La enfermedad de Francia

La Comisión Europea está investigando actualmente al Gobierno francés por no cumplir su promesa de reducir el déficit público; en realidad, los gobiernos franceses han resultado incapaces de equilibrar el presupuesto desde hace treinta años. La contradicción entre la horrible gestión del Estado y la relativa prosperidad francesa ha sido un misterio durante mucho tiempo. En la década de 1980, Milton Friedman solía declarar: «El Gobierno francés se equivoca en todo, y aun así el país funciona», y explicaba la contradicción entre una política económica controlada por el Estado y una tasa de crecimiento decente por la magnitud del fraude y del mercado negro, ya que, como no se pagaban los impuestos y no se aplicaban las excesivas normativas, los empresarios todavía podían producir e innovar. Aunque la hipótesis de Friedman fuese correcta, el mercado negro y el fraude no bastan hoy para que la economía francesa siga creciendo.

Al describir la tendencia, los expertos de los medios emplean una expresión paradójica: el crecimiento negativo. Como la población francesa aumenta un 1% al año, el crecimiento negativo significa que la renta per cápita disminuye. El efecto de este proceso destructivo se atenúa para las familias de clase media que han heredado algo de capital y una casa en el campo. Para los franceses más jóvenes, sin raíces locales, el crecimiento negativo provoca falta de oportunidades y de empleo. Hoy, las prácticas no remuneradas se están convirtiendo en norma social.

Este hundimiento no debería entenderse solo mediante una crítica al Ejecutivo socialista. Cierto es que François Hollande no fue de ayuda al declarar, cuando resultó elegido, que el mundo de las finanzas era su enemigo personal, y proclamar, dos años después, que amaba a los empresarios. Si Hollande fuese un auténtico socialista, los empresarios se adaptarían; pero resulta que es impredecible, lo que es mucho más desestabilizador. Sus gobiernos prometen reducir el déficit público, pero lo incrementan. Hollande anuncia de forma pomposa que le hará más sencilla la vida a los empresarios, pero añade nuevas normas para proteger el medio ambiente.

Pero estas extrañas políticas no explican la tragedia que se está produciendo. El declive empezó en los ochenta, cuando el Gobierno no se percató de que la globalización iba a acabar con la antigua manera francesa de hacer negocios mediante los monopolios, los mercados cerrados y el capitalismo de amiguetes. En vez de a una Thatcher o a un Reagan, Francia eligió a una serie de presidentes estatistas, de izquierdas y de derechas. Y en vez de llevar a cabo una liberalización y de aplicar flexibilidad, todos los líderes que ocuparon el poder aumentaron los impuestos y la regulación. El punto culminante de esta tendencia fue una ley de 1998 que prohibía que los empleados trabajasen más de 35 horas por semana. La ley sigue vigente, ningún gobierno se ha atrevido a derogarla.

También tenemos que ir más allá de la hipótesis de Friedman para entender por qué un puñado de empresarios sigue generando algo de crecimiento. La economía francesa no se hunde por dos razones trascendentales. La primera es que un número limitado de empresas muy grandes son capaces de superar las restricciones políticas al convertirse en globales. Las empresas de armamento, de transporte y de productos de lujo, así como las cadenas de tiendas, los bancos y las compañías de seguros realizan la mayor parte de su actividad empresarial en el extranjero, y también obtienen la mayor parte de sus beneficios fuera. Sus sedes centrales y su directiva siguen estando en París para beneficiarse de la imagen positiva de la etiqueta del «Made in France». Aunque sus resultados son excelentes en el mercado mundial, hay que señalar que estas empresas se crearon hace una eternidad. De las 40 principales empresas que dominan el mercado bursátil, ninguna tiene menos de 50 años.

El segundo pilar de la resistencia francesa es Europa, cuyos países siguen siendo los clientes más importantes para Francia. Ese estatismo se ve compensado por una UE orientada hacia el mercado libre. Europa limita la tentación del Gobierno francés de regularlo y nacionalizarlo todo; el Banco Central Europeo prohíbe el romance francés, que tiene siglos de antigüedad, con la inflación seguida de una devaluación. El euro puede parecer frágil, pero el franco francés era un azote que provocaba, a través de la inflación, la repetida desestabilización de la sociedad.

Desde hace unos cuarenta años, Europa y las empresas mundiales francesas han actuado como boyas para mantener a flote a Francia. Es posible que estas boyas ya no basten para hacer que el cadáver flote: nos estamos ahogando. Puede que el proceso sea demasiado lento para que exista una sensación de urgencia nacional. Y es cierto que está en boga hablar de reformas, pero ningún líder político y pocos analistas se atreven a precisar el contenido de estas reformas. En pocas palabras, Francia necesita una revolución schumpeteriana: la «creación destructiva». El primer ministro Valls, que hace hincapié en el discurso del libre mercado, no va por ese camino. Si el Gobierno quisiese apoyar realmente a las empresas, tomaría dos decisiones radicales: derogaría la limitación de las 35 horas semanales y permitiría la explotación del gas de esquisto que es abundante y que todavía no se ha explotado. Por desgracia, Valls ha confirmado en repetidas ocasiones que no tomaría estas medidas. No solo hay que culpar de ello a la cobardía política, sino que debemos admitir que es casi imposible ser elegido en Francia con un programa de libre mercado cuando un tercio de la población vive del trabajo público o de subsidios.

Esto explica por qué, por primera vez en la historia francesa, gran número de jóvenes empresarios abandonan su patria para empezar una nueva vida y crear nuevas empresas en el extranjero. Sus destinos preferidos son Reino Unido, EE.UU., Canadá y China. Este exilio voluntario nunca se había producido antes. Se calcula que tres millones de franceses, en su mayoría jóvenes y activos, han optado por seguir siendo franceses, pero no en Francia. Volverán a su patria para pasar las vacaciones, para visitar a sus ancianos padres y para jubilarse. Es posible que el futuro económico francés esté fuera de Francia.

Guy Sorman

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *