La encrucijada británica

Winston Churchill fue de los primeros líderes europeos en pronunciarse a favor de unos Estados Unidos de Europa, pero nunca quedó claro hasta qué punto quería que el Reino Unido participara en el proyecto. Para Churchill el interés del Reino Unido se hallaba en la intersección entre tres círculos, Estados Unidos, la Commonwealth y Europa, y Londres no debía dejar que ninguno de ellos dominara a los demás. Esta idea se proyecta desde entonces sobre todos los primeros ministros británicos, que se han debatido entre la necesidad de sumarse a la construcción europea y la resistencia a perder soberanía.

Harold Macmillan, primer líder británico en solicitar el ingreso, tomó la decisión con grandes reservas. La clase dirigente británica no creía en el proyecto europeo, pero prefería intentar controlarlo desde dentro que quedarse fuera. El partido laborista no secundó la solicitud y, tras el non de De Gaulle en 1963, Harold Wilson accedió al liderazgo laborista con unas sólidas credenciales antieuropeas, pero como primer ministro volvió a proponer la adhesión. El ingreso se produjo en 1973, siendo primer ministro Edward Heath, convencido europeísta. Pero a los dos años, Harold Wilson, en su tercer mandato, sometió a referéndum la permanencia. El ganó por el 66%.

Margaret Thatcher hizo campaña a favor del en el referéndum y cuando llego al poder apostó por la creación del Mercado Único. En 1985 acogió con satisfacción la aprobación del Acta Única Europea, que aceleraba el proceso de integración. Pero más tarde cambió de parecer y fue adoptando posiciones cada vez mas euroescépticas, sobre todo tras abandonar el poder. John Major proclamó la voluntad de situar al Reino Unido en el corazón de Europa, pero se vio obligado por la presión de los mercados a sacar la libra esterlina del Sistema Monetario Europeo —primer paso hacia la moneda única— y tuvo que hacer muchos equilibrios para no enajenarse a ninguno de los dos sectores de su partido, ruidosamente dividido entre europeístas y euroescépticos.

Tony Blair votó a favor de la pertenencia a la Unión en el referéndum de 1975. Más tarde, en 1982, se presentó a sus primeras elecciones para los Comunes defendiendo la salida, bajo el liderazgo de Michael Foot. Sin embargo, alcanzó el poder con un programa europeísta y siguió la línea más proeuropea desde el ingreso del Reino Unido en 1973. Gordon Brown también siguió como primer ministro una línea claramente proeuropea, pero en su etapa de canciller del Exchequer levantó barreras infranqueables para el ingreso del Reino Unido en el euro.

David Cameron ganó las elecciones de 2010 con un programa muy ambiguo y se presentó a sus segundas elecciones prometiendo un referéndum si salía elegido. Solo se declaró inequívocamente partidario de permanecer en la Unión cuando su Gobierno obtuvo algunas de las concesiones que buscaba en las negociaciones con Bruselas. Boris Johnson, líder de facto del sector favorable a la salida, decidió su posición hace dos meses, tras muchos titubeos y “con gran dolor de su corazón”. Hay quien dice que tenía escritos dos discursos, uno para cada opción.

Esta larga historia de vaivenes y ambigüedades, causa y reflejo del sentir ambivalente de muchos ciudadanos, proyecta ahora su sombra sobre el referéndum. Atenazada por las dudas, la clase dirigente nunca ha conseguido transmitir de forma convincente a los ciudadanos las razones de su apuesta por la integración europea. Muchos piensan que una relación más estrecha con el resto de Europa es la respuesta lógica a la globalización y a la complejidad del mundo actual, pero también que el núcleo de la identidad británica, con su glorioso pasado, no es compatible con una mayor integración política y económica con los países del continente.

El resultado del referéndum dependerá de si, al votar, los indecisos dan mayor importancia a unos u otros factores de esta compleja ecuación. Pero también dependerá —y ahí radica el mayor peligro— de razones ajenas en parte a este debate, en particular de su grado de adhesión a la clase dirigente. Es posible que algunos voten a favor de la salida para expresar su rechazo al sistema político, a la creciente desigualdad o a la globalización. Cabe también un final feliz: que la mayoría opte por el a la permanencia y que el referéndum consiga poner fin a las dudas y a las oscilaciones sobre el proyecto europeo, al menos por una generación. De ser así, habrá valido la pena.

Carles Casajuana, diplomático y escritor, ha sido embajador de España en el Reino Unido.

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