La enfermedad

Jamás imaginé escribir esta Tercera. Pero las circunstancias lo requieren. Y ABC es quizás el único medio capaz de acogerla. Esta «Tribuna de prensa» es mucho más que un espacio dedicado al comentario político, social o económico. Es también un lugar para la reflexión más honda del ser humano. Miles de artículos aquí publicados son prueba de ello en sus casi ciento veinte años de magna historia.

La enfermedad, tan nuestra, se hace estos días más presente. De ella, todos tenemos experiencia. Cuanto mayores somos, aún más. Afirma Juan Pablo II en su Exhortación Christifideles laici: «El hombre es llamado a la alegría, sin embargo, frecuentemente tiene experiencias de sufrimiento y de dolor».

La novedad es que hoy, con la pandemia del coronavirus, la enfermedad, y aun la muerte, nos circundan. Se han incrustado en nuestra vida afectándonos profundamente. Todos somos siempre posibles enfermos pero, en estos días, la potencialidad -como probabilidad- puede atenazarnos. La enfermedad la sentimos también muy dentro cuando aflige a uno de nuestros seres queridos. En ocasiones, y no pocas, incluso nos duele más que si fuera la nuestra.

Nunca estamos preparados y, menos aún, dispuestos para padecer. Es muy humano el deseo de evitar el sufrimiento y liberarse de él cuando nos alcanza. Pero la enfermedad se presenta. Y a veces, de repente. Diría que «sin llamar a la puerta». Entonces, o bien luchamos contra ella sin perder totalmente la paz o nos sumimos en la desesperación, que no logra nada y la hace más insufrible.

Para combatir la enfermedad, eficazmente, no puede tratarse en abstracto. Atestigua un axioma médico, empírico por experimentado, «no hay enfermedades sino enfermos». Así hoy, los tratamientos que nuestros maravillosos médicos están aplicando a cada paciente, se adaptan a sus circunstancias de salud, edad, etc., incluso a su personalidad psíquica, es decir, si es más bien hipocondríaco o despreocupado. Lo mejor sería que fuésemos ese enfermo «esperanzado, optimista y sereno», ese «buen enfermo» que colabora esencialmente a su propia curación. Muchos estudios clínicos lo corroboran. El poder de la mente es insospechado. «Sonreír al infortunio», poner «al mal tiempo buena cara», llevarla «con garbo», afrontarla «con serenidad» y «no rebelarse contra lo inevitable» son actitudes para hacer más llevadera esa situación.

Pero lo ideal no coincide con lo real. Y por ello necesitamos que el personal sanitario nos conforte. Que nos atienda no solo en nuestro cuerpo, sino también en nuestro ánimo. Una palabra; un gesto, «tocándote la cara» o «dándote la mano»; un «ya verás cómo te pondrás bien», ayuda tanto como la mejor medicina. Y eso lo están haciendo «de maravilla» la inmensa mayoría de los que cuidan hoy a sus pacientes. Una enfermera llorando, se dirigía así a los familiares de los enfermos: «Comprendo que sufráis por no poder cuidarlos. Pero que sepáis que estamos intentando atenderlos como si fueran nuestros».

Y en este plano de atención psíquica, juegan también, para los creyentes, un papel fundamental -diría que imprescindible-, los sacerdotes o los ministros de otros cultos, que llevan la paz a los enfermos que lo requieren. ¡Cuánto consuelo y sosiego causan una conversación, una confesión solicitada o la unción de enfermos!

Dios no quiere esta pandemia. Muchísimo menos la ha enviado. El mal y el sufrimiento no estaban en los primigenios planes de Creador. Ahora bien, cuando la enfermedad llega, puede convertirse en una ocasión privilegiada de acercamiento a Dios. Incluso para algunos no creyentes. Y son muchísimos los «poco practicantes» que redescubren la «Casa del Padre» de la que llevaban tiempo alejados. Ellos conservaban memoria de ese Dios que esperaba siempre su retorno.

Si es así, de la enfermedad pueden obtenerse beneficios. Es evidente que esta consideración sólo es posible desde un estadio sobrenatural. Advierte San Pablo, desde Cristo «todo es para bien» (Rom. 8, 28). Si sabemos asociar nuestro dolor al suyo, la enfermedad nos hace uno con Él. Podemos convertirla en purificación, «completando lo que falta a la pasión del Señor» (Col. 1, 24). También podemos ofrecerla por ese o por aquel al que queremos y está en dificultad; o por eso o aquello que nos preocupa, sea propio o sea ajeno. Y, sin duda, dará fruto.

En estos días, en que cualquiera de nosotros podemos ingresar en un hospital, traigo a colación un pensamiento que para los cristianos puede aliviar nuestro miedo a ser hospitalizados o a serenarnos en nuestra estancia. Donde está Cristo, se está bien. Y en los hospitales está Él. Y está «presentísimo». En primer lugar, bajo el mismo techo. En nuestro país en la práctica totalidad de los centros sanitarios, públicos o privados, hay una capilla con un Sagrario. En él, Jesús nos espera. Está para que tú y yo sepamos que si acudimos a Él -aunque sea con el pensamiento-, nos oye, consuela y ayuda.

Además de esta presencia «sacramental», Dios está también en la persona del otro enfermo. Ese que está a tu lado en la UCI o en una habitación contigua. En él está «Cristo doliente» para que le prestes tu atención. Está «junto» a los enfermos y «en» los enfermos. Son sus preferidos. Y Jesús está asimismo en el personal sanitario. «Utiliza» su dedicación, saber y sus manos para curarte. Así, los hospitales son «lugares sagrados».

Termino. «Bienaventurados los que lloran porque serán consolados», (Mt. 5, 4). Si los cristianos lo creyésemos sólo un poco, ¡qué consuelo tendríamos! Es una gracia que debemos pedir sin cansarnos. Como aquel padre que rogaba la curación de su hijo: «Señor creo, pero ¡ayúdame en mi incredulidad!», (Mc. 9, 24). Y añade el Evangelio: «El niño quedó curado desde aquella hora». Hoy «no se ha aminorado el brazo de Dios», (Dt. 4, 34).

Si estás enfermo o lo está uno de los tuyos, te deseo que tengas confianza en el «personal sanitario» y si eres creyente también en Dios. Tu fe te hará fuerte y dará sentido a tu sufrimiento

Federico Fernández de Buján es catedrático de la UNED y académico de la Real de Doctores de España

 

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