La entrañable y temida Navidad

Durante el decenio de los sesenta, en los autodenominados círculos intelectuales, comenzaron a estar mal vistos los que gustaban de la Navidad. Que te hiciera ilusión la Navidad te clasificaba, de manera inmediata, en el grupo de los carcas, en la cofradía de los que nunca se modernizarían. Había otras materias que también te excluían de la progresía, como la zarzuela y la copla. Un ciudadano que se solazara con Marifé de Triana o Concha Piquer, o que disfrutara escuchando romanzas de zarzuela, interpretadas por Alfredo Kraus o Ana María Olaria, era observado con la lástima que se dedica a los casos perdidos, sea a causa de la droga, el juego o el alcohol. Inquietos, pues, por ser apartados de la revolución que algún día habría de llegar, no fuimos pocos los que decidimos que las navidades eran antiguas, tontería contemporánea tan brillante como considerar antiguas las murallas romanas de algunas de nuestras ciudades o denostar del acueducto de Segovia por su edad.

La entrañable y temida NavidadLo bueno que tienen las tonterías contemporáneas es que, al cabo del tiempo, alguien sin temor dice eso de que el Rey está desnudo, y entonces los engañados caemos en la cuenta de que hemos sido cómplices de la bobería, al dejarnos arrastrar por la moda y no aplicar un elemental análisis. Por ejemplo, Carlos Herrera, vecino de los viernes de ABC, se quitó los complejos de un manotazo y volvimos a disfrutar, sin temores, de las composiciones y letras de Quintero, León y Quiroga.

Lo de la Navidad fue un proceso menos brusco, pero más anterior, de tal manera que los aspirantes a revolucionarios, cuando no nos veían o no nos escuchaban, cantábamos villancicos con el mismo entusiasmo de siempre, desde hacía bastante tiempo.

Puede que parezca que hablo de épocas lejanas, pero la persistencia de algunas doctrinas es tan alargada que, no hace demasiado, desde alguna instancia política, se intentó ocultar la raíz de la Navidad, y se enviaban felicitaciones oficiales por «las fiestas de invierno». Es decir, que toda la revolución que produjo en la cultura occidental el nacimiento de Jesús quedaba reducida a la conmemoración de unas fiestas, que los romanos solían celebrar en el solsticio de invierno, con lo que el caganer del Belén seguro que debía de ser un centurión de paisano.

Recuerdo que ese año, en el que algunos recibimos estupefactos la felicitación por las fiestas de invierno, fue el mismo en el que nos fuimos con mis hijos y sus parejas a recibir el Año Nuevo en Egipto, creyendo que no íbamos a encontrar ningún signo cristiano en las tierras de los faraones. Pues bien, nada más subir al barco que nos iba a llevar por el Nilo, en un distribuidor que separaba los pasillos que llevaban hacia los camarotes, había un hermoso nacimiento, tan completo como el que instalaba el Ayuntamiento de Madrid en la Puerta de Alcalá. ¡Cómo me hubiera gustado poder mostrárselo al zoquete de las «fiestas invernales»!

Aquellas parejas han traído, con tanta paciencia como alegría, cinco nuevas vidas que nos alegran a los abuelos, estimulan a sus padres y nos ayudan a recuperar el espíritu de la Navidad, que es niño, es inocente y, por tanto, ingenuo.

Pero ¿existe el espíritu de la Navidad? Hay algunos datos contradictorios. Los policías de guardia en las comisarías saben que la llamada Nochebuena es bastante mala, y que las discusiones familiares, a veces, derivan en agresiones. Asimismo, el contraste entre la conmemoración de la pobreza de un nacimiento y la ostentación del consumo, del gasto y, en ocasiones, hasta del lujo, forma una contradicción tan deslumbrante como la del sindicalista defensor de los derechos de los trabajadores gastándose el dinero destinado a paliar el paro en groseras mariscadas. Y sin embargo… Hay un instante difícil de predecir, imposible de adivinar, en el que sientes un dulce latigazo interior, una extraña sacudida que parece nacer de las vísceras, y que te llena de una dulce melancolía, de un sosiego extraño que te traslada a un momento de tu biografía, intemporal pero reconocible, donde piensas que eras feliz o las esperanzas de serlo eran tan intensas que venían a suponer lo mismo. No sé si se debe al espíritu de la Navidad o al frío, pero los pobres, que durante el verano so n ca s i transparentes, de repente se hacen claramente visibles y duelen más, y lo que definimos como melodrama de la escasez se transforma en dramas que laceran, mientras la sonrisa ajena parece más sincera, más auténtica.

Mi padre, que fue durante muchos años dependiente en una tienda de calzado, antes de poder tener su pequeño comercio, nos contaba, todas las navidades, la entrada en la tienda de un señor bien vestido, acompañado de un chiquillo de ropas modestas, al que le compraba unos buenos zapatos, y, puede que suene cursi, pero yo enlazaba esas historias reales con las de los cuentos como el de «La cerillera».

Mi padre nos dejó una víspera de Nochebuena, y son también esas ausencias de la mesa, y esos recuerdos, la parte acre de unas fiestas cuyo fundamental origen religioso empapa culturalmente las liturgias sociales y los ritos de la tribu.

Esta mezcla de añoranza y júbilo, de saudade y regocijo, es muy difícil de clasificar. Lo hizo con tino Antonio Calderón, el hombre que con la complicidad de Bobby Deglané se inventó la Radio en España, padre del excelente periodista Javier González Ferrari. Cuando, en estas fechas, le proponían algún proyecto o alguna tarea, solía decir: «Ya hablaremos después de que se pasen estas jodidas y entrañables fiestas». Puede parecer una expresión brutal, en principio, pero creo que es una síntesis castiza de esa mezcla de emociones que se arremolina en nuestro interior y nos traslada por un carrusel de experiencias y anhelos. A lo mejor es que por ahí aparece la silueta de la persona que siempre quisimos ser, o a lo peor es que viene, entreverada en villancicos, la frustración de una bondad demasiado sofocada por nuestros egoísmos. No lo sé. Todavía lo ignoro, a pesar de que llevo en la culata de mi vida las muescas de muchas navidades, y creo que dejaré de sentarme a la mesa sin haberlo entendido y sin saber qué es el espíritu de la Navidad. Pero cuando escuche por la radio el sonsonete de los niños de San Ildefonso volveré a ser un niño al que le acaban de conceder las vacaciones. Y eso, estoy seguro, no puede ser malo.

Luis del Val, escritor.

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