La elección del Papa, una señal para los católicos de América Latina

“¡Ya era hora!”

De esa forma reaccionó un amigo, mexicano-estadounidense y católico como yo, ante la noticia de que el cardenal Jorge Bergoglio de la Argentina había sido elegido el primer papa latino en los casi dos mil años de la Iglesia Católica. Fue una declaración espontánea, quizá políticamente incorrecta, pero fue honesta y sentida.

Ya era hora.

Y para un católico latinoamericano y obstinado como yo, la elección se dio en el momento justo. ¿Qué tan obstinado? Voy a misa cinco veces por año y hace casi cuarenta que no me confieso. Incluso, cuando voy a misa, soy de aquellos que no comulgan con toda la doctrina moral que impone la Iglesia. Selecciono y elijo lo que me gusta de los sermones y rechazo lo que no me convence. Creo en la Santísima Trinidad, pero también creo en cosas en las que no debería creer según la Iglesia, como el matrimonio entre personas del mismo sexo y el derecho de las mujeres a decidir.

¿Dónde me ubico? Algunos católicos me juzgarán duramente y me acusarán de no estar lo suficientemente comprometido con mi fe.

Se equivocan. Estoy cómodo con mi fe. Le rezo directamente a Dios y no necesito ningún intermediario. Estoy incluso comprometido con mi Iglesia, una institución que, a la luz de sus propios pecados, no está en posición de juzgar a nadie. Es por los escándalos de abusos sexuales a menores que la Iglesia Católica, para mí y para muchos otros católicos, pende de un hilo. Me he tentado con abandonarla en disgusto más de una vez.

Tampoco ayuda que viva en el sur de California, a la sombra de la arquidiócesis de Los Ángeles. La mayor arquidiócesis católica de los Estados Unidos estuvo hasta hace poco bajo control del cardenal Roger Mahony. La arquidiócesis de Los Ángeles y Mahony recientemente frenaron una demanda por abusos al llegar a un acuerdo por casi diez millones de dólares.

Mahoney, que se jubiló en 2011, estaba acusado de ayudar a que un pedófilo confeso evadiera las autoridades. Aun así, fue uno de los cardenales que votó en el cónclave en Roma.

Como católico, es difícil idealizar e ilusionarse cuando vives en el patio trasero de Mahoney. Siempre circulan noticias sobre aquella arquidiócesis y por lo general son malas.

Con todo, he llegado a aceptar a la Iglesia Católica como un hogar para mí. Es cómoda y me resulta familiar. Cuando voy a una boda o un funeral, reconozco instintivamente que es el lugar al que pertenezco. La Iglesia tiene muchos defectos y el nuevo papa deberá trabajar intensamente para recuperar la confianza de los feligreses. Pero no puedo irme a ningún otro lado.

Es parte de la naturaleza humana querer verse reflejado en una organización a la que uno pertenece. Es la razón por la que los mormones de Estados Unidos se emocionaron con la posibilidad de que Mitt Romney resultara electo presidente. Es el motivo por el que los judíos deseaban que Joe Liberman fuera elegido vicepresidente en el 2000. Es la causa por la que, en ciudades como Boston o Nueva York, los irlandeses votaron por generaciones a los candidatos irlandeses y lo mismo hicieron los italianos.

Hay aproximadamente 480 millones de católicos en América Latina, sin contar los más de 40 millones de hispanos en los Estados Unidos que también profesan la fe católica. Juntos representan casi la mitad de los 1200 millones de católicos en todo el mundo.

Incluso para las personas que no suelen pensar en términos de años sino de siglos, veinte centurias es una espera muy, muy larga para recibir el reconocimiento de que existimos, importamos y merecemos respeto.

Pero la espera ha terminado. El papa Francisco tiene raíces italianas, pero nació en Buenos Aires en 1932. Criado en América Latina, habla español y entiende cómo viven los pobres y oprimidos. Como han señalado los analistas, que haya elegido el nombre Francisco, en honor al santo de Asís, ícono de la austeridad, es una señal de que intentará dirigir la atención del mundo a la desigualdad.

Mientras, las noticias de un papa latinoamericano han conmovido a la Argentina y a todo el continente. Imagínense ganar la Copa Mundial de Fútbol diez veces. También habrá mucho entusiasmo entre los hispanos de Estados Unidos, quizás el suficiente para reencender la pasión por la Iglesia y conducirlos de nuevo a misa.

Finalmente, el flamante papa actúa como un poderoso símbolo. Significa un nuevo comienzo. Representa a las personas que representan el futuro del catolicismo.

Como el primer pontífice no europeo en más de 1200 años, el religioso de 76 años pone a América Latina, una de las regiones más jóvenes del mundo, en el mapa. Si Europa nos remonta al ayer, América Latina encarna al mañana.

Es apropiado. Después de todo, para los católicos, este es un nuevo día.

Rubén Navarrete Jr. es colaborador de CNN y columnista sindicado del equipo de redactores del Washington Post.

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