La encrucijada del PP

La reciente aparición del nuevo partido de centro-derecha VOX y los primeros sondeos negativos para el PP sugieren que la larga crisis de liderazgo político personal de Rajoy, cuyo punto álgido fue el final de julio y principio de agosto de 2013, se ha trasladado al PP como consecuencia de la asunción colectiva de responsabilidades. En efecto, en dos años de Gobierno del PP se advierten dos etapas. Una primera de silencio, de adhesión; y otra, inaugurada el pasado miércoles 8 de enero, de inquietud o quizás de inicio de tierras movedizas. Una reciente encuesta, en la que se produce el aviso de pérdida de las próximas elecciones, alarma lógicamente a los responsables locales y regionales del PP. El despliegue de noticias erosionadoras de la imagen del Partido Popular se ha venido acumulando desde el inicio de la legislatura, desde 2011. En todo este tiempo, muy pocas voces del PP han llamado o expresado un nuevo camino de renovación y cambio interno. Ha sido el tiempo del estupor, de la sorpresa y de los comentarios a hurtadillas, en los pasillos, el tiempo del silencio, culminado en el apoyo en el Congreso de los Diputados del PP hacia Rajoy, el 1 de agosto de 2013. En aquella ocasión el presidente reconoció, en sede parlamentaria, haberse equivocado. Como el error era de calado y afectaba a su propia credibilidad, lo normal hubiera sido presentar o exigir una dimisión. Así hicieron el primer ministro Macmillan y el canciller Willy Brandt por sendas equivocaciones. Pero España es diferente: Rajoy reconoció, nombrando por fin a Bárcenas, que se equivocó, le aplaudieron y la responsabilidad se diluyó en el conjunto del grupo parlamentario, es decir, del PP.

Por un error de cálculo el presidente interpretó esa etapa de silencios y adhesiones como un sometimiento ilimitado del partido al enorme poder que acumula, en nuestro ordenamiento constitucional, el presidente del Gobierno con mayoría absoluta en el Congreso. Su único temor procedía de Europa, de la prima de riesgo, el nuevo Napoleón ante el que rendir cuentas cada 15 días en un poco lucido papel de supeditación de nuestra soberanía a la gobernanta estricta sra. Merkel. Y he aquí que, de pronto, los que se tienen que presentar a las elecciones, a pie de calle, empiezan a temer lo peor y se atreven a decírselo en público en la última reunión del Comité Ejecutivo del PP. «Presidente, así no ganamos unas elecciones». Ha comenzado la etapa de la inquietud, la expresión de una discrepancia incipiente cuyo resultado final se desconoce, pero que supone una fase muy distinta del anterior periodo de silencio y adhesión aparente.

Y es que, a una muy limitada capacidad de liderazgo de Rajoy, se une un problema de legitimidad de origen y de ejercicio. Crisis de legitimidad de origen que tiene su inri en el cuaderno azul, su nombramiento a dedo por Aznar. Aunque Rajoy fue ampliamente investido por el voto popular en 2011 a muchos electores no les cupo duda de que fue más el resultado del rechazo del desastre zapateril que un entusiasmo por el insistente Rajoy. Además, la legitimidad de ejercicio del presidente del Gobierno, que se gana o pierde día a día, se encuentra, según el CIS, en una valoración mínima, con un 88% de encuestados que tienen poca o ninguna confianza en el presidente.

El PP está en una encrucijada, hay un riesgo de ucedización del partido debido a una práctica política plebiscitaria, de ausencia de debate y de democracia interna. Una práctica que inauguró Aznar prescindiendo de destacados políticos e imponiendo un autoritarismo interno en el PP que muchos interpretaron como un medio necesario, casi imprescindible, para superar 14 años de socialismo. Sin embargo, ese impulso se convirtió en hábito permanente, ampliado y heredable, cuya máxima expresión fue la exclusión de la capacidad de casi un millón de militantes para elegir, en 2004, al nuevo candidato y presidente de partido.

El resultado de todo ello es que la reducida cúpula del PP, reunida en el Parador de Toledo el pasado domingo 12 de enero, parece un grupo de dirigentes alejados de la realidad y en huida permanente de los medios para no responder ante la opinión. Es sorprendente que la profesión de político del PP, personajes públicos por definición, consista en huir, no estar, no decir, no aparecer…. Una muestra de esta disfunción, de esta anormalidad, insólita en toda Europa, es la ubicua presencia, en las televisiones, de un director de periódico de Madrid que actúa como casi único «portavoz oficial» del PP.

La eventual crisis de Gobierno, cosmética y funcional, es insuficiente. Pasado el fervor de la «recolocación», al cabo de una semana, los problemas de fondo continuarán siendo los mismos. El PP puede seguir como siempre o elegir un mejor camino en la presente encrucijada con otros modos de ejercer la política, con debates abiertos, democracia interna y elecciones directas de cargos y candidatos. Es esencial que funcionen los órganos de control, sus dirigentes se renueven y no trasladen su propia responsabilidad al partido. El riesgo cierto e inminente del PP es pasar otros ocho años en la oposición. Incluso en los feudos tradicionales de Madrid y Valencia. Lo que está en juego no es el PP, sino la capacidad del centro derecha nacional para gobernar España.

Guillermo Gortázar es historiador y abogado. Fue secretario nacional de Formación del PP entre 1990 y 2001.

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