La edad de oro americana

En estos días agitados el mundo se preocupa por los efectos que tendrá el señor Trump sobre su país —y por tanto sobre el mundo—. Es probable que el señor Trump no mejore mucho el futuro próximo de su país; es notorio que ya consiguió mejorar bastante su pasado cercano.

Vivimos una edad de oro de la democracia americana —pero no es esta sino la que acaba de terminar: la que la irrupción del señor Trump cerró con cólera y estrépito—. Es un mecanismo clásico. Ya lo dijo, como casi todo, el general Perón: “No es que yo haya sido bueno; es que los que vinieron después me hicieron mejor”. Ahora, de pronto, el espejo roto del señor hace que políticos, columnistas, actrices de Hollywood y otros opinadores despechados extrañen ese “ejemplo para el mundo” —lo han escrito varios— que solían ser los Estados Unidos de América. Y abundan: hablan de la democracia modélica, de la sociedad más justa, del paradigma de libertad y todas esas cosas que la apoteosis del señor Trump está por arruinar o ya arruinó.

Es curioso. Hablan, en realidad, de un país donde las diferencias sociales y económicas son extremas: donde el famoso 1% más rico posee más de un tercio de todas las riquezas, donde los ingresos de la mitad más pobre de la población no crecieron en los últimos 30 años mientras que los de ese 1% se triplicaron. Un país que se gastó 700.000 millones de euros en salvar a los bancos que casi lo hunden —llevándolo a una crisis por la que nueve millones de personas perdieron sus trabajos en un año—.

Hablan de un país donde más de seis millones de personas están presas o libres bajo palabra, donde la proporción de negros encarcelados es tres veces mayor que la proporción de negros libres. Un país cuyo Gobierno liberal y sonriente deportó, entre 2009 y 2016, a tres millones de inmigrantes —mientras proclamaba que los estaba ayudando—. Un país que ganó grandes fortunas aprovechando la mano de obra barata y maltratada de otros países —y que ahora se lamenta por sus consecuencias—.

Hablan de un país que lanzó, sólo el año pasado, más de 26.000 bombas de gran poder en sus operaciones militares sobre Siria, Irak, Afganistán, Libia y Yemen. Un país que mantiene fuera de su territorio un campo de concentración donde encierra a quien quiere. Un país que tantas veces intervino en los asuntos internos de otros, muchas con extrema violencia.

Hablan de un país armado, donde la mitad de los hombres posee armas de fuego, donde unas 12.000 personas mueren baleadas cada año. Un país donde proliferaron los mass shootings —asesinatos masivos azarosos—, en los que un tirador mata al azar cuantos más mejor en una escuela, una iglesia, un bar, un mall: casi 150 desde el año 2000. Un país donde dos de cada tres apoyan la pena de muerte, donde 3.000 hombres y mujeres esperan ser ejecutados.

Hablan de un país cuyos billetes dicen “En Dios confiamos”. Un país donde cuatro de cada 10 adultos creen que un dios creó al hombre en su forma actual hace menos de 10.000 años, como dice la Biblia.

Hablan de un país que lleva décadas conducido por dinastías familiares —padre e hijos, esposo y esposa— que serían tema de farsas y vergüenzas si sucedieran en cualquier republiqueta sudaca. Un país donde los grandes poderes económicos contratan legalmente a intrigantes para que presionen a los legisladores para conseguir leyes que favorezcan sus negocios. Un país donde un multimillonario racista y misógino puede llegar a presidente por el voto de sus ciudadanos.

Hablan de un país que también está lleno de gente fascinante, de grandes artistas y escritores, de universidades y bibliotecas, de innovaciones científicas y técnicas, de iniciativas generosas. Pero que no es el modelo de virtudes que ahora pintan.

Sabemos que todo tiempo pasado fue mejor. Sólo que esta lectura melancólica de la historia no permite entender la historia. Es la mejor forma de seguir pensando en el señor Trump como un meteorito que entró en la atmósfera más pura y delicada, un chancro inexplicable: no la consecuencia de un proceso sino un accidente. Así no hay forma de encontrar salidas. Si el Terremoto Trump sirve para algo será para que muchos decidan que es hora de repensar sus vidas y su sociedad; sería una pena que, en cambio, se dedicaran a llorar por ese paraíso que no perdieron porque nunca existió.

Martín Caparrós es escritor.

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