La encrucijada alemana

Alemania es una gran nación de cultura y ciencia sin la cual no se comprende Europa. También la principal causante de los destrozos de dos guerras mundiales, cuna del nazismo y responsable de la ignominia de la Shoah. Tras la Segunda Guerra Mundial quedó arrasada humillada y privada de soberanía hasta el 5 de mayo de 1955, final de la ocupación por las potencias aliadas. Milagrosamente resurgida de sus cenizas, su águila planea hoy sobre las economías globales.

Alemania, que debe gran parte de su resurgir económico y su cómoda posición actual al proceso de integración europea (véanse sus exportaciones florecientes, su ínfima tasa de paro, su regreso al concierto de las naciones civilizadas, su papel moderador en el mundo globalizado, y su relativamente exitosa reunificación), lleva más de una década de actitud ambivalente respecto a la Unión Europea, oscilando entre la fidelidad al proyecto y la tentación de maximizar los beneficios y minimizar los costes. La integración siempre ha sido cosa de dar y recibir, no un juego de suma cero ni una pura asociación de libre cambio. Pero a veces da la impresión de que Alemania ya se ha cansado de acarrear la culpa de la guerra y de lo que ahora ve como el debe de la Alemania nazi. Podría parecer, también, que la integración europea ya ha cumplido su función, que habría sido la de contribuir a la reconstrucción del Estado nación. Conseguido esto, tocaría jibarizar progresivamente la Unión, manteniendo sus beneficios netos, en particular el mercado único. ¿Destinos cruzados?

El Brexit ha hecho caer las últimas máscaras. Antes, la dualidad germana se parapetaba tras el Reino Unido, aunque sin adoptar su retórica de egoísmo extremo. Ahora se escuda detrás de los Países Bajos y otros halcones, que hacen el papel de policía malo. Pero, en el fondo, es Alemania la que lleva la voz cantante sobre si algo se hace o no, y es la que tiene en su mano permitir o frenar futuros avances en la Unión.

A estas alturas no está nada claro que Alemania quiera una Europa fuerte, ni una Europa supranacional. A veces sí parece alentar más Europa en sectores clave, pero una Europa «genéticamente modificada», orillando los elementos supranacionales y optando por un método de cooperación intergubernamental en el que pueda vetar lo que no le convenga, abriendo la posibilidad de un comportamiento hegemónico en el seno de una organización que se creó para evitar toda hegemonía. Esta ambivalencia se refleja en la Unión Económica y Monetaria, donde ha accedido a hacer lo mínimo para que no caiga el euro, pero no lo necesario para que funcione mejor. Por su propio egoísmo mal entendido, pues a la larga se perjudica a sí misma, ha impedido que se corrijan las debilidades estructurales del euro. En estas fechas, apoya por fin abiertamente la respuesta a la crisis del coronavirus, pero parece poner trabas a su financiación y a su alcance, mientras se ayuda a sí misma de manera ventajista, lo que puede alterar el funcionamiento del mercado interno.

En este contexto, el 5 de mayo de 2020, eligiendo la fecha simbólica del 65º aniversario del final de la ocupación militar de Alemania -que no suele dar puntada sin hilo- el Tribunal Constitucional Federal, sito en Karlsruhe, declaró nada menos que inconstitucionales una de las medidas principales adoptadas por el Banco Central Europeo para salvar al euro y la sentencia del Tribunal de Luxemburgo que confirmó su legalidad, tachando esa sentencia de «incomprensible» y «arbitraria». No procede aquí realizar un análisis jurídico del texto, que debe interpretarse sobre todo como un documento político. Pero una mera lectura de los comentarios que se han publicado en estas fechas muestra que lo que resulta incomprensible y arbitrario, a la vez que arrogante e hipernacionalista, es la propia decisión de Karlsruhe.

Tras una apariencia de rigor, la sentencia está plagada de triquiñuelas más propias de un rábula sacado de una película de los hermanos Marx, además de reflejar ignorancia económica. Violenta los principios básicos del Derecho de la Unión, pretendiendo dar lecciones jurídicas, y aplicarlos mejor que el Tribunal de Luxemburgo. Ignora el carácter obligatorio de las sentencias de dicho Tribunal y su monopolio para pronunciarse sobre la validez de los actos de la Unión, incluidos los del Banco Central Europeo. Quiere imponer una distinción estricta entre la política monetaria y la política económica, en atención a los efectos de las medidas del Banco Central Europeo, ¡cuando las medidas de política monetaria no se pueden distinguir de las de política económica por sus efectos! Y pretende someter decisiones complejas de política monetaria, para las que los bancos centrales suelen gozar de un gran margen de maniobra, a un estricto control de proporcionalidad, en el que los jueces podrían decidir la política monetaria que conviene y no conviene en cada caso. El término «injerencia» se queda corto para definir la sentencia del alto tribunal alemán. Si se aplicara su doctrina, se impediría a la zona euro competir en igualdad de condiciones con otras zonas monetarias, cuyos bancos centrales usan esos instrumentos.

Está fallando la pata económica de la Unión Económica y Monetaria. En lugar de completarla, en su día se creó el Mecanismo Europeo de Estabilidad, órgano puramente intergubernamental que se sigue reforzando y cuyo cometido es mantener a flote a los Estados (eso sí: con la soga al cuello). Por el lado monetario, el Tribunal Constitucional alemán quiere cercenar ahora la única pata sana del sistema, que de zona monetaria «subóptima» podría pasar a la categoría de pésima.

Lo que se propone es dejar fuera de juego al Banco Central Europeo y conquistar para Alemania un derecho de veto por la puerta de atrás

La sentencia de Karlsruhe se hace eco de una visión nacionalista de Europa (muchos de los demandantes son afines al partido xenófobo Alternative für Deutschland), y hará las delicias de los Salvini, Le Pen y demás. Con dogmas y palabrería, el Tribunal alemán quiere levantar un muro. Ya no es el de Berlín: el nuevo está en Karlsruhe. Lo que se propone, en el fondo, es dejar fuera de juego al Banco Central Europeo y conquistar para Alemania un derecho de veto por la puerta de atrás, noqueando a una institución creada en los Tratados según un modelo federal y en la que las decisiones se toman por mayoría. No es casual que el miembro alemán del Banco Central Europeo quedase en minoría en los dos programas aprobados por el Banco Central Europeo para salvar al euro, el segundo de los cuales ha sido objeto de censura ahora.

La sentencia deja, con todo, la puerta abierta a un entendimiento en el ámbito de la política monetaria, mediante una nueva decisión del Banco Central Europeo, cuya proporcionalidad debería justificarse según los criterios estrictos (si bien contrarios al Derecho de la Unión) usados por el Tribunal Constitucional alemán. Si el Banco pasara por el aro, la sentencia tal vez podría quedar sin consecuencias en este caso concreto, pero limitando la futura política monetaria con una concepción estrecha de la misma, y sometiendo en adelante al Banco Central Europeo a un control estricto de proporcionalidad.

Donde resulta imposible encontrar ni componenda ni compromiso es en lo relativo al imperio del Derecho. La sentencia propina un injusto puntapié al Tribunal de Luxemburgo, otro de los órganos supranacionales de la Unión. Este Tribunal, que tanto ha hecho para normalizar las relaciones entre los Estados miembros a lo largo de casi siete décadas, ha sido vilipendiado. Según los jueces alemanes, la jurisprudencia europea sería «insostenible desde una perspectiva metodológica». Verbigracia: contendría errores de bulto de mal estudiante en leyes de primer curso. Se ponen así en cuestión la autoridad del Tribunal europeo para interpretar el Derecho de la Unión y la primacía de este Derecho. Se dinamitan los fundamentos sobre los que reposa la Unión desde hace casi 70 años. Y se abre la puerta a un ominoso efecto llamada. Cómo estarán frotándose las manos ahora los responsables del desmantelamiento del Estado de Derecho en Hungría, Polonia y otros aprendices de brujo pensando que también ellos podrán permitirse desobedecer al Tribunal de la Unión, continuando así sus procesos autoritarios, antidemocráticos e iliberales. Es el pistoletazo de salida a un peligroso proceso de decadencia de la Unión como comunidad de Derecho.

Nada de esto es nuevo. Las sentencias del Tribunal Constitucional alemán sobre los Tratados de Maastricht (1993) y Lisboa (2009) ya contenían estas posibilidades, aunque hasta ahora los jueces de Karlsruhe no se habían atrevido a ponerlas en práctica. Ahora han cruzan el Rubicón, sin saber muy bien hacia dónde y sin sopesar las consecuencias. Sin justificación jurídica, la sentencia puede interpretarse como un impulso más en pos de la desvinculación y del redimensionamiento gradual de Europa, a manos de Alemania.

Por suerte, la recepción de la sentencia permite albergar un moderado optimismo. El Banco Central Europeo y la Comisión han cerrado filas para proteger al Tribunal de Luxemburgo y defender el Derecho de la Unión. El propio Tribunal ha emitido un comunicado recordando los principios básicos del ordenamiento europeo y su razón de ser. La presidenta de la Comisión ha anunciado que esa institución baraja iniciar un procedimiento de infracción contra Alemania. Muchos Estados miembros han reiterado su fidelidad a los principios básicos de la Unión.

En Alemania las reacciones de muchos juristas han sido críticas con la sentencia de Karlsruhe. Algunos representantes de los principales partidos, CDU y SPD, han criticado la resolución, defendiendo el Derecho de la Unión. Pero otros la han apoyado y en el seno del CDU hay posiciones encontradas entre dos de los candidatos a suceder a Angela Merkel. ¿Acabará el mainstream político alemán distanciándose de una sentencia que abraza posiciones cercanas a la extrema derecha nacionalista? ¿Manifestará su desacuerdo con los excesos de un Tribunal Constitucional mucho más «activista» que otros tribunales homólogos europeos? ¿Puede esta sentencia llevar a un momento constitucional decisivo, que podría reafirmar y consolidar la Unión como comunidad de Derecho, y perfeccionar la Unión Económica y Monetaria?

Ojalá esta histórica y tan lamentable sentencia pueda ser un revulsivo que permita a Alemania recordar su Historia, liberarse de su solipsismo y reencontrarse con su verdadera vocación europea.

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