La eficiencia es la enemiga de la alegría

Ya no es posible tener un nivel aceptable de extravagancia. Hasta en los rincones más pequeños de la vida cotidiana se nos pide que abandonemos las deliciosas ineficiencias —las arcaicas veleidades, las caprichosas tonterías— en aras de un compromiso totalizador con los falsos ídolos de la lógica, la regularidad y la eficiencia.

Llegó el momento de dar pelea, de manera desorganizada y totalmente descentralizada. Abajo el sistema métrico; no solo deberíamos seguir usando las pulgadas y las millas —¿quién necesita la fría lógica de las decenas que pueden encontrarse en la métrica?—, sino que además deberíamos regresar al uso habitual de unidades como el tercio de pulgada, la legua, la dracma y el escrúpulo líquido (compuesto, naturalmente, de 20 minims). Quitarle los decimales no solo al dólar estadounidense, sino a todas las demás monedas. Y dejemos de perforar el interior de las montañas, dejemos que la carretera descienda en zigzag.

La eficiencia es la enemiga de la alegría
Pierre Buttin

Nuestra sociedad es adicta a la eficiencia. La gente trabaja para optimizar su vida, haciendo la mayor cantidad de tareas al mismo tiempo, obligándose a sacarle el mayor provecho a cada minuto del día, convirtiendo pasatiempos en “proyectos adicionales” y sufriendo por ello. Muchos parecen saberlo. Pero ¿se dan cuenta de que también sufren por los plurales estandarizados, por las matemáticas —oh, tan sencillas— y por el abandono de las pequeñas alegrías de una existencia llena de viajes innecesarios por los caminos secundarios de la vida? “¿No era el tenis el mismo juego que había sido entonces?”, preguntaba en 1952 la escritora Jean Stafford. “¿Por qué hoy parece mucho más rápido?”. Hay placer en la lentitud y la ineficiencia, en lanzar perezosamente la pelota por encima de la red en lugar de lanzarla furiosamente por las líneas laterales.

Por ello, resurgen los pasatiempos y estilos de vida que evitan opciones más eficientes. Los adolescentes “luditas” rechazan los teléfonos celulares inteligentes y las invitaciones por Google Calendar. Las ventas de discos de vinilo están por los cielos, el acto de colocar un disco en un tocadiscos se prefiere a la facilidad de pulsar el botón de reproducir en la meticulosamente diseñada interfaz de la aplicación de un servicio de reproducción de música en continuo. El renovado interés por la fotografía analógica es tal que algunos minoristas están escondiendo los rollos de película detrás del mostrador para evitar los robos; algo que no hacen con las tarjetas de memoria de las cámaras digitales.

Ese tipo de decisiones y pasatiempos esconden una extravagancia; es extravagante hacer las cosas sin tomar atajos. Es bastante sencillo argumentar que el camino más directo es el mejor, pero en realidad la humanidad no funciona así. Como especie, aprendemos haciendo y, casi siempre, lo disfrutamos. Dedicar tiempo a dominar una habilidad, entender un proceso o sostener una conversación —aunque no sea tan rápido— siempre resulta más gratificante que dejar que alguien más lo haga por uno. Puede que el pensamiento unilateral y centrado en la eficiencia nos permita hacer las cosas más rápido, pero nos roba las alegrías de la vida.

Si el punto de todo esto —el Estado, el comercio, la industria, la cultura, la sociedad en general— es el bienestar y la dicha, mejorar nuestra vida, entonces, siempre que sea posible, debería funcionar a escala humana y adoptar los caminos sinuosos de la vida por encima de la autopista directa excavada en la ladera de la montaña. Esto no quiere decir que no haya lugar para la eficiencia, pero gobernar a las personas, que por naturaleza no son muy eficientes, con una tendencia excesiva a limitarse a terminar las cosas es, sin duda, un error bienintencionado. Nuestro gobierno debería ser, más o menos, tan peculiar como nosotros.

Si la función del Estado es mejorar la vida de los gobernados y la vida de los gobernados no mejora con una insistencia robótica y casi fascista en la eficiencia por encima de todo, entonces el Estado también debe aceptar un estilo más relajado. No hay necesidad de crear un Departamento de los Caprichos ni una Agencia Nacional de la Extravagancia; de hecho, ambos se esforzarían con demasiada eficiencia para ser ineficientes. Más bien, podemos hacer pequeños cambios. Eliminar los decimales de las monedas sería un comienzo. Regresar a las corazas de caballería y las charreteras en el ejército sería un muy buen segundo paso. Tal vez el Departamento de Educación podría fomentar las bufandas escolares y tradiciones extravagantes en todas las instituciones que reciben su financiamiento.

Claro está que esto es poco probable. La naturaleza de las empresas y los gobiernos es premiar la eficiencia, valorar el ahorro en los costos y el pensamiento centrado en los resultados (o como lo llamen los consultores). Pero incluso más allá de la simple alegría de tardarse un poco más en realizar una tarea (hacer un viaje más largo a casa porque prefieres ver la puesta de sol desde un puente, poner el álbum de vinilo con cuidado en el tocadiscos, visitar tu local de comida para llevar y charlar con la cajera en lugar de hacer un pedido de 47 dumplings en una aplicación) la ineficiencia tiene su belleza y (me atrevería a decir) su utilidad.

La ineficiencia es generadora; de la ineficiencia surgen nuestras ideas, nuestras inspiraciones, nuestras concepciones de un mundo de caminos y trayectos interminables en lugar de un mundo de tareas monótonas y aburridas que solo se ocupan del trabajo repetitivo. Una vida con extravagancia, una sociedad (des)ordenada y extravagante, es aquella que promueve la libertad de pensamiento, aun sabiendo que muchos de los pensamientos libres no serán del todo útiles.

Así que la próxima vez que quiera comida para llevar, caminaré dos leguas y siete cadenas hasta el local de comida india, ordenaré al cajero directamente, me molestará no poder pagar en una moneda que no está en decimales y luego me sentaré y esperaré una hora mientras dan prioridad a los pedidos de la aplicación Grubhub sobre el mío.

Parker Richards es editor de la sección de Opinión de The New York Times.

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