políticas o de otro signo o tienen otras prioridades distributivas más que inversoras. El hecho es que ha habido una reducida exploración y producción en las tres últimas décadas tanto en Oriente Medio como en Rusia. Por ejemplo, Irán produce hoy la misma cantidad de crudo que hace varias décadas, la producción de Venezuela es menor que la de hace cinco años; lo mismo se puede decir de Nigeria, que ha experimentado caídas de su producción debido a sus conflictos étnicos y religiosos; Irak está produciendo 600.000 barriles menos de lo presupuestado este año, y Rusia, debido a política interna, no está produciendo más que en 2003 y 2004.

Asimismo, grandes países en desarrollo que están globalizándose y creciendo más rápido, como China e India, están necesitando mucho más petróleo y otras materias primas para poder prosperar, con lo que su demanda va a seguir siendo creciente, ya que consumen el doble de petróleo por dólar de PIB que los países desarrollados. Además, muchos de los países desarrollados no están haciendo esfuerzos suficientes para reducir su consumo a pesar de que ya sólo consumen la mitad de petróleo por cada dólar de PIB que en los años 70. El caso más flagrante es el de EE UU, que consume más de un cuarto de la producción mundial, que consume un 50 por ciento más que la Unión Europea por cada dólar de PIB y que no se atreve a subir sus bajos precios de las gasolinas y gasóleos, que son hoy de tres dólares por galón frente a seis dólares en la Unión Europea. Esto ocurre porque todavía tiene más mentalidad de productor que de consumidor, a pesar de que importa más de la mitad de su consumo.

Finalmente, las grandes corporaciones petroleras no están aumentando suficientemente su capacidad de producción de crudo porque en algunos países de grandes reservas no les dejan explorar o abrir nuevos pozos, ni tampoco su capacidad de refino porque todavía piensan que la rentabilidad de su inversión es incierta, bien porque cuando la hayan hecho puede que ya existan nuevas tecnologías que reduzcan su demanda o porque la experiencia histórica de casi 140 años muestra que el precio del crudo sigue un ciclo completo cada 20/25 años y cada 10/12 años en promedio tiende a converger a una media de entre 25 y 30 dólares y piensan que esta tendencia puede repetirse en los próximos años.

Cualquiera que sean las circunstancias subyacentes, el hecho es que, debido a una demanda que está creciendo desde 2001 al 2,1% al año y una oferta que está estancada o cayendo, el precio del Brent se está acelerando, ya que desde marzo de 2003 hasta hoy ha aumentado de 25 a 65 dólares y los precios en los mercados de futuros indican que dicho nivel puede continuar varios años. Además, los precios de los productos refinados más ligeros han crecido todavía más, ya que la teoría y la experiencia histórica demuestran que los precios de estos productos tienden a crecer exponencialmente a partir de que la capacidad de refino empieza a ser del 10% inferior a su demanda y la mayoría de los expertos creen que la adición de nueva capacidad de refino no se resolverá hasta finales de 2007 o de 2008.

El precio actual, en términos reales, está por debajo del máximo alcanzado en 1980 si se deflacta por los precios al consumo de los países de la OCDE, pero a un nivel récord si se deflacta por los precios globales de exportación, que son los que afectan a la relación real de intercambio. Lo que es sorprendente es que estos precios tan elevados no hayan producido todavía una desaceleración de la actividad económica en el mundo, ya que el FMI calcula que por cada aumento de 10 dólares del barril de crudo reduce al año siguiente el crecimiento mundial en 0,6 puntos porcentuales.

La razón es que de los dos precios clave en el mundo -el del petróleo y el del dinero- el alto precio del primero ha sido en parte una consecuencia del bajo precio del segundo que ha generado una mayor demanda global y que en algunos países la burbuja inmobiliaria, en otros la apreciación del tipo de cambio y en casi todos los precios más bajos de las manufacturas por la globalización, han compensado el alza del primero.

Ante esta situación se necesita, por un lado, mucha más inversión en exploración, producción, refino, transporte y distribución por parte de la oferta; por otro, una reducción de la demanda dejando que el aumento de precios se traslade a los consumidores, para que además incentive dicha inversión necesaria y, finalmente, que no ocurra ninguna catástrofe natural, política o terrorista que empeore todavía más la situación. Mientras tanto habrá que acostumbrarse a un periodo de varios años de precios similares a los actuales y volátiles.